“Si no te asomas al otro lado, te conformas con una sola cara del mundo”

Por: Ricardo Coarasa (fotos Sebastián Álvaro)
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-¿Asomarse al otro lado es siempre una necesidad?
-Es el efecto del collado, más que de la cumbre. Cuando llegas a lo alto se abre un mundo ante ti. No has hecho más que empezar. Pero la cumbre es más un fin (o un confín). De la cumbre hay que volver. El collado hay que atravesarlo. Hay cumbres que parecen el último confín, particularmente, el Everest, la última prominencia que casi te saca de la Tierra. Pero ¿y si hubiera tras ella un panorama inacabable de cimas que sólo desde allí se descubren? Entonces retornas, te recuperas y prosigues tu búsqueda en una línea nueva del horizonte. Si no te asomas al otro lado te estás conformando con una sola cara del mundo. También, cuando te asomas, te puede dominar el vértigo de lo inacabable.

-¿Qué esconde la trastienda del Everest?
-Al norte del Everest, a partir de la gran cordillera del Himalaya, se despliega un haz de cordilleras que atraviesan buena parte de Asia, con grandes altitudes, longitudes extraordinarias, belleza superior, gran soledad. No salen en la prensa, no están en los libros, no tienen detalle en los mapas, no suenan en los boletines montañeros, no hay en ellas compañías comerciales ni campamentos base multitudinarios. Son escenarios apartados, incluso salvajes. Quien desee conocer esa naturaleza solemne y escondida, que aún permanece en un mundo cada día más adulterado, así como aprender su fuerte contenido cultural, debe descorrer el velo y entrar en el espacio que se abre tras lo conocido.

Hay cumbres que parecen el último confín, particularmente, el Everest, la última prominencia que casi te saca de la Tierra

-Habla usted de montañas escondidas, de valles desconocidos, de pueblos remotos… ¿Hay redención para quienes no pueden llegar tan lejos y, sin embargo, sienten esa expresión física de la pasión intelectual a la que se refería Cherry-Garrard?
-Hay mucho mundo grandioso cerca de casa, en llanos, colinas, costas y montañas, aunque hay que escarbar algo más para desvelar sus valores quizá tapados por la costumbre y gastados por el excesivo uso, y hay que perseverar en cuidarlos, en protegerlos para que no se borren. Porque hay paisajes desvanecidos como cuando se pasaba el borrador por la pizarra, tanto aquí como en China.
Pero un observador respetuoso encuentra los valores de la Tierra en su vecina sierra, por ejemplo, en el mismo Madrid, a su lado, en el Guadarrama, o en Huesca en la Sierra de Guara y no digamos en el Pirineo. Por eso es tan importante conservar esos parajes, con un sentido ecológico, claro, pero incluso mayor, con un sentido cultural y para una experiencia profunda de la naturaleza no perturbada. Son los últimos refugios de un mundo que era así extensamente sólo hace un siglo en nuestro propio territorio. Los primeros montañeros españoles tenían otras montañas en los mismos sitios que las actuales, más solitarias y remotas, más salvajes y retiradas, más inexploradas, más pintorescas y vernáculas.

Hay mucho mundo grandioso cerca de casa, en llanos, colinas, costas y montañas, aunque hay que escarbar algo más para desvelar sus valores

-Acaba de presentar su libro en China y parece dispuesto a traducirlo al chino. No me negará que usted va contracorriente.
-Nunca he detectado bien cuál era la corriente, por lo que no soy muy consciente de ir a favor o en contra de ella. Pero sí sé que soy un profesor y que debo transmitir mis conocimientos, que esa es mi vocación. Pienso así que habrá un público lector chino que pueda entender, amar, disfrutar y preservar sus montañas olvidadas. Sólo se ama lo que se conoce y por eso hay que darlo a conocer. Pero, claro está, para cuidarlo, no para dañarlo. Además el hombre se educa positivamente en su contacto directo con la naturaleza y esos lugares pueden proporcionar no sólo conocimientos interesantes para la ciencia sino también vivencias profundas en quienes los recorren.
Como hay muy poco escrito sobre estos lugares, al menos al alcance de todos, los dos autores del libro, Ricard y yo, y sus coautores, Sebas y Joaquín, pensamos que su difusión, aquí y entre los propios habitantes de China, podrá mitigar ese vacío informativo.

-Supongo que poder explorar esas montañas con su amigo Sebastián Álvaro, creador del mítico “Al filo de lo imposible”, es un placer añadido.
-Por supuesto. Llevamos muchos años dando vueltas por sitios agrestes y apartados, incluso hemos estado juntos en el Polo Norte. Pero, en este caso, llevamos viajando por China juntos desde 1997, aunque ambos habíamos estado allí antes, cada uno por su lado. Desde 2007 hemos ido todos los años a China occidental y central a hacer recorridos con Ricard y otros amigos, entre ellos Joaquín, por lugares perdidos, como el desierto de Taklamakán, y el de Gobi, o las grandes cordilleras. De estos viajes nació la idea de hacer el libro último que hemos sacado juntos. Primero hicimos un reconocimiento del entorno regional de estas montañas. Al año siguiente las atravesamos totalmente de punta a punta. Y al siguiente entramos en ellas, ascendimos sus flancos, las estudiamos, tomamos datos y estuvimos en condiciones de escribir sobre ellas.

Sebastián Álvaro es un gran expedicionario, con quien puedes ir al fin del mundo y llegas a él, y además una gran persona, con quien ese viaje es un disfrute

Además, Sebas y yo hemos escrito varios libros conjuntamente. Es decir, que tenemos ya experiencia de cómo trabajar sumando esfuerzos. Pero, sobre todo, Sebas es dos cosas más: por un lado, un gran expedicionario, con quien puedes ir al fin del mundo y llegas a él. Y, por otro, una gran persona, con quien ese viaje es un disfrute y una prueba de amistad en todo momento.

-¿Qué queda del Himalayismo de Mallory, Buhl, Bonatti o Herzog? 
-Los tiempos cambian, su obligación es cambiar. Es muy bueno conocerlos, pero la historia fluye como un río y el agua de hoy no es la misma que la de la fuente. Se puede tener incluso nostalgia del tiempo pasado, es legítimo, pero el hoy y el mañana son y serán distintos. Lo que no debe cambiar en lo que se modifica, sin embargo, como en una persona viva que es la misma y muda a la vez, es la sustancia. La sustancia es lo que permanece en lo que necesariamente muda, es la identidad. Ellos crearon esa sustancia y fueron lo que su tiempo les permitió y les facilitó; fueron pioneros obligatoriamente, no podían ser otra cosa. Y eso hoy es mucho más raro, menos posible. Pero crearon un estilo ético y deportivo, ambas cosas.

-Entonces, ¿ese espíritu legendario aún pervive?
-Lo que ha cambiado a veces es formal, accesorio: mejores equipos, comunicaciones más rápidas, cobertura de móviles, posicionamientos geográficos, técnicas deportivas, cartografía, información, etc. Eso no suprime la sustancia, sino que modifica los objetivos y las tácticas; hay hoy un alpinismo valiente implanteable en la época de los pioneros, pero que tiene su mismo espíritu, gracias a esas mejoras formales.
Lo que ya no es tan claro es que en ciertas prácticas y en ciertas montañas puedan pervivir los estilos de los grandes alpinistas que crearon o fundaron el himalayismo. La comercialización expedicionaria o la competición o la pretensión de fama basada en el espectáculo pueden acarrear una tergiversación o perversión de esos principios éticos y estéticos fundacionales. Es el espíritu el que ha cambiado.
Pero también puede ocurrir que determinadas montañas, que antes eran solitarias y exigían alguna épica, hoy en día su excesivo tránsito, equipamiento o mercantilización les haya llevado a que en ellas sea ya imposible encontrar las condiciones propias para que la sustancia del gran himalayismo pueda volver a darse. Aunque requieran esfuerzos e incluso den lugar a dramas, pues el Himalaya siempre es muy exigente, el lugar ya no es el escenario que obligatoriamente reclamaba aquel espíritu. En este caso, es la montaña la que ha cambiado.

Los ochomiles atraen público y eso fomenta su comercialización, que puede llegar a ser indiferente al medio

-¿Cree que el coleccionismo de ochomiles es respetuoso con la montaña?
-Depende de cómo se haga. Es nuevamente una cuestión de estilo. Hay montañeros muy capacitados que hacen y repiten incluso ochomiles porque es su medida de montaña. Como otros hacen tresmiles, por ejemplo. A veces repiten un pico por distintas rutas. Otros insisten en esa cota por fijarse objetivos deportivos y lo hacen con buenos modos, siendo sus logros muy estimables. Pero, si hay quienes buscan competición, fama y financiación en exclusiva, pues el buen estilo falla. Pero en estos casos la falta de respeto no es a la montaña, sino a esa sustancia montañera de la que antes hablábamos. Si se acometen expediciones grandes que no contemplan la protección del entorno y abandonan material y basura, entonces es la misma montaña quien sufre los efectos de esta invasión. Los ochomiles atraen público y eso fomenta su comercialización, que puede llegar a ser indiferente al medio. En este caso sí hay falta de respeto a la naturaleza.

-Subir una montaña es una metáfora de la vida. ¿Qué busca en ellas?
-Es una metáfora espiritual, con muchos contenidos. La ascensión, la búsqueda ascética de lo alto, el desprendimiento de lo terreno llegan a ser símbolos religiosos, incluso místicos. Lo son en distintas creencias. Y algo hay de ello en toda ascensión, incluso en motivos invisibles para un escalador laico. Es una cuestión de raíces culturales. Pero además la montaña se suele volver una constante, una referencia esencial en la vida del montañero, de modo que le entrega grandes cantidades de su capital disponible de tiempo, de esfuerzo, de ilusión y hasta de dinero. En ella identifica los ideales de su vida. Y, cuando se va a expediciones, que exigen prolongadas estancias en la montaña, ésta se convierte en vida y la vida en montaña: por ejemplo, para cierto montañero, tres meses en Patagonia, dos en los Andes del Perú, cuatro en el Himalaya, en un año de montaña, más el resto disperso por el Pirineo o Gredos… y así un año tras otro ¿no es eso vivir en la montaña o casi? En la alta montaña tal vez no se nace, pero se vive y hasta se muere; tiene los caracteres casi completos de la vida misma. Se disfruta y se sufre.
Lo que se busca es una experiencia vital sencilla en la naturaleza grandiosa, experimentar la belleza y aceptar el reto, vivir con espontaneidad, aprender de las reglas del Planeta, superar sus pruebas, conocerla con intimidad, ser uno más con la piedra, la tormenta, el torrente, el hielo, la planta o el animal libre. Ser libre y feliz entre las cosas de un mundo admirado.
Siempre la cima es una recompensa moral.

La montaña se suele volver una constante, una referencia esencial en la vida del montañero. En ella identifica los ideales de su vida

-¿La curiosidad tiene edad de jubilación?
-No puedo juzgar por los demás. Hay quienes no han tenido nunca curiosidad. Pero no debería tener edad de jubilación. La vida personal no coincide exactamente con la pertenencia a clases activas y pasivas, ni siquiera en este sentido. Eso es una regla social, administrativa, no vital. La curiosidad indica vitalidad, ganas de aprender, de conocer, de comunicar. La curiosidad significa tener futuro independientemente de la edad.

-¿Cree que en España nos han enseñado a querer y respetar el paisaje?
-Creo que no. Minoritariamente, en cambio, ha habido en nuestra cultura reciente grandes paisajistas, que han descrito los paisajes, los han querido y han inculcado su respeto. Incluso que han educado en esos principios. Pero la tónica general es indiferente al paisaje. La mayoría ni siquiera lo ve. Quienes llevan los gobiernos que repercuten en lo local, sólo ven territorios, aprovechamientos económicos, explotaciones rentables, casi nunca ven paisajes o, si caen en la tentación de verlos, enseguida se arrepienten. Las pruebas están ahí mismo: mirad por la ventanilla del coche y del tren y contad lo que veis.
Sería muy urgente la salvaguarda de nuestro patrimonio paisajístico, muy, muy urgente. Se trata de un bien natural y cultural esencial. Sin él, si lo borrásemos, no tendríamos identidad.

En España la tónica general es indiferente al paisaje. La mayoría ni siquiera lo ve

-¿Intenta comprender a los pueblos a través del paisaje o a la inversa?
-Es una mezcla necesaria, porque el hombre rehace el paisaje original y el paisaje es un ingrediente circunstancial de su vida. Haces el paisaje y el paisaje te hace. Los pueblos no son separables de sus paisajes ni éstos de la cultura y de las utilidades de los pueblos. De modo que en un paisaje se lee a un pueblo, sea como sea dicho paisaje, sea bonito o feo, conservado o destrozado, nos está diciendo cómo es culturalmente ese pueblo, su estilo, su calidad, su barbarie. Y, en combinación, en un pueblo se puede leer cómo es su paisaje, en sus actos, costumbres, modos de vida, música, cine, literatura. La comprensión, pues, es total o no responde a la realidad.

-Una razón para no doblegarse a la rutina
-La vida va pidiendo opciones, recursos, respuestas en el tiempo. Las circunstancias cambian, solicitan. Es mejor, a mi entender, enfrentarse a la vida fuera de los caminos trillados, fuera de las vías de tren con estaciones y horarios marcados en las guías. A través del campo. Entonces el mundo es menos plano, encuentras sorpresas, tal vez haya más imprevistos, pero hasta éstos pueden ser más interesantes que todo lo previsto.

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Comentarios (1)

  • Mayte

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    Cómo me ha encantado este relato!!! todo entero es una joya, el último párrafo es especialmente bonito y cierto.

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