Cataratas Epupa: el agua de la tribu de barro

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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Tierra de baobab y de tribus del pasado. Una postal de la África con la que todo el mundo viaja en el estómago. Vamos camino de las cataratas Epupa, al norte del país, cerca de la frontera con Angola. Un lugar de difícil acceso y carreteras en escorzo. Cambia el paisaje: detrás dejamos el misterioso espejo de un desierto de polvo y piedras infinito y un océano que le golpea. Tras diez días de carretera por Namibia; tras el paso de Grand Fish River Canyon, de las grandes dunas, de Cape Cross y de la Costa Esqueletos llegamos a un salto de agua impactante por su belleza y por las gentes que lo rodean. Este es un país espectacular y este un enclave único.

El encuentro con las tribus

En uno de los controles de paso de alimentos que hay por todo el país (controlan que no se extienda la fiebre aftosa) miro por la ventanilla y contemplo a dos mujeres himbas. Es imposible no fijar los ojos en sus cuerpos desnudos cubiertos de una especie de arcilla que les pinta la piel de color ocre y hace que su pelo parezca de barro. Es la primera vez que vemos a los rebeldes indígenas que no aceptaron las imposiciones de la ex colonia alemana y mantuvieron sus ancestrales costumbres. (Actuar de esta forma les costó muchas muertes en los tiempos más duros de la represión germana). Justo enfrente observo a una mujer herere. En el pasado ambas etnias fueron casi hermanas, pero los herere sí aceptaron la religión católica y decidieron vestirse y dejar el campo para ir a vivir a las ciudades. Los trajes de las mujeres son francamente llamativos: vestido de colores y una especie de gorro de tela (la forma sería parecida a la de una montera). Allí, en los escasos tres minutos que duró el control policial entendí que el viaje giraba de los paisajes fascinantes y vacíos del sur a la Namibia con nombres y apellidos del norte. Es fácil de comprender la razón, desde que dejamos Costa Esqueletos el horizonte ha ido mutando poco a poco al verde, a la tierra que permite la vida. Como si de una señal se tratara han aparecido los baobab, aquel árbol que todos soñamos con el libro de El Principito y que forma parte de las creencias más arraigadas del continente. Son múltiples sus leyendas, pero yo cuando los contemplo decido quedarme con aquella que dice que era un árbol tan bello que los dioses, cuando se enfadaron con los hombres, decidieron plantarlo boca abajo. De ahí que parezca que son las raíces las que asoman sobre el tronco.

Opuwo es ciudad y, por tanto, zona de hereres que se acercan a nosotros a vendernos fruta, bebida o collares. Un podría estar horas haciendo fotos a cada traje o tocado con el que ellas se visten.

Aquella noche, tras un largo viaje de carreteras bacheadas y polvorientas, paramos a dormir en un camping que recomiendo a todos los que pretendan subir hacia Epupa: el Ongongo Camp. La posibilidad de bañarse en una pequeña poza, cuya agua brota de un salto de agua, formando una piscina natural bajo el cielo estrellado africano compensa todas las horas de viaje.

A la mañana siguiente, temprano, proseguimos la ruta. Paramos en Opuwo, la última ciudad que hay antes de llegar a Epupa. Aquí debe aprovechar el viajero para comprar comida y bebida en un supermercado, sacar o cambiar dinero en algún banco e, incluso, acceder a un Internet café. Todos estos comercios están en una plaza, junto a la gasolinera que da la espalda al caótico mercado que recomiendo recorrer despacio. Tenderetes que volarían de un golpe de viento, cubiertos del seco polvo que levanta el suelo, donde se vende carne que gotea sangre colgando de alguna rama. Luego, en el Internet café contemplo una escena que parece imposible: una mujer himba, junto a un niño de no más de dos años, está usando una de las viejas computadoras. Semidesnuda, con su aspecto primitivo y navegando por la red. Qué genial es la escena. Sin embargo, Opuwo es ciudad y, por tanto, zona de hereres que se acercan a nosotros a vendernos fruta, bebida o collares. Un podría estar horas haciendo fotos a cada traje o tocado con el que ellas se visten.

El rugir del agua

Tras la parada, el camión reemprende la marcha. Vemos desperdigados en el camino, entre la maleza, distintos poblados himbas: un cercado y un grupo de casas y algún corral alrededor del fuego sagrado. Todos son iguales.  El sol pega con fuerza y la vida se reduce a alguna vaca o grupo de cabras que asoman por los caminos. Bajo alguna sombra un pastor himba vigila que nada altere su calma milenaria.

Dos horas después vemos a lo lejos una mancha de agua en hilera. Hemos llegado a los dominios del río Kunene, que hace casi de frontera natural con Angola.

Nos alojamos en un camping que se extiende por la orilla del río. Hemos llegado pronto, por la tarde, y tenemos la suerte de poder plantar las tiendas en la zona más cercana a las cataratas, cerca del bar-restaurante de madera de un piso y desde el que hay unas bonitas vistas del curso del agua. A no más de un kilómetro se escucha el rugir del agua despeñándose por una brecha del terreno que se adivina a lo lejos. Salimos rápido del camping y cogemos un sendero que hay a la derecha y que lleva a los saltos. Se cruza un pequeño mercado donde los himbas venden artesanía y souvenirs para los turistas y se llega a unas pequeñas piscinas naturales donde juegan los niños e, incluso, vemos a mujeres lavar la ropa y tenderla al sol (una forma que tienen de ganarse la vida es lavar la ropa a los turistas, que les aseguro que lo necesitarán tras cruzar este país de arena. El dinero se reparte entre la comunidad). Las pozas están pegadas al gran salto y uno puede bañarse allí bajo un chorro de agua salvaje que cae sobre tu cabeza o en bañeras de agua más tranquilas. La primera imagen es impactante, preciosa: algunos baobab cuelgan casi de las rocas y el Kunene se precipita por una caída de 20 metros de altura. Nos sentamos a contemplar la inesperada postal que ofrece la naturaleza con la sensación de casi perderte entre la violenta corriente. Sin embargo, pese a su belleza, no es esa la mejor postal que ofrecen las cataratas.

La primera imagen es impactante, preciosa: algunos baobab cuelgan casi de las rocas y el Kunene se precipita por una caída de 20 metros de altura.

Siguiendo el curso del río, subiendo una pequeña pendiente, se va tomando perspectiva del gran salto. A cada paso parece que tienes la mejor perspectiva pero siempre, 20 metros después, hay una mejor. La sorpresa es cuando a los 300 metros de subida uno descubre frente a él uno especie de colina por la que el agua se desliza en diferentes cursos. Un islote de tierra, rodeado de dos lenguas del río, por la que se forman pequeños saltos al capricho de las rocas. Detrás, que ya empieza a atardecer, se ven los dorados de unas montañas lejanas y se tiene una completa visión de las Epupa hasta que el agua se pierde al oeste en un caudal que está infectado de cocodrilos. Cae la noche sobre nosotros.

El bar himba

Tras la cena (tortilla de patata y rabo de toro, que aquella noche tocaba cena española), Javier, el guía de Kananga, me invita a tomar una cerveza en un local especial. Fuera de los dos únicos camping y hotel que ahí en Epupa, a mano izquierda, y tras caminar un kilómetro cruzando el campo de fútbol, hay un pequeño bar junto al poblado himba. Un colmado en el que se venden restos del mundo y en el que hay billar, una vieja máquina de discos y una barra. No van allí los turistas, que prefieren quedarse al abrigo de sus hoteles, pero es un sitio curioso para mezclarse con los locales. Allí uno puede ver chicos vestidos a la occidental bebiendo e himbas auténticos, semidesnudos, a los que el alcohol les devora. Pedimos unas cervezas y salimos del local, a la puerta, donde vemos a una pareja mayor, con sus pieles de arcilla y semidesnudos, pedir tabaco, alcohol o una imposible conversación en su idioma. Tienen una pequeña bronca, fruto del exceso y la mujer decide irse sola a dormir y mandarle a él a dormir al sofá versión africana, que no es ni más ni menos que a la intemperie. El viejo, aturdido y etílico, emprende camino hacia los matorrales.

Da cierto reparo siempre descubrir este tipo de lugares, llenos de encanto y autenticidad en los que uno tiene la sensación de que pronto estarán también contaminados, pero es una opción perfecta para terminar la noche. Eso sí, hay que ir con respeto, sin avasallar, ya que a los himbas tienen un fuerte sentido étnico.

Por la mañana decidimos recorrer la vertiente del cauce en sentido este. Un enorme cocodrilo adormece al sol de un pequeño islote. Parece una estatua inamovible. Algunas personas del grupo marchan a hacer un rafting, nada complicado, y otros decidimos indagar algunas granjas, fauna y vegetación de los alrededores. Hacemos tiempo para el que es el segundo plata fuerte de Epupa, la visita a un poblado himba. Ya dije que esta era una zona de naturaleza y gentes.

El poblado

Para entrar en uno de los poblados de la “tribu de arcilla” hay que cumplir con el ritual de llevar regalos. No se les da dinero, si no que se les ofrece arroz, aceite… En nuestro caso yo incorporé a la lista de presentes una manta, de vivos colores azules, de la que se encaprichó el jefe y su tercera mujer.

Al entrar, el anciano líder cumple con el ritual de esperar sentado los presentes y dar su visto bueno para que podamos movernos por un lugar que tiene normas ancestrales. Es evidente que hay un punto turístico en toda la parafernalia, aunque en cualquier otro poblado en el que quisiéramos entrar, sin la intermediación de un guía, las normas serían parecidas. Es decir, nada es falso, es un negocio que conocen ambas partes.

El poblado, en el que viven poco más de 20 personas, en medio de la nada, lejos de cualquier núcleo urbano, cuenta con un corral, el fuego y la piedra sagrada y varias chozas (en tres de ellas vive el anciano jefe con sus tres mujeres. Pasa dos días en la casa de cada una y un día descansa solo). La piedra y el fuego sagrado son objeto de un culto ancestral inviolable. Nos advierten de que está prohibido cruzar la línea imaginaria que hay entre ambos. Lo cierto es que cuando comienzan los juegos con los simpáticos niños, la visita en la que el guía nos traduce sus vidas o los paseos a solas por el poblado, lleno de excrementos de sus pocas vacas y cabras, la prohibición sagrada queda en el olvido en repetidas ocasiones (no es fácil vigilar una línea imaginaria).

El mundo en el que a los chicos se les rompen los dientes en la pubertad; en el que las mujeres se lavan con incienso; de la poligamia, de los rituales junto a un fuego bajo la única luz de las estrellas… Viven como son, libres

Luego, al final, las mujeres himba y algunos hombres jóvenes enseñan su artesanía y abalorios, aunque hay que señalar que no intentan vender nada, sólo enseñan su mercancía. Nos vamos, se acaba una larga visita a un mundo desconocido. El mundo en el que a los chicos se les rompen los dientes en la pubertad; en el que las mujeres se lavan con incienso; de la poligamia, de los rituales junto a un fuego bajo la única luz de las estrellas… Viven como son, libres, con sus propias normas y, eso sí, con algunas costumbres occidentales que han entrado en sus vidas y que puede dar al traste con su independencia milenaria como es el abuso del alcohol.

Al volver a las cataratas Epupa hay un partido de fútbol que se organiza entre locales y resto del mundo. Un campo en el que las porterías son dos palos con un larguero hecho con un hilo del que cuelgan latas oxidadas sirve de espacio de encuentro. Por supuesto, por el medio del campo puede pasar una vaca o un hombre subido a un burro. En el equipo local algunos juegan sin zapatillas por un terreno lleno de piedras y guijarros. Resultado final, empate a cinco.

El último atardecer en Epupa vuelve a ser inolvidable. El dorado de la madera de los baobab colgando de un acantilado, el agua a borbotones derramándose entre las rocas, algunos niños jugando junto al gran salto con sus cuerpos llenos de polvo seco, el ruido, la noche. Y es que en la oscuridad las cataratas son también fascinantes. Lo comprobé cuando subí al bar restaurante -cuyo dueño adoptó una niña angoleña que encontró abandonada y que ahora, ya mayor, ejerce de dueña del local-, que me invita a sentarme y escuchar la naturaleza. Allí, desde lo alto de la plataforma de madera del bar, el cielo está encendido, el agua se desliza y se adivina entre sombras y la sensación es de absoluta libertad.

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Comentarios (2)

  • Carmelo Linares

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    La foto de la catarata es espectacular. Desde luego parece un lugar especial. De los himbas acaban de ver en televisión un documental y me parecieron de otro mundo. Felicidades

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