Morelia: la ciudad de las piedras preciosas

Por: Goyo G. Maestro (Texto y fotos)
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Las noticias sobre México a menudo están salpicadas de sangre y muertos. Nos encontramos en el estado de Michoacán, al que algunos sitúan como uno de los lugares peligrosos del país. Sin embargo, el visitante no advierte la violencia larvada -que sí se palpa en otras ciudades latinoamericanas- cuando se recorre esta región, y mucho menos cuando paseamos por la bellísima Morelia, la capital del estado. Su centro histórico, sobrio y monumental, contiene un entramado de iglesias, monasterios, casonas y palacios de estilo colonial que le valieron en 1991 la declaración de ciudad Patrimonio de la Humanidad.

La primera mañana en Morelia nos sorprende el bullicio de un desfile variopinto: militares, colegiales, bandas de músicos, asociaciones de vecinos… La ciudad parece volcada en el aniversario de José María de Morelos y Pavón, del que hoy se cumplen 247 años de su nacimiento. Este militar y sacerdote, nacido en esta tierra, fue uno de los próceres de la Independencia mexicana y de su apellido tomó la ciudad su denominación actual. Fundada en 1541 por un grupo de 54 familias españolas, el primer nombre de Morelia fue Valladolid, y en ella también dejó su huella el humanista español Vasco de Quiroga, alma y motor de este viaje.

Morelia vive hoy una de sus fiestas grandes y la catedral parece saberlo; luce imperiosa y barroca en la Plaza de Armas, el centro neurálgico de esta ciudad provinciana, culta y señorial. Octavio Paz, en su ineludible “El laberinto de la soledad”, explica que las fiestas son el único lujo de este país. Durante las festividades -dice el escritor- “el silencioso mexicano silba, grita, canta, arroja petardos, descarga su pistola en el aire. Descarga su alma”. Y así creemos percibirlo en el derroche de ilusión de la gente que ha salido a la calle.

Estos portales fueron un genuino producto español. Eran del gusto del rey Felipe II, quien veía en ellos espacios idóneos para el comercio. Hoy son el lugar de los cafés y de las citas sociales

La suntuosa Plaza de Armas está porticada. Estos portales fueron un genuino producto español. Eran del gusto del rey Felipe II, quien veía en ellos espacios idóneos para el comercio. Hoy son el lugar de los cafés y de las citas sociales, y dan cobijo a las terrazas de los innumerables hoteles aquí establecidos. En uno de ellos nos hacen la demostración de la mejor cocina michoacana con un menú a base de enchiladas, pescado en salsa de Xanducata y ate con queso, regado con agua de limón y chía, “el primer cereal mexicano”, como nos hace saber la encargada del hotel Casino.

Ya estamos listos para zarpar por las 224 cuadras monumentales de Morelia. Entraremos en algunas de las 15 iglesias de su casco antiguo y tocaremos con los dedos los arcos del viejo acueducto que durante los siglos XVIII y XIX llevó agua a la ciudad. Tampoco dejamos de visitar la delicada fuente de Las Tarascas y de admirar la piedra de las casonas. Pablo Neruda se refirió al color rosado de estos muros como “los párpados desnudos de Morelia”.

Hasta aquí no ha llegado el fenómeno de la industrialización, y por este motivo la gran mayoría de sus 1.113 joyas arquitectónicas resisten con una insólita entereza. Los morelianos tienen a bien poseer el título de ciudad más limpia de México. También presumen de ser una ciudad estudiantil. Actualmente existen 10 universidades privadas, otras tantas públicas, y en el pasado acogió el primer conservatorio de música del continente y el importante Seminario Tridentino.

Movido por su fe en el conocimiento, Don Vasco de Quiroga impulsó en 1540 -nueve años después de llegar a México procedente de España- el colegio de San Nicolás de Pátzcuaro, donde se instruyeron los hijos de los españoles y en menor medida los indígenas. Tiempo después fue trasladado a Morelia y se convirtió, ya en el siglo XVIII, en uno de los hitos de la Independencia mexicana. En 1947 se constituyó como colegio universitario, en el que todavía hoy se mantiene vivo el juramento “nicolaíta”, mediante el cual sus estudiantes se reafirman en los valores humanistas, cristianos y socialistas de Don Vasco.

Los domingos por la tarde acudían los indios, los inditos, a una especie de lugar sagrado. Era un campanario y a determinada hora oían la campana invisible de Vasco de Quiroga convocándoles

La filósofa española María Zambrano, exiliada republicana tras la guerra civil española, impartió clases en sus aulas. De sus recuerdos sobre Morelia recogemos estas palabras: «Los domingos por la tarde acudían los indios, los inditos, a una especie de lugar sagrado. Era un campanario y a determinada hora oían la campana invisible de Vasco de Quiroga convocándoles. Se congregaban en corro y arrodillados rezaban en silencio sus oraciones, pues todavía recordaban a aquél sacerdote cuyos tesoros -decían- guardaban en algún lugar escondido. Con relación a aquellos misioneros españoles que buscaron la utopía, Lenin dijo que con doce de ellos se hubiera podido hacer (pacíficamente) la revolución en el mundo».

En Morelia se forjaron algunos de los nombres sobresalientes de la Independencia, por eso se la considera cuna ideológica del movimiento libertador. Hoy esgrime una larga lista de museos, festivales de todo tipo y una intensa vida cultural. Visitamos la casa natal de Morelos, el Museo de los Dulces, la Casa de las Artesanías y entramos en la catedral, con dos torres deslumbrantes de sesenta metros de altura. Al alejamos del centro histórico nos encontramos con la periferia histérica, los barrios humildes, los que no salen en las guías ni en los libros de historia, donde viven la mayoría de los morelianos. Por la noche nos damos otra inyección de mexicanidad como espectadores del ballet folklórico de Amalia Hernández. Su espectáculo resume en apenas 60 minutos la historia de los bailes tradicionales del país.

Pero el espectáculo que más nos gusta está en la calle, en la plaza de Las Rosas, romántica, ajardinada, rodeada de edificios históricos -uno de ellos es el Conservatorio de Música- y dos estatuas: una de Cervantes y otra de Vasco de Quiroga. La leyenda dice que en la Noche de Muertos ambos resucitan para hablar de glorias pasadas y darle un repaso al estado del mundo. El lugar también tiene media docena de tabernas donde hay que sentarse a beber un trago de tequila. Pedimos una botella de Don Julio que servimos en “caballitos” -vasos finos y alargados- y tomamos “derecho”, sin mezclar. Después nos pasamos a las “palomas”, un combinado a partir de tequila, refresco de toronja y lima exprimida.Y así, entre “caballitos y palomas”, ponemos el broche a una jornada intensa por una ciudad hermosa donde el tiempo parece haberse detenido.

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Comentarios (3)

  • javier

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    Muy bueno Goyo, tus dos post de México han sido un lujo. Gracias

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  • elena

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    Bello relato. La ciudad de las piedras preciosas. Precioso es todo lo que evoca este reportaje. En Mexico no todo son balaseras, creanme. Hay mucho lindo que ver. Gracias por esforzarse en darlo a conocer

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  • juancho

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    Gran historia, maestro Goyo. Otro lugar q apuntar a la lista de viajes pendientes al pasado

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