El final: un sueño de 5.250 kilómetros a remo

Por: Pedro Ripol (texto y fotos)
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Por un momento nos sentimos Rodrigo de Triana. Lo que él experimentara a bordo de la carabela la Pinta aquel famoso 12 de octubre de 1492 avistando el Nuevo Mundo, nos tocaba revivirlo ahora a nosotros. No fue propiamente ¡tierra, tierra!, sino ¡resplandor, resplandor! La madrugada del 6 de diciembre de 2001, justo un día antes de cumplirse dos meses de la partida, distinguí a proa del Martha Dos un resplandor lejano, muy tenue, pero que visiblemente indicaba signos de civilización. No podía ser la luna porque todavía no había salido por el este; ni el sol, que ya se había escondido tras el horizonte horas antes. Aún sabiendo —por nuestros sistemas de navegación— que estábamos cerca, a menos de 50 millas, parecía que el final no terminaba de llegar. Todo ese largo tiempo de navegación sin ver tierra era ya suficiente. Durante el recorrido avistamos algunos buques mercantes, pocos veleros y solo un avión. Por el contrario, compartimos vivencias con cientos de eces voladores, atunes, estrellas fugaces… pero nada de tierra. Solo en nuestras mentes veíamos paisajes terrestres. La tierra firme se hacía de rogar.

No podía ser la luna porque todavía no había salido por el este; ni el sol, que ya se había escondido tras el horizonte horas antes

Al despertarse Pancho le comenté, exultante: —¡Resplandor!, ¡resplandor! ¡No te lo vas a creer! ¡Menuda alegría me he llevado hace un rato cuando al oeste, en el horizonte, he visto un resplandor! Puede que sean las luces de Barbados. ¿Qué opinas? —No, no lo creo —me contestó impasible y sin dar mayor trascendencia al comentario—. La capital está mucho más al sur. ¡Cómo no!, al volverme para mostrarle por dónde había vislumbrado aquella luz, unos densos cúmulos impedían distinguir lo que tanto me había alegrado minutos antes. Pero pasadas unas horas y al terminar su turno, Pancho me devolvió la alegría: —¡Sí, Pedro!, tenías razón, también he visto el resplandor al que te referías. Es, definitivamente, ¡luz artificial! Sin pretender vender la piel del lobo antes de cazarlo, sin cantar victoria antes de tiempo y con la prudencia que aconsejaba la ocasión, no pude evitar comenzar a saborear la miel en mis labios, el dulce fruto del triunfo. Si habíamos llegado hasta aquí era obligado pisar tierra vivos.

Seguimos avanzando y haciendo nuestros cálculos para arribar por la mañana del sábado 8 de diciembre. Era sensato realizar una aproximación diurna, siempre recomendable a la hora de acercarse a tierra desconocida. Sabíamos que en las últimas millas, cerca del puerto, se encontraban los HarrisonReefs, arrecifes causantes del final de las ilusiones de más de un navegante. Ya despuntando el día de ese 6 de diciembre, Pancho me confirmó la gran noticia: —Pedro, mira hacia el oeste y observa esa pequeña mancha alargada con dos montículos en el horizonte. ¡Es Barbados! —¡Sí! ¡Tiene toda la pinta de serlo! —le contesté, radiante. Era nuestro destino soñado durante dos años; el final de una aventura por la que no nos importó arriesgar nuestras vidas; el reto imposible para muchos; la locura más cuerda, al menos para nosotros dos.

Debíamos elegir: llegar entre tinieblas, aceptando sus peligros, o permanecer doce horas más en alta mar

La noche era oscura, su negrura se sentía espesa. Era inevitable, no queríamos esperar a que amaneciera y contravinimos todas las recomendaciones náuticas. Debíamos elegir: llegar entre tinieblas, aceptando sus peligros, o permanecer doce horas más en alta mar. Esta segunda opción quedó rápidamente descartada debido a la alerta naranja que existía ya desde hacía días en esa zona del Caribe. El volcán submarino Kick‘em Jenny, sumergido cerca de las islas de Trinidad y Tobago, podía entrar en erupción en cualquier momento, generar una ola gigante y mandarnos a tomar viento fresco. ¡No! No daremos ese plato de gusto a un posible tsunami, me autoconvencía. Empezaba entonces el turno de descanso de Pancho pero, a la recíproca, me espetó: —¡Continuemos remando los dos juntos, vayamos a por todas! Al fondo se veían ya las luces de entrada al puerto deportivo Port Saint Charles, donde finalizaba oficialmente la regata. Una voz en inglés nos gritó: «¡Debéis pasar las luces y luego girar a la izquierda hasta el edificio alto que se ve al fondo!». De repente, en el dique del puerto, el también remero Peter Moore, que había llegado justo un día antes que nosotros, encendió una potente bengala blanca que iluminó toda la zona. Se nos puso la piel de gallina; eran decenas de personas las que nos vitoreaban, aplaudían, silbaban… No dábamos crédito, pensábamos que al llegar de noche no habría casi nadie para recibirnos.

Solté los remos, abracé y besé a Pancho. Tras quitarme el arnés de seguridad salté vestido al agua

Eran las 00.44 horas GMT del 8 de diciembre de 2001, todavía las 20.44 horas del día 7 en Barbados. Pasamos por delante de las luces de entrada al puerto pero no sabíamos en qué punto exactamente terminaba la regata. Sin poder esperar más, lancé un grito exasperado: —¡Pero dónde demonios está la línea de meta! —¡Ya está, chicos, habéis terminado, felicidades! — respondió una potente voz. No lo pude evitar. Solté los remos, abracé y besé a Pancho. Tras quitarme el arnés de seguridad salté vestido al agua. ¡Qué emoción, qué felicidad, qué alivio! Sin duda alguna, experimenté el día más feliz de mi vida. Suele decirse que el mayor placer viene después de un gran esfuerzo. Puedo dar fe de ello. Fueron nada más y nada menos que 2.835 millas náuticas —5.250 kilómetros— las remadas, según comprobamos en nuestro GPS, y 61 días, 15 horas y 29 minutos el tiempo oficial invertido en la travesía.

Ya pisando en firme desde hace 48 horas, durmiendo casi ocho seguidas, caminando sin estar sujetos por cordón umbilical alguno, comiendo carne en abundancia, Pancho; y frutas y verduras frescas, yo, y ambos disfrutando de bebidas heladas, contemplamos estos dos meses como algo ya pasado. Incluso a veces nos preguntamos: ¿fue una ilusión? Se había dado también cumplimiento a otra máxima: Al final, solo se tiene lo que se ha dado. Estoy seguro de que todos aquellos que nos ayudaron a la consecución de este viaje tendrán mucho, pues dieron mucho. Y sobre todo a ti, Ann, porque te lo mereces de todo corazón, te dedicamos la travesía Atlántico a Remo 2001.

Para más información: www.atlanticoaremo.com

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Comentarios (3)

  • Juan Antonio Portillo

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    anda que¡¡¡¡¡¡ y yo dando ánimos en el anterior artículo y resulta que esta hazaña tuvo lugar hace 11 años¡¡¡¡¡ Bueno, nunca es tarde si la dicha es buena……..

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