Un mzungu

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Aviso: Este post habla de negros sudafricanos con pocos recursos económicos. La generalización es tan afortunada o desafortunada como mi propia experiencia. En todo caso, es la misma equivocación que puedo tener sobre los blancos que, tras dos meses de estancia aquí, creo que son, por lo general, algo distantes y clasistas. Como siempre, la excepción confirma la nulidad de la regla.

Cuando ofreces algo en Sudáfrica… podría ser el título de una novela o, como es el caso, la historia de tres divertidas lecciones que me han enseñado que aquí se comen tus palabras. El problema de ser un blanco en una ciudad rodeada de pobres negros es que puedes venir con un cierto complejo de insuperioridad (palabro), que en ocasiones te haga ser un imbécil. No amagues, porque cuando te quieras dar cuenta, tienes a alguien subido en tus hombros soplándote en las canas.

La primera vez que me di cuenta de la velocidad con la que te toman la palabra fue con Choice, una mujer negra, más de 40, que viene a limpiar a nuestra casa (nos cuesta cinco euros por persona y mis maniáticos compañeros de piso se volverán a sus países sin saber que yo puedo dejar el cepillo de dientes olvidado en el frigorífico). La primera mañana Natasa (una de mis compañeras) le dijo a la mujer que llegará a las ocho, que ella le preparaba un café y desayunaría con nosotros. Llegó a las nueve, le hicimos el café y una tostada y nos sentamos con ella. Nos explicó que está ahorrando para poner una tienda de ropa que iba a comprar en Italia; había visto en la tele un reportaje de decía que era la mejor ropa del mundo. Literalmente no sabe dónde está Italia (tampoco Europa) ni, desde luego, su precio. Cuando le dijimos que un pantalón puede costar, barato, 1000 rands (100 euros) puso cara de tengo que volver a poner la tele esta noche a ver si veo un programa que alabe la cocina de Mozambique. Llegar una hora más tarde no fue suficiente, también decidió irse media hora antes de los estipulado. Luego, cuando le dije que no era necesario que viniera todas las semanas, que quizá era mejor dos veces al mes, me miro con cara de “tú no me convienes” y me dijo “llamaré a Natasa” (lo cierto es que fue mi compañera la que me dijo que no hacía falta que viniera cada semana).

La primera vez que me di cuenta de la velocidad con la que te toman la palabra fue con Choice, una mujer negra, más de 40, que viene a limpiar a nuestra casa

Al final, quedamos que vendría 15 días después, el lunes. Sin embargo, el lunes no apareció por casa y vino el martes (yo me quedé toda la mañana esperándola para abrirle la puerta). El martes le dije que por favor si no iba a venir me llamara. Me miro con su cara de “tú no me convienes”, pero esta vez no llamó a Natasa. En ese momento bajamos a la lavandería y le dijimos que podía desayunar, que cogiera lo que quisiera. Cuando volvimos, tras 40 minutos, estaba sentada en el salón y tenía un plato con dos huevos fritos (tal cual); varias tostadas, zumo y se estaba bebiendo en una taza la sopa que nos había sobrado la noche anterior (nos moríamos de risa, mientras ella nos miraba con cara de “aunque no me convienes, pásame la mantequilla). Por supuesto, tras una hora no había limpiado nada. El remate fue cuando justo al irse (también 40 minutos antes de lo que la pagamos) sacó unas papeletas del bolso y nos dijo que compráramos, que era para la gente sin hogar. Es insaciable. (Tanto como su hambre, probablemente).

La segunda ocasión fue con Joseph, un joven que trabajaba como seguridad de mi edificio. El tipo era bastante divertido e hicimos con él buen rollo desde el principio. Un día salíamos del portal y le dijimos que íbamos a comprar lotería. No recuerdo por qué nos lío y acabamos diciéndole que él jugaría nuestros números. Al volver al piso me lo encontré y me dijo directamente: ¿cuáles son mis números? Le dije que no habíamos comprado (él tenía un papel y un Boli en la mano) pero que le iba a regalar una camiseta de un equipo de fútbol (me había comentado lo que le gustaba en varias ocasiones). No le vi en una semana, estuve en un safari, y a la vuelta lo primero que me dijo es “buenos –me tienes que dar la camiseta- días”. Lo cierto es que no se me había olvidado y le dije ahora te la bajo. Subí a casa y me entretuve, no más de diez minutos, hablando de algunas cosas que necesitábamos con mis compañeros. (Llevaba cogida la camiseta en mi mano). En ese momento llaman a la puerta; abro y me dice Joseph, muy sonriente, “vengo a por la camiseta”. Se la di y me dijo gracias y desapareció. Nos descojonábamos. El tipo me caía genial, pero no es usual que alguien suba a tu casa para que le des un regalo. Luego me dijo que se la habían querido comprar, pero que él no la vendería nunca. (si presiona un poco, tras su frase, le regalo todo el armario).

La última experiencia fue con un taxista de Zimbabwe. Me preguntó de dónde era; le dije de España. Comenzamos a charlar sobre Cape Town. Le expliqué que era muy aburrido que en cada momento la gente cree que eres rico y puedes ir regalando dinero; le dije que estaba hasta las narices de que me intentaran timar en los cambios; de tener la sensación (será inevitable durante todo el viaje) de ser un mzungu (blanco en swahili) con dólares en el bolsillo, de no poder hablar de… Él me decía a todo que sí; me decía que la gente a veces sólo quiere el dinero de los turistas; sonreía, me entendía… Hasta que llegamos a casa y me dijo que eran 70 rands; le dije que el precio pactado eran 40; me dijo que 60; le di 40 y en un perfecto lenguaje internacional de gestos los mande a tomar por… El me miró con cara de “mala suerte, este mzungu no se deja”. Y yo entendí que soy un mzungu bastante imbécil.

Ha habido también momentos contrarios y geniales: como en la tienda de móviles, donde el dueño, un indio, tras media hora de no entender una sola palabra de cómo recargar el móvil, me regaló su propia tarjeta de teléfono; o como un restaurante donde fuimos a celebrar un cumpleaños y un camarero y su hermano nos regalaron una tarta dedicada y varios whiskys tras más de una hora de amigable charla en la barra; como cuando la gente se seguridad de nuestra casa nos paró un día para agradecernos que siempre hablamos con ellos y les sonreímos… Pero una realidad que conviene aprender rápido es que uno es un mzungu siempre en esta parte del globo. La misma historia que en otras partes del planeta donde arrincona el hambre.

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Comentarios (6)

  • Miss éxodos

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    Me suena la historia. Es la parte engorrosa de viajar a ciertos países, pero también la más invitable. Recuerdo que yo me cabreé mucho con un tío en Indonesia, después de que me hicieran pagar entrada y donativo obligatirio (una contradicción en si misma) en varios templos. Le grité que estaba hasta los coj… de que todo dios se pensara que en Europa nos llovía el dinero del cielo. Luego pensé que si yo estuviera en su situación seguramente haría lo mismo. Es complicado hallar el equilibrio entre el no ser imbécil sin dejar de ser bueno. Ahí está el reto.

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  • javier

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    Es cierto. En parte tu me enseñaste parte de esa filosofía el primer día en Delhi.
    Besos

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  • Lisetta

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    Yo creo que lo peor de esto, es que te das cuenta que con tu mente de “Europeo culpable” no vas a ninguna parte y que ellos no te ven como tu presupones, sino como una diana donde pone:”Culpabilidad”, y eso ya les abre la puerta del descarado desenfreno: si este no tiene esta noche que cenar por habernos dado a todos nosotros su cena, no pasará nada, ya ceno bastante desde que nació…..
    Encontrar en estos paises ,donde la gente tiene verdadera hambre, el equilibrio entre la bondad y la estupidez es dificil, sobre todo cuando te das cuenta que te estan intentando timar por lo que al cambio no son mas de 50 centimos de euro….
    Un besazo

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  • Javier

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    Lo has descrito perfectamente.
    Besos

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  • Mariano

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    jajajajajaja, igual que cuando vivvía en Dominicana que el priemr dia el de seguridad me dijo: ¨Buen día, oye, mi hermano, ya tu sabe que la cosa esta dificil por aca¨
    Y yo le respondí: ¨Sí, es verdad, no está fácil ,no¨
    Me dijo de inmediato: ¨No me podrías dar unos pesitos transporte que ya tu sabe yo vivo muy lejos¨
    Lamentablemente eso pasa por la pobreza.En Dominicana un vigilante trabaja 12 horas al día los 365 días del año por unos 150 dólares al mes y ,si un día se pone malo, se lo descuentan del sueldo.
    Pero tampoco les puedes dar porque sino te piden todos los días y cada vez más. Jodido eh?

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  • Miss éxodos

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    Es verdad! Me acaba de venir un flash de tu primer día en Delhi… cuándo no entendías pq le regateaba al conductor del ricksaw por menos de un euro… Y yo te decía que no me importaba dárselo de propina al final del trayecto, pero que no me daba la gana de que me tomaran por idiota, cuando llevaba en la India casi seis meses… Ahoras serás tú el que me tenga que dar a mi esas lecciones. Tanto tiempo en occidente me está haciendo olvidarlas. Te leo, te admiro y te envidio. Olas.

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