Sarajevo: un viaje a la memoria

Por: Diego Cobo (texto y fotos)
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Como otros tantos símbolos que brillaron de gloria antes que en llamas, Sarajevo siguió ese guión en el siglo XX cuando pasó, sucesivamente, de mano en mano hasta llegar a ser la capital de un país independiente. Hoy, Bosnia-Herzegovina, trata de sacudirse el polvo de las cenizas de su historia.

Caminar por las calles del centro de Sarajevo es traer a la memoria, inevitablemente, los recuerdos más inmediatos en el tiempo. Claro que quizás eso sea lo más fácil para alimentar, en el imaginario social, lo que hace veinte años puso a Sarajevo en las portadas de todos los periódicos del planeta: una guerra civil que hoy ya solo da coletazos en la memoria, en las fachadas acribilladas de los edificios o en las placas que cuelgan de multitud de monumentos por toda la ciudad con el nombre de centenares de muertos.

A pesar de que Sarajevo es mucho más, este hecho monopoliza, en gran parte, el pensamiento. En el “Jerusalen Bosnio”, como se ha llamado por la convivencia de varias religiones, una estancia en la ciudad comienza en Bascarsija, el bazar del corazón de la ciudad construido hace seis siglos, con la fundación de Sarajevo. Sobre esta vieja extensión se levantan los más atractivos monumentos.

Caminar por las calles del centro de Sarajevo es traer a la memoria, inevitablemente, los recuerdos más inmediatos en el tiempo

Metáfora de su historia es la cercanía de la mezquita Gazi Husrev-Beg’s, la catedral del Sagrado Corazón de Jesús, la vieja iglesia ortodoxa y la sinagoga de Sarajevo. Con tres días sagrados por semana –correspondientes al cristianismo, islam y judaísmo-, Sarajevo pasó de depender del Imperio Otomano al Imperio Austrohúngaro hasta ya entrado el siglo XX. Bosnios, croatas y serbios conviven en relativa armonía teniendo en cuenta que a finales del siglo pasado las diferencias étnicas llevaron a la crueldad azuzado por las megalomanías de la “Gran serbia”.

Aunque este es un viaje por la ciudad, conectarlo con su historia reciente resulta imprescindible para entender una ciudad reconstruida aunque no sea nuestro objetivo conocer en profundidad los vericuetos de la historia y la política internacional.

Aunque este es un viaje por la ciudad, conectarlo con su historia reciente resulta imprescindible para entender una ciudad reconstruida

El devenir de los cuatro siglos anteriores de mitos y sangre del país fue trazado por Ivo Andric en “Un puente sobre el Drina”, un libro de gran intensidad con el puente de piedra como testigo del tiempo en Visegrad, en el límite con Serbia. Precisamente, el año pasado se cumplieron 50 años de la concesión del premio Nobel.

Poco antes de la creación de Yugoslavia, fecha donde Andric finalizó la ruta por la historia en su libro magno, Sarajevo amaneció con el asesinato del heredero del imperio Austro-Húngaro, el archiduque Francisco Fernando de Austria y que desembocó en la Gran Guerra. El Puente Latino, donde un fanático serbio acabó con la vida del heredero y su esposa, se erige sobre el río Miljacka impecable a pesar de ser uno de los más históricos de la ciudad.

El río atraviesa la ciudad de este a oeste, como una raya caudalosa en mitad del valle que la alberga escoltada por cinco grandes montes que alcanzan hasta los dos mil metros. En ese paraje se celebraron los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984, y al filo del río se encuentra la Biblioteca de Sarajevo, que durante la guerra perdió más de dos millones de documentos cuando los serbios la destrozaron. Prácticamente toda la ciudad se vuelca al norte del río, dejando al sur barrios residenciales y una de las faldas sobre las que se levanta Sarajevo. En forma de “u”, las casas salpican ambas paredes de una ciudad alargada que vibran al son del Miljacka y, en cuyas laderas, el blanco de las miles de lápidas convive con el abundante verde de Sarajevo.

Sarajevo, refugio cultural

Durante el asedio que mantuvo a la población asfixiada durante casi cuatro años, el pulso siguió latiendo más débil, pero se trató de hacer de la normalidad una compañera llevadera. Eso lo recuerdan las imágenes que se exponen estas semanas en el Museo Nacional, donde las instantáneas muestran la realidad en carne viva. Personas atravesando las avenidas a la sombra de los blindados de Naciones Unidas, colas en el mercado de Markale, donde dos atentados mataron a decenas de personas. O incluso el cartel promocional del Festival de Invierno de 1993, donde se ve a Smailović, el “chelista de Sarajevo”, sacándole notas musicales a su instrumento en mitad de las ruinas de la Biblioteca de Sarajevo.
Las representaciones teatrales y las exposiciones de arte brotaban en un ambiente enrarecido. Y en una ciudad cuyo aspecto cambió por edificios atacados y huertas urbanas donde antes había bonitos jardines y patios, el arte con materiales reciclados también pugnaba por aliviar la crueldad. Un artista bosnio dijo en cierta ocasión que la ciudad durante la guerra era “un amasijo cultural del proletariado”. Pero el arte suponía una técnica de aislamiento de la realidad aun cuando su materia prima provenía de los restos de los bombardeos.

La huella de una rutina extraña es inevitable al remontar hacia el barrio de Vraca o cruzar la llamada Avenida de los Francotiradores

Por eso, la huella de una rutina extraña es inevitable al remontar hacia el barrio de Vraca o cruzar la llamada avenida de los Francotiradores, donde se levanta, dorado e imponente, el hotel Holiday Inn. Este hotel pasaría relativamente desapercibido si no constituyera un símbolo en la memoria de los reporteros que cubrieron la guerra y que se alojaban allí trabajando en duras condiciones.

Aislada del mundo exterior, a la ciudad solo se podía acceder por aire. El gran reportero Enrique Meneses recuerda cómo pudo llegar allí para trabajar, por aire. Pero la población era quien sufría el cerco con mayor crueldad. Al fin y al cabo, permanecieron con todos los accesos al valle blindados. Contra ello mantuvieron la respiración, en pequeñas dosis, a través de un túnel que excavaron a las afueras de la ciudad. Actualmente es un museo y se puede visitar.

De vuelta a la normalidad

Cada paso que se avanza en la capital de Bosnia apela a la imaginación. A diferencia de construcciones milenarias de antiguas civilizaciones, aquí, a apenas tres horas en avión de Madrid, una fachada o un edificio pueden dar para muchas conversaciones y debates.

Tras la sacudida al recorrer la ciudad, conviene asumirlo en el bullicio y juvenil clima nocturno del centro, donde las terrazas y los restaurantes lo inundan. A poca distancia de Bascarsija se encuentra el moderno de Sarajevo, con edificios acristalados como testigos del esplendor actual, pero la concentración juvenil de copas y cenas se reúne en torno a las callejuelas y plazas escondidas del corazón histórico.

Sarajevo ha regresado a una normalidad aparente con cicatrices en muchos rincones

Dicen muchas voces que fue la guerra más despiadada que se recuerda. Pero Sarajevo ha regresado a una normalidad aparente con cicatrices en muchos rincones. Hoy ha vuelto a restablecerse como imán para turistas y viajeros que cada año eligen este destino. Lo que hay que advertir es la imposibilidad de mantenerse al margen de lo que los 46 meses de asedio dejó: sabemos que cualquier joven de 20 años bosnio que vive en Sarajevo sobrevivió a una guerra. Un buen ejercicio de reflexión.

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