Baracoa, el fin del mundo encantado

Por: Diego Cobo (texto y fotos)
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A Baracoa, la primera ciudad levantada en Cuba, allá por 1511, se puede llegar por tierra, mar o aire, aunque, curiosamente, no fue hasta los años sesenta del pasado siglo cuando se abrió una carretera a través de la sierra para acceder a la ciudad, a la que se llegaba en barco. Hasta entonces, existía un pequeño camino en el que se podía transitar tan solo en mula. Sin embargo, hoy, el viaducto La Farola es la ventana al mundo –una carretera de una belleza inigualable, pero bastante tortuosa- de Baracoa. Y es la manera más auténtica de llegar a la “ciudad primada” desde Santiago de Cuba.

El cambio de paisaje en apenas unos kilómetros, entre Guantánamo y el lugar que nos ocupa, es extremo: de una aridez y monotonía insoportable se pasa a un auténtico vergel montañoso, irregular y costero donde se halla encajada Baracoa, una población cuya anchura, entre las lomas y el mar, se limita a siete calles en las que se hallan algunas de las más viejas historias del país y de la colonización, desde los castillos vigilantes hasta las costumbres más primitivas, como el cultivo o la pesca.

En sus siete calle, entre las lomas y el mar, se hallan algunas de las más viejas historias del país

Y es, precisamente, esta última actividad la que define fielmente el espíritu de un lugar pesquero y marítimo. Comer tiburón con salsa de coco o conocer una de las 29 cruces que Cristóbal Colón clavó en su primer viaje a América, en 1492, son cosas que el visitante no elude. De hecho, la llamada Cruz de la Parra está resguardada en la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción, y es la única que se conserva de la casi treintena que algún día se hundieron en las nuevas tierras “descubiertas”.

El encanto de Baracoa, unánime en la opinión de viajeros más allá de lógicas racionales, creo que tiene que ver con ese aislamiento al que se ha visto sometido durante siglos debido a su ubicación y que, a su vez, le ha hecho conservar mucha de la autenticidad entre sus casas de madera, el paseo marítimo donde se escuchan los cascos de los caballos y las historias que cuentan los habitantes.

Su encanto reside en ese aislamiento al que se ha visto sometido durante siglos, que  le ha hecho conservar mucha autenticidad

La villa, que celebró por todo lo alto su 500 aniversario hace un par de años, mantiene una estética elegante, restaurada en muchas ocasiones e impulsada otras tantas, ya sea por el Gobierno o por la ayuda externa, como la de España en la casa del cacao. Pero su fama e imán turístico se extiende a los alrededores, que hacen de este sitio centro de operaciones para alargar la estancia tres, cuatro o cinco días sin tener la opción de aburrirse.

Empezando por lo más cercano, al final de la larga playa en el propio núcleo urbano se llega a Majayara-Yara, una especie de barrio al otro lado de la desembocadura del río Miel. Un pequeño puente conectaba los 200 metros entre ambas partes, pero una crecida del río se lo llevó por delante, por lo que un servicio de barca une ahora ambos lados. Una vez allí, se puede caminar por el parque –previo pago- y llegar a dos atracciones: la cueva del indio, una cavidad donde uno puede aliviarse del calor, en la oscuridad, a un puñado de metros de profundidad; y un mirador que aporta las mejores vistas de la ciudad.

A 25 kilómetros de allí, y en la desembocadura de otro río, se encuentra la Boca del Yumurí, que se puede recorrer en barca

A escasos 25 kilómetros de allí, y en la desembocadura de otro río, se encuentra la Boca del Yumurí, un gran cañón en el que contratando una pequeña barca permite adentrarse río adentro e incluso hacer excursiones entre almendros y plantaciones de cacao, aunque para conocer la elaboración de este producto conviene acercarse a la finca Duaba, a las afueras de Baracoa y que agrupa, en el mismo lugar, las diferentes plantas y árboles que se dan en la zona, con especial hincapié en el cacao, su historia y los procesos de elaboración.

Muy cerca de allí está el punto de salida para ascender a El Yunque, montaña simbólica cuya denominación hace honor a su forma. Debido a las lluvias de septiembre, nosotros no pudimos ascender, ya que los riachuelos con los que normalmente uno juguetea por el camino estaban crecidos. Todo el mundo coincide en que es una excursión exigente, con tramos casi de escalada, pero que reconforta la belleza del entorno y la satisfacción de llegar a la explanada que corona su extremo superior y que, desde lejos, se confunde con las nubes que la envuelve.

En la ciudad

La población, de apenas 80.000 habitantes, está volcada al mar y a la historia, y posee un museo instalado en un antiguo fuerte que alberga colecciones que repasan, desde tiempos inmemoriales, la historia de la ciudad. No es casual que una gran estatua de Colón esté justo enfrente de las murallas de esta antigua edificación que, junto a otros dos construcciones –una de ellas reconvertida en hotel- conformaban el sistema defensivo de una ciudad mordida por dos bahías.

Además del consenso a la hora de valorar este extremo de la isla y en un panorama gastronómico más bien desesperanzador, Baracoa posee una identidad propia en este campo… siempre que no se entre en el lugar equivocado. La leche de coco en la que se empapa cualquier pescado tiene fuerza en un país donde a la dieta básica y omnipresente le cuesta alejarse del arroz y los frijoles.

De camino a Moa, pasamos por una fábrica de chocolate que inauguró el Che Guevara y por la famosa playa Maguana

El regreso a La Habana –alrededor de 900 kilómetros las separan- lo hicimos por la segunda carretera que une a Baracoa con el exterior, además de la ya mencionada “La Farola”, y es la que la une con Moa. Cómo será la carretera, pensábamos, para que nos dijeran que los 78 kilómetros entre ambos lugares requirieran tres horas. Inocentemente, decidimos elegir esa ruta –más adelante comprendimos que aquello no podía denominarse carretera-, así que tomando el desvío, pasando la fábrica de chocolate que el Che Guevara inauguró en sus tiempos de ministro, la famosa playa Maguana y el Parque Nacional Alejandro Humboldt, una de las grandes joyas naturales de Cuba, y por caminos de tierra, cuando no de piedras afiladas o de asfalto destrozado, desembocamos en Moa, una esperpéntica ciudad tapizada de polvo debido a la industria de níquel que mueve la economía local.

Pero también eso forma parte del viaje en un país de contrastes, de singularidades, resistente como nadie y que a todos nos llena de opiniones. Un viaje hacia el este de Cuba, con Baracoa como objetivo, bien contribuye a alimentar las fantasías que, en el caso de esta antigua colonia española, a veces se mezclan confusamente con la realidad.

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