Los últimos nómadas del Sahel II: “La escuela”

Por: Enrique Vaquerizo (texto y fotos)
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Tanout  en su día de mercado estaba ocupado por una turba de nómadas vomitados desde el interior del desierto. Peuls, tuaregs y bellas a lomos de camellos, portando espadas y carcajs repletos de flechas, martilleando una retahíla de saludos interminables. En una explanada junto al mercado de ganado se suceden entre apuestas las carreras de camellos. Los puestos son apenas  troncos raquíticos entre las que se desparraman los exiguos productos que el desierto puede ofrecer. El olor a bosta de ganado y a especias lo inunda todo, contemplo el espectáculo alucinado esquivando las miradas inquisitivas de los tuaregs.

Aunque sólo me vean los ojos mi forma de andar me delata. Riskoi me va presentando a toda su familia, entre risas me adoptan y nos dedicamos a un peregrinar confuso saludando al infinito clan de los bororos. Los rostros son de una belleza pura, avasalladora,  maquillados con gena en su mayoría. Son conscientes y orgullosos de sus atributos físicos, más de una vez sorprendí a alguno maquillándose a hurtadillas con kohl frente a un espejito. Cada segundo en Tanout  regala una instantánea única que devorar. De vez en cuando me palpo con glotonería la cámara escondida bajo la túnica, sin atreverme a sacarla, tengo miedo a llamar demasiado la atención.

Me quedo solo, la gente me saluda, contesto con signos, me hago el sordomudo

Caen las horas como la lluvia mientras sentados a la sombra mientras observamos el bullicio del mercado. De vez en cuando Riskoi, desaparece, hace  gestiones para buscar una moto con la que cruzar el desierto hasta el campamento, el trayecto en camello podría llevarnos una noche entera. Me quedo solo, la gente me saluda, contesto con signos, me hago el sordomudo. Rápidamente despierto la curiosidad de un gentío que me identifica como blanco y me insta a quitarme el turbante, al hacerlo recibo sonrisas y gestos de asentimiento. No puedo evitar un estremecimiento,  los rumores de colaboración entre tuaregs y AQMI para el secuestro de extranjeros son constantes.

Baja el sol cuando dejamos la ciudad  a lomos de un ciclomotor que se cae a pedazos y nos dirigimos al campamento. Sorteamos un goteo interminable de familias que regresan de nuevo a las profundidades de la sabana. Los saludamos a toda velocidad, entre risas mientras la motocicleta amenaza con despedazarse en cada duna y la luz del sol pinta un lienzo irreal, fastuoso, de sombras alargadas, de animales, de  niños y viejecitos mustios. De miradas que se clavan en el corazón y carcajadas que desarman la desnudez hiriente del paisaje.

El Sahel en esos momentos alcanza una belleza sobrecogedora

En muchos lugares de África el atardecer se desploma sobre la tierra, concediendo apenas unos instantes de luz mágica antes de que el cielo apague el interruptor y descargue una catarata de estrellas. El Sahel en esos momentos alcanza una belleza sobrecogedora, un territorio de nadie que desbarata las horas ardientes y justifica los días. Aquella tarde el desierto fue generoso con nosotros y pareció regalarnos casi una hora de ruta iluminada por neones que ya no nos abandonarían hasta alcanzar las primeras chozas de Sallaga.

Sallaga,  aquí estábamos por fin. Una explanada reseca a mitad de camino entre la sabana y el desierto, un puñado de tiendas y camastros diseminados entre grupos de niños que corretean tras sus madres.  A lo lejos se escuchan mugidos que sobrevuelan sobre la polvareda  levantada por el ganado que regresa. En unos minutos apenas se distinguen las caras apiñadas junto a las hogueras encendidas mientras el aire se impregna de olor a mijo hervido. Esta noche habrá “bouile” (sopa de leche y mijo) para cenar.

El hambre, las sequías y las epidemias van limando a dentelladas la forma de vida de un pueblo nómada

Los bororo viven por y para sus vacas, ellas son su sustento, su orgullo y su ilusión. Les proporcionan la leche de la que se alimentan y que poder vender y cambiar por otros víveres en el  mercado, les sirven de dote en sus casamientos y de ellas obtienen las escasa carne con que regalarse en sus festividades. Su vida es dura como suele serla en este entorno reseco y hostil, las osamentas de ganado que siembran el camino son la prueba de cómo el Sahel deja los colmillos marcados en los únicos habitantes que se atreven a amarlo y desafiarlo a partes iguales. El hambre, las sequías y las epidemias van limando a dentelladas la forma de vida de un pueblo nómada que pese a todo aún conserva intacto su orgullo. Porque si  algo comprendí en aquella primera de las múltiples visitas que haría a Sallaga durante  los siguientes  meses siguientes es que el patrimonio más valioso de los bororos reside a partes iguales en su  hospitalidad y orgullo. Entre las tiendas misérrimas rodeadas de  vacas moribundas y bandadas de moscas feroces flotaba una dignidad casi estrepitosa en medio de aquella noche africana, la noche en que dormí en la escuela de Sallaga.

Porque en todo el campamento tan sólo había un edificio, si es que podía  llamarse así a una diminuta choza de ramas y tejado de paja acribillado de agujeros que dejaban ver las estrellas, como  mobiliario un pizarrín que colgaba de una de las paredes y el suelo de tierra reseca barrida con mimo. Ahí acampamos la noche en que Riskoi me fue contando entre tés ardientes y los mugidos de los camellos el nacimiento del primer proyecto de escuela en los alrededores de Tanout. La escuela nómada de Sallaga.

Ahí acampamos la noche en que Riskoi me fue contando entre tés ardientes y los mugidos de los camellos el nacimiento del primer proyecto de escuela

Sallaga se extiende en una distancia que abarca unos 40 kilómetros cuadrados de sabana inhóspita y desierto. Los bororos se dividen en clanes, separados en ocasiones por distancias enormes, cada clan suele agruparse en torno al cabeza de familia, sus hermanos y su primera esposa e hijos, son polígamos y en ocasiones tienen varios clanes diseminados por la sabana recorriendo grandes distancias para atenderlos a todos. Esa estructura es mutable, ya que siempre está supeditada  al rastro de hierba que su ganado necesita para alimentarse.

En apenas una hora levanta el campamento y los diminutos borriquillos se aplastan contra la polvareda atestados de calabazas, ollas, vestidos, espadas y abalorios.  Todo para recorrer apenas unos kilómetros la noche siguiente como una maraña que se desplaza en un peregrinar continuo por los confines del Sahel, desde Níger, a Mali, pasando por Burkina o Camerún. En esas condiciones las hordas de chiquillos que acompañan cada campamento no tienen ninguna posibilidad de acudir a la escuela, su destino es peregrinar por “la brousse” o vivir en los arrabales de las ciudades marginados como analfabetos y salvajes por la mayoritaria etnia hausa.

Pactaron dejar a los más pequeños en un campamento fijo y liberarlos de salir cada día a acompañar a las vacas

Un día Malam y Gado el padre y el tío de Riskoi decidieron abrir el primer proyecto de escuela nómada en Sallaga, entre los escasos recursos de los diferentes clanes lograron reunir  cuatro meses de sueldo de un profesor y levantaron una techumbre bajo la que guarecer a los alumnos los diez días de lluvia al año que el Sahel concede en Níger. Pactaron dejar a los más pequeños en un campamento fijo y liberarlos de salir cada día a acompañar a las vacas. En aquellos momentos entre la sequía y las muertes de ganado el curso seguía sin iniciarse y la escuela lucía como un esbozo inconcluso, vestigio ilusionante de tiempos mejores.

Recuerdo aquellos días en Sallaga como un torbellino de sensaciones y descubrimientos. Días de desconcierto, en los que las sonrisas y los gestos de afecto alcanzaban donde perdidas en la traducción  las palabras no llegan. Recuerdo los atardeceres maravillosos y los mediodías asfixiantes que deshacían hasta la tela de los turbantes, los días salvajes, plagados de horas muertas e instantes  inolvidables. Recuerdo el miedo cada vez que se acercaba un jeep con cabezas cubiertas en la sabana, recuerdo las risas y las conversaciones entre susurros ininteligibles junto a las fogatas nocturnas, las manecillas del reloj olvidadas,  la sensación de sentirme el testigo privilegiado de una forma de vida que desaparece.

En mi espalda se clava un pizarrón enorme, sobre los tubulares alforjas cargadas de pizarrines, lápices, y tizas y gomas

Las semanas siguientes son tan sólo una breve elipsis. Nos veo de nuevo  surcando las dunas a las afueras de Tanout haciendo de paquete con Riskoi en una moto que amenaza con convertirse en chatarra a cada instante. Pero esta vez no vamos solos, llevamos un botín valioso.  En mi espalda se clava un pizarrón enorme, sobre los tubulares alforjas cargadas de pizarrines, lápices, y tizas y gomas y una gigantesca alfombra, en los bolsillos 8 meses de sueldo para un profesor asegurados. Tras negociaciones con mi ong y la promesa de no hacer locuras, la primera escuela nómada rodante  del Sahel, vuela a toda velocidad hacia Sallaga.

“Un, deux, trois …” berrean cuarenta voces infantiles, mientras Karim el profesor señala los números en la pizarra y se pasea bajo la gigantesca acacia desesperado,  intentando poner orden. Una alfombra, la pizarra colgada en el tronco del árbol y un pizarrín y tiza por alumno, mimbres suficientes para construir una escuela si hay ilusión y ganas. Al frente bajo la antigua escuela un grupo de ancianos bororos contemplan divertidos el espectáculo entre tés humeantes. Tras décadas de recorrer el Sahel, de rastrear las huellas de sus animales en el polvo, de escaramuzas con  ladrones de ganado, de ganar mil batallas a la sed y al desierto, finalizan sus días acompañando a sus nietos a la escuela, asegurándose de que acudan y esperando pacientemente a que acaben para llevárselos de vuelta. “

Un, deux, trois…” todas las edades  se mezclan, vuelan las collejas y los lapiceros rotos, los ojos brillantes y los nervios del primer día de clase… el primer día de clase en plena sabana.  Miro a Riskoi que acerca de la mano a uno de sus hermanos pequeños hasta la alfombra, me guiña un ojo. “Un, deux, trois….”  las voces suben y se enredan  entre los nudos de la acacia, y siguen elevándose sin límite hacia el sol de África.

 

 

 

 

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Comentarios (3)

  • Ana

    |

    Genial, Enrique, como siempre

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  • Lydia

    |

    Un artículo excelente. Admirable el empeño en crear la escuela y la paciencia de lo abuelos.

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