Mozambique: sensación de libertad

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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Uno no sabe hasta dónde ha perdido su libertad hasta que mira en algunos espejos, aunque sean tan cóncavos como los que uno encuentra en Mozambique. Eso fue lo que pensé el martes 3 de mayo cuando me senté en Maputo, capital del país, frente a la enorme pantalla del Café Cristal a ver la semifinal entre el Barcelona y el Real Madrid. Era noche, noche cerrada, y la gente se agolpaba en la avenida 24 de julio. La calle estaba llena de personas que paseaban tranquilamente y de algunas decenas de hombres que miraban desde la acera el partido. De pronto nos dimos cuenta de que éramos libres para andar por la noche, que no había el silencio atronador de nuestros pasos cuando caminamos entre la oscuridad de Ciudad del Cabo, que el miedo de Sudáfrica, siempre preocupada por las sombras, es aquí ruido, piernas y coches. Éramos libres, sin más.

Maputo es una ciudad olvidada. No hablaré mucho en este post de ella ya que en breve publicaré en esta revista un reportaje específico de su pasado, pero la ciudad se deshace como cartón empapado por la lluvia. Su robusta piel de edificios altos en el centro, de hormigón en desgana y aceras con hoyos constantes, no evita que Maputo tenga la misma filosofía que todas las grandes urbes africanas que he visitado: en las afueras se agolpa la miseria, los tenderetes de ventas inservibles, barro, fruta acumulada sobre maderos o zapatos desparramados por las calles. La ciudad, sin embargo, quizá por el bello sonido del portugués, parece más cercana; casi, por momentos, más caribeña que africana. Eso sí, no es lugar para hacer fotos. Cada vez que intento sacar la cámara grande me llevo malas caras y hasta algún insulto. Decido entonces sólo sacar instantáneas con la cámara pequeña, lo que como fotógrafo me frustra bastante, cada esquina tiene una foto impactante. Realmente mis ojos tomaron imágenes que no hay en este reportaje (me resarcí en mi siguiente parada).
En el aeropuerto, nada más llegar, compramos los tickets que nos llevarían a Vilankulos, para desde allí coger un barco que nos llevará al primer destino: isla Berenguera. Volar aquí es un lujo que condena a los interminables viajes por carretera. Un vuelo interno ida y vuelta desde Maputo a Vilankulos está entre los 400 y los 600 dólares. Compramos sólo ida, no hay presupuesto, y la vuelta la improvisaremos. Tras salir de la terminal que reconstruyen los chinos como parte de esa gran provincia que se han anexionado (se llama África), llegamos hasta el hotel Arabias. Una especie de hotel pretencioso, entre quiche y burdel de renombre, en el que todo parece tan nuevo y deslumbrante como inservible.

la ciudad se deshace como cartón empapado por la lluvia

Decido entonces ir a un banco a sacar dinero. La cola es larga. El cajero se lo piensa tanto que vuelvo tras dos intentos al hotel sin dinero. La recepcionista me dice “oh, no. Es que aquí tarda mucho en salir el dinero. Vuelva corriendo”. Lo hago con otro tipo de la recepción, al que podría definir como analítico, pensativo, audaz… o quizá algo inútil, porque al llegar al banco se pone a hacer la cola con la paciencia de quien decide ver siempre los problemas en pretérito. Es decir, había diez candidatos delante de mi a llevarse mi dinero si es que la máquina se decidía a escupirlo y él me repetía “es una pena”. No pasó nada, a todo el mundo le pasó lo mismo, él cajero dice que da un dinero que no entrega. Seis intentos seguidos después de otros tantos clientes, un empleado decide tomar la solemne decisión de declarar la máquina en desuso.

Ahora crecen a un 7% anual, aunque el dinero se queda en su mayoría en manos de la élite

A la mañana siguiente, tras patear la ciudad, vamos a casa del embajador español, que nos ha invitado a Natasa y a mi a comer, para que me explique un poco su visión de este lugar. “Los portugueses se enteraron de que perdían la colonia por la radio”, me dice. La frase resume a la perfección lo que veo. Todo se quedó a medio hacer, no hubo proceso descolonizador y muchas de las obras que hacían mientras se fraguaba el golpe de estado ahí se han quedado. Luego llegó Frelimo (partido que lideró el golpe de estado) y su perpetuo juego de poder (hubo una cruenta guerra civil entre medias que asoló el país y lo convirtió en uno de los más pobres del continente. Ahora crecen a un 7% anual, aunque el dinero se queda en su mayoría en manos de la élite). La misma historia que el ANC en Sudáfrica, partidos que lideran la revolución y se perpetúan en la cúspide con un diabólico juego de corruptelas. No es complicado, en África el poder cercano es tribal, el jefe o patriarca, al que teniéndole contento decide el voto de todos los suyos. El círculo se abre, cuando se abre, a golpe de machete, por desgracia.

La conversación con Eduardo, el embajador, y Alberto, el canciller, me ayudó para colocar en el mapa geopolítico el país. Quedamos para una última cena a la vuelta de mi ruta por el país con buena parte de la colonia de cooperantes españoles. Mozambique es el país que más dinero recibe en cooperación de España en el África subsahariana. (50 millones de euros). “El idioma nos hace estar más cerca”, me explica el embajador.
La comida me sirvió también para tener la mejor cena de marisco que he tomado fuera de España. “Ve a Sagres, es el mejor restaurante de la ciudad”, me recomienda para la cena el embajador. Así lo hice. El restaurante es un chiringuito de playa, pero la parrillada de marisco sabe a mar grueso. Gran y divertida noche que acabó con un taxista que trabajaba junto a su mujer. El tipo era muy simpático, obsesionado por intentar sacarnos más dinero, con contarnos lo que le cuesta sacar adelante a sus ocho hijos, el precio de la gasolina y hasta peinarse a raya. Cada 50 metros me decía “ah, Arabias, eso está lejos”, a lo que yo le contestaba, “que va, cada vez está más cerca”. A la mañana siguiente volábamos a Vilankulos y desde allí a Berenguera. Entonces no era consciente del paraíso y extraño mundo que me esperaba. Lo contaré en el siguiente post.

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Comentarios (5)

  • Mi Lawrence

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    Interesante post, y es agradable leerlo. Tengo ganas de leer el de Berenguera.

    Gracias

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  • ana

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    Quiero ir ya mismo. Quiero volver a África. Cuando hablabas del ruido y de la sensación de libertad y normalidad recuerdo lo que hablábamos en Stone Town.

    Julio o Agosto no está tan lejos, no?

    El de la isla paradisíaca no creo que vaya a tener tiempo de leerlo, he cogido cita con el dentista para que me lime los colmillos

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  • Eduardo De Winter

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    Fantástico reportaje, estoy deseando seguirte por el resto de la ruta. Saludos

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  • Roberto Mínguez

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    La libertad no se valora hasta que se pierde

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  • IRENE

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    FUE MI PAIS HASTA LA INDEPENDENCIA. SOY PORTUGUESA E EMIGRANTE POR NECESIDAD. HE VUELTO MAS TARDE Y ME HA EMOCIONADO TU DESCRIPCION QUE ES LA REALIDAD. HEMOS PERDIDO TODO PARA NADA……………..OJALA QUE ESE PUEBLO PUEDA ALGUN DIA TENER PAZ…………..

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