En tierras de los gumuz

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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El cielo está empachado de lluvia mientras avanzamos por la pista de tierra que lleva al vecino Sudán. Al norte del Nilo Azul, vamos al encuentro de los gumuz, una tribu nilótica a la que la propia Etiopía, de la que forma parte, mira con recelo y denomina “shangallas” (negros en amárico). Ese recelo, desde luego, es recíproco.

Durante siglos, los rases (los antiguos señores de la guerra etíopes) se abastecieron de esclavos en estas tierras, abonando la eterna desconfianza de los gumuz frente a sus compatriotas del altiplano, encabezados por los amara (la etnia dominante del país), a los que se refieren como “rojos” (por su piel más clara).

El cielo está empachado de lluvia mientras avanzamos por la pista de tierra que lleva al vecino Sudán

Quien conduce la ranchera es, posiblemente, uno de los mayores conocedores de los gumuz. Juan González Núñez, misionero comboniano, ha dedicado la mayor parte de su vida a Etiopía y la pasión con la que siempre habla de este pueblo y su desconocida historia era lo que me había traído hasta aquí, a desmano de las rutas más turísticas y al precio de tener que renunciar a la enigmática Harar por falta de tiempo.

Para Andu y Joni, el conductor y el guía etíopes que nos acompañan, también es la primera vez. Cuando en Injibara abandonamos la carretera principal que lleva a Bahar Dar, un retazo del Trópico a orillas del lago Tana, para adentrarnos en tierra gumuz, se les notaba incómodos, resignados a cumplir el incomprensible capricho de la extraña pareja de clientes españoles.

Algunas agencias de viaje locales “se niegan a pasar más allá de Chagni”, la última ciudad amara en el mapa

Eran conscientes de que se aventuraban en territorio hostil, pues las etnias del altiplano miran a los gumuz como “gentes primitivas que se matan entre sí y que asesinan a quienes se aventuran por sus tierras”, como afirma el comboniano en uno de sus lúcidos artículos sobre esta tribu publicados en la revista “Mundo Negro”. El misionero ya dejó constancia entonces de que algunas agencias de viaje locales “se niegan a pasar más allá de Chagni“, la última ciudad amara en el mapa. Nosotros habíamos dejado atrás Chagni hacía un buen rato.

Precisamente poco antes de llegar a Chagni hemos tenido que detenernos en seco por una avería mecánica en una pequeña aldea que los mapas ignoran. Pronto nos convertimos en atracción turística, rodeados de lugareños que nos escrutan sin disimulo y cuchichean confidencias sobre el aspecto y comportamiento de los dos faranji (término en amárico con el que los etíopes se refieren a los extranjeros).

Nos convertimos en atracción turística, rodeados de lugareños que nos escrutan sin disimulo y cuchichean confidencias

Uno apostaría su vida entera a que en un lugar como éste es imposible encontrar la llave inglesa que necesitamos para reparar la avería en la suspensión delantera. Pero pasado un buen rato, alguien llega con la llave inglesa en la mano. En África, con paciencia, a menudo casi todo termina por solucionarse. Sólo hay que aprender a desprenderse de la presura que nos atenaza en la vida cotidiana.

En Gilgel Beles, donde está la principal misión comboniana en esta región, me he reencontrado con el padre Juan más de diez años después. Andu y Joni se han dado la vuelta. Quieren retroceder por donde hemos venido para dormir en Mandura, a apenas 40 minutos en coche de Chagni, como si hubiese una alerta de evacuación y quisiesen situarse lo más cerca de la salida de emergencia. El misionero les insiste en que tienen mejores alojamientos en Gilgel Beles, pero sus palabras no parecen tranquilizarles demasiado.

La adolescente luce en sus mejillas las tradicionales escarificaciones. Su mirada parece a punto de despeñarse

Nos dirigimos a Gublak, donde los combonianos han puesto en marcha una pequeña misión entre los gumuz. Tenemos que darnos prisa porque debemos volver a dormir a Gilgel Beles antes de que anochezca y, si es posible, antes de que el cielo se parta en dos sobre nuestras cabezas. De camino, nos detenemos en un poblado de una docena de chozas que ahora sólo merodean unas pocas cabras y gallinas. A un lado hay una humilde capilla levantada por los combonianos. Sólo hay mujeres y niños. Los hombres aún no han regresado del campo, de sus cultivos de sorgo y mijo. Abba Johannes (como conocen los gumuz al misionero) pide permiso para recorrer el lugar a una mujer que no tendrá más de 18 años, y ya carga con un bebé a la espalda, mientras tres chiquillos alborotan a su alrededor. Como todas las mujeres de su tribu, habrá dado a luz sola alejada de la aldea, para no traer la desventura a la familia con su sangre.

La adolescente luce en sus mejillas las tradicionales escarificaciones. Su mirada parece a punto de despeñarse, como si alguien se la hubiese vaciado por dentro, quizá la propia vida que le ha tocado vivir. Camina a nuestro lado con su pequeño a la espalda como una sombra furtiva que se resiste a desvanecerse. Es, quizá, la metáfora de un pueblo al que la voracidad de las tribus dominantes primero, y la alocada política de reasentamientos campesinos impulsada por Mengistu después, han expulsado de las mejores tierras del altiplano, empujándoles hacia las más áridas. No tienen motivos, desde luego, para recibir con una sonrisa a un extraño.

A los gumuz los han ido expulsado de las mejores tierras del altiplano, empujándoles hacia las más áridas

Continuamos ruta. A medida que se suceden los kilómetros, la parte de atrás de la ranchera se va llenando de gente a la que el misionero recoge para acercar a sus casas, con sus aperos, sus fardos de leña y sus Kalashnikov a cuestas. Hasta que llega un momento en el que no cabe nadie más. Pese a todo, abba Johannes se detiene cada vez que le hacen señas y acaba cediendo a las súplicas la mayoría de las veces.

En el desvío que lleva a Manbuk, una chiquillada saluda efusivamente al misionero. “¡Deka, deka!”, gritan en su idioma. Sus sonrisas llegan antes que sus cuerpos malvestidos y sus pies descalzos. Volvemos a echar pie a tierra. Como suele suceder en África, de la nada empieza a brotar poco a poco gente que se acerca a saludar al comboniano, todo un ritual que se prolonga a medida que se suceden las preguntas ceremoniosas.

A medida que se suceden los kilómetros, la parte de atrás de la ranchera se va llenando de gente

Llovizna cuando llegamos por fin a Gublak. Nos ha costado una hora y media recorrer los 50 kilómetros que la separan de Gilgel Beles. Hasta la frontera con Sudán quedan menos de un centenar. Son las cuatro de la tarde y conviene no demorarse en regresar (apenas nos quedan un par de horas de luz), pero antes visitamos la humilde morada comboniana (hoy en día una misión que ya va tomando cuerpo). Dos niñas amara cargadas con sendos bidones de diez litros de agua se acercan a nosotros y nos regalan sus sonrisas rebosantes de curiosidad mientas empieza a llover cada vez con más ahínco.

De vuelta a la misión de Gilgel Beles, donde pasaremos la noche, la historia se repite y la ranchera se va a abarrotando de espontáneos a los que el padre Juan no sabe decir no, incluido un grupo de partisanos que han seguido durante días el rastro de una banda de asaltadores de caminos. Todo muy tranquilizador. Ya en Manbuk, el cabecilla se empeña en que le acompañemos a su casa para invitarnos a café y agradecernos la amabilidad. Pero no hay tiempo y debemos seguir, aunque le cueste entenderlo.

Las aguas del Beles bajan muy turbias, como si nuestra presencia hubiese disgustado a Mise-Guicha, el espíritu del río

Las aguas del Beles bajan muy turbias, mancilladas por el barro, como si nuestra presencia hubiese disgustado a Mise-Guicha, el espíritu del río. Para protegerse de su ira, cuenta el padre Juan, los gumuz se mojan el costado antes de cruzarlo, sobre todo de noche. Las sombras ya han caído sobre la tierra gumuz, pero no tenemos tiempo de pararnos a cumplir con el ritual. Mise-Guicha, por esta vez, hace la vista gorda.

 

Este relato forma parte del libro “Viaje a las fuentes del Nilo Azul”, de Ricardo Coarasa (Editorial Mundo Negro, 2013)

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