Matusadona: el parque que no pertenece a los mapas

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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Cada esquina del parque ofrece una instantánea mejor. El lago se abre en mil pequeños ríos que se adentran por tierra. Desde el bote se observa la vida animal, los colores de la naturaleza, las rocas que impiden el paso, los sonidos de aves extrañas… Matusadona es un lujo a los sentidos. Un parque singular, muy bello, que enseña África desde las aguas. Está tan retirado de todo que pareciera que se esconde del mundo, como si allí la vida se desarrollara de espaldas, entre sombras.

Llegamos a Matusadona tras pasar día y medio navegando el lago Kariba. Bernardo me había advertido que el hotel al que íbamos era una pasada y su dueño una enciclopedia del lugar. “Pégate a él, seguro que sacarás muchas historias”. Así fue. El hotel Musanga Safari Camp, cuyo dueño es Steve, un zimbabuense blanco que lleva más de 30 años trabajando como guía en el parque, es uno de esos pequeños lujos que siempre esconde África(el lugar más mísero del planeta). Se trataba de nueve bungalows (estilo tienda de campaña) que se asientan en un islote del Kariba. Todo el perímetro de la isla está vallado y electrificado. Se duerme rodeado de agua y de auténtica vida salvaje; lo suficiente, al menos, para pegar un bocado a cualquier presa con cámara o sin ella que se le acerque.

Nada más comer, en mesas redondas y compartiendo almuerzo con la familia de Steve y alguno de sus trabajadores, nos subimos a uno de los botes y comenzamos a ver el parque. Este hotel tiene una gran singularidad que lo hace fascinante: tiene concedida una licencia de 10 kilómetros alrededor de la construcción en la que nadie puede entrar. Es decir, los safaris son privados. Aquella misma tarde vimos grupos de elefantes, búfalos e hipopótamos  desvanecerse ante otra de las puestas de sol que arrugan África. Ambas dejaron dos lienzos de colores sobre el agua (ver fotos).

Sin embargo, lo mejor vendría a la mañana siguiente. Por la noche Steve ofrece todo un cúmulo de actividades. Todo el grupo decide ir a visitar un poblado de pescadores cercano al hotel. “Yo siempre que puedo me gusta ver la vida de los locales”, me dice uno de los compañeros. La respuesta fue sorprendente. No hablaron (la mayoría) casi nunca que no fuera por pedir algo con los tres zimbabuenses que nos acompañaban en el camión (me lo dijeron los propios trabajadores) ; no vi a casi nadie realmente intentar relacionarse con la población local que nos cruzamos (fueran gente encontrada al azar, camareros, cazadores, guías o pinches de cocina) ni tampoco percibí ningún interés mayor en la mayoría de posibilidades de entender la historia o sociedad del país sin una instantánea de por medio. Lo curioso es que la mayoría era gente con mucha cultura, buena conversación, sentido del humor y un montón de sellos en el pasaporte. Qué curioso es ver cómo se puede recorrer el planeta de mil formas. Distintas, sin que unas sean mejor que otras. Mi sensación, quizá errónea, es que buscaban tener fotos con las que explicar sensaciones. Tenerlas con un grupo de negros que posan sin problemas ofrece muchos puntos para las sesiones de diapositivas con los amigos. Entendí que algunos con los que compartí parte de la travesía no irían a ese viaje sin una cámara. Supongo que en aquella visita habría una clara desproporción entre disparos de cámara y preguntas.

“Conozco muchos negros que se quedaron también sin tierras. Claro, eso no vende. Vende más hablar de negros contra blancos”, dice Steve

Pero volviendo al principio, es verdad que aquella desbandada en busca del poblado nos permitió a Fernando, Bernardo y a mi vivir un safari en bote fascinante. Nos quedamos con Steve y recorrimos parte del parque a solas, parando para contemplar pájaros que nos costaba identificar (es un paraíso para los amantes de la ornitología), mirando las fauces de un cocodrilo y perdiéndonos por un paisaje brutal de formas y tonos. Fue entonces cuando más hablé con Steve, que tras dejarme su objetivo 500 mm se convirtió en compañero de fotos y de confidencias políticas. Fue larga la conversación y me sirvió en parte para un reportaje político social que publiqué en El Mundo sobre Zimbabue. Sólo diré a modo de resumen una sentencia que tumba muchos tópicos: “Aquí alucinamos con la historia que se ha contado en Europa sobre el problema de Zimbabue. No hay conflicto entre blancos y negros. Aquí hemos vivido un conflicto atroz entre la gente de Mugabe y el resto. No sólo se les ha robado las fincas a los blancos, yo conozco muchos negros que se quedaron también sin tierras. Claro, eso no vende. Vende más hablar de negros contra blancos”, decía  Steve.

Aquella tarde Fernando y yo, junto a dos compañeras de ruta, decidimos salir a hacer piragua por el entrecortado cauce del Kariba. Vimos algún hipopótamo, algún cocodrilo, muchas aves y otro atardecer más de postal reflejado sobre el agua. Violetas y rosas entre las olas y el cielo.
Las dos noches de Matusadona fueron otro remanso de paz en un país que no se acostumbra aún, por suerte, a que le miren los demás. No importó que nos tocara a Fernando y a mi dormir en la habitación de uno de los trabajadores y no en las pulcros bungalows por falta de espacio. Aquel lugar tiene algo de paraíso vetado, de final de la nada en la que nunca encontrarse, de trozo de tierra que no pertenece a los mapas.

Este viaje forma parte de la ruta de la agencia Kananga por Zimbabue: Ruta por gran Zimbabue

Ruta Kananga:http://www.pasaporte3.com/africa/viajes/zimbabue-mozambique/zimbabue-mozambique.php


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Comentarios (4)

  • silvia

    |

    Se nota su aficion por la ornitologia sr. Javier. Le felicito por las fotos y por la paciencia para conseguirlas. En un continente donde los grandes mamíferos concentran toda la atención de los turistas no es facil encontrar viajeros interesados por los pájaros. Gracias por recordarnos que Africa también atesora una vastisima riqueza ornitológica

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  • javier

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    Los pájaros enganchan como una droga. Fue el año pasado, en el kalahari, con dos amantes de los pájaros, cuando comencé a fijarme en ellos. Encima es una de las fotos más bonitas y difíciles que puedes tomar.
    Gracias Silvia

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  • MereGlass

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    Yo me quedo con los elefantes, verlos pasar en manada debe ser algo grandioso. Gracias, Javier, preciosa reflexión para el alma y los sentidos, ojalá se perdieran muchos mapas.

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  • Javier Brandoli

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    Pues Zimbabue te encantaría porque está lleno de elefantes. Besos MereGlass

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