En la oscuridad de un monasterio de Lalibela

Por: Harrry Fisch (texto y fotos)
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Contaban como un periodista, refiriéndose a un fotógrafo de viaje, lo describía como viajante profesional.  Parece que el término “viajero” es más preciso para  la  actividad.  Este viajero-viajante-fotógrafo, en el último de sus viajes fotográficos con Nomad Expediciones Fotográficas en Etiopía, recorrió desde el sur al norte para terminar en  Lalibela, justamente conocida por las iglesias excavadas en la roca y los primitivos santuarios arrancados al  mismo suelo. Dice  la leyenda que el propio ángel Gabriel ayudo a levantarlos, con los  medios  de principios  del siglo XIII, obra a todas luces colosal.

Shuttle to Lalibela.- O cómo viajar con tres ruedas y media.

La llegada a Lalibela fue por sí misma  un espectáculo. El pequeño avión Bombardier de hélice cumplió sobradamente y desde la ventanilla , mientras  disfrutaba del paisaje, observé cómo escondía las ruedas en el fuselaje al despegar. Algo que llevaba años sin disfrutar. Tirando de  la mochila fotográfica – la importante- y de la otra, llegamos a la terminal, excesiva palabra para el caso, del aeropuerto. Pasada la puerta, a la derecha , unas rancias mesas alineadas y parapetados tras los carteles identificadores los guías de viaje.  A la izquierda, la cinta transportadora, oxidada,  inmóvil sin esperanza alguna de resurrección.  Está claro que  mis maletas van a transportarse  a mano.

La cinta transportadora, oxidada,  inmóvil sin esperanza alguna de resurrección

El cartel, “Shuttle to Lalibela”, rimbombante anuncio de autobús  rápido y moderno, tranquiliza. Arrastrando el equipaje,  el pasaje alcanza  lo que llaman en Lalibela el “Shuttle”,  Los pasajeros se dirigen al portón trasero en el que se supone alojan las maletas para descubrir que este no abre. Nerviosos, algunos lanzan los  bultos a la  parte superior del autobús donde las va colocando el conductor mientras los demás deciden cargarlas, junto con las personas, en el interior del vehículo.  La cosa es más interesante de lo que parece:  el pasaje abundante – tanto en tamaño como en número – y el espacio reducido.  Me acurruco, una de las maletas sobre las piernas y la otra en un hueco junto a las escalerillas del autobús, pegado, muy pegado a mi compañero de asiento.

Alcanzamos la ciudad con tres ruedas y media, lo cual no está mal partiendo de las cuatro iniciales.  El conductor había decidido seguir sin reparar ese pinchazo que nos sorprendió poco después de la salida del aeropuerto.  Conducía el trasto por  las innumerables curvas, sin mayor problema, lo que demuestra que en el primer mundo derrochamos inútilmente neumáticos… y autobuses.
Lalibela se encuentra en lo alto de un monte, subiendo por carretera revirada. La zona donde habitan los lugareños se ve desde la salida del hotel, ahí arriba, a lo lejos. El hotel, uno de los escasos en el área, es decente, limpio y, lo más importante, se encuentra a unos veinte minutos a pie de la primera de las iglesias  a las que acudo de madrugada para las sesiones de fotografía.

El sueño de un joven en Lalibela

Estamos a  veinte días del comienzo de la temporada turística, lo que hace la presencia de los extranjeros mucho más visible. De hecho, al salir del recinto del hotel, sientes como te observan. Si quieres saber quién habla inglés basta con mirar a los que  están  sentados en las cercanía de los hoteles. Día tras día estos políglotas te encuentran cuando sales de una iglesia, a la vuelta al hotel, al tomar café,   -el famoso y duro café Etíope – en el escaso barucho de camino hacia la colina de las iglesias.Por lo que entendí,  en temporada, la actividad  de los angloparlantes consiste en  establecer contacto y esperar que esta incipiente amistad produzca sus frutos. Estos, si llegan,  son progresivos , variables en escala, implicación y compromiso.

En Lalibela, a pesar de la pobreza omnipresente, la mendicidad no se aprecia. La Iglesia Copta tiene mucho que ver en ello. Es habitual ver cómo reprenden a los jóvenes al primer atisbo de acoso que pueda interpretarse como económico. Lo que sustituye -y no me parece mal-  la mendicidad, es una “amable” persecución del turista que llega a hacer difícil disfrutar la soledad fotográfica de tanta belleza:  Mamoush se acerca a ti en inglés, te ayuda solícito, te marca de cerca. En otras ocasiones viene acompañado de dos o tres compañeros.  El “How are you, where are you from” (¿Qué tal, de donde eres?) es la primera forma de contacto – que ya me he encontrado en muchos países – seguida por la explicación de la circunstancia vital. La de Mamoush, por supuesto.

Reprenden a los jóvenes al primer atisbo de acoso que pueda interpretarse como económico

Es la misma  historia que se repite por todos los jóvenes que te abordan  y no por ello menos cierta: una familia pobre, muy pobre, un chico escolarizado con un mentor que le enseña a aprender inglés  y el sueño futuro, de llegar a ser guía turístico.  Alguno incluso espera, o eso dice, estudiar ingeniería (¡!) en la mismísima universidad de Addis Abeba. Desde el desatendido punto del universo  en el  que nos hallamos, la distancia que separa a mi interlocutor con su sueño resulta, para el visitante, infinita; cuesta admitir  que pueda hacerse realidad aún con toda la ayuda del mundo.

El proceso de contribución al sueño futuro comienza al aceptar el  regalo que te ofrecen: una simple medalla, el recuerdo de un objeto.  Depurada técnica de marketing oriental de probadísima eficacia. A partir de ahí ya tienes un amigo, un guía y confidente que encuentra así  la  mejor forma de practicar el  inglés y, dos por uno, la posibilidad de captar un mentor que vaya financiando progresivamente su carrera escolar .  Lo que sigue es el mail que te van a pedir al facilitarte  el suyo. Insólitamente, al día siguiente, habrás  recibido un mensaje en inglés en el que te comunican la alegría por tener – sí, eres tú-  un  nuevo amigo. Luego las variantes:   un diccionario Etíope/Inglés que compras en la  librería-tienda-para-todo por la zona de la desierta calle central, el balón de futbol que necesitan los colegiales para seguir su campeonato. ..  Es interesante que nadie, nunca, pidiera dinero para comer o sobrevivir.
Alguna vez, dicen,  se oyó de un chico afortunado que llegó   a encontrar a ese soñado mentor.  El problema es que Etiopía es uno de los escasos países con una tasa de desempleo superior a la española.

Las Iglesias.- Los fieles.

¡ “Faranji”, “Faranji”!,  oigo que susurran entre ellos. Es la palabra para nombrar al extranjero. El interior es reducido, con cinco fieles que se encuentran   en el recinto ya cuesta moverse discretamente. Y más con la cámara, sin toga ni manto para fundirte en la oscuridad. Esta era tal la que no llegaba el momento en el que tus pupilas se adaptasen. Alguna vela, algo de luz ocasional por un ventanuco. El fulgor de la puerta al abrirse.

No he estado en Jerusalén y tampoco soy devoto de ningún santo, pero debo admitir que el fervor de los fieles en las iglesias coptas me resultó conmovedor, por auténtico. Tenia la sensación de encontrarme fuera del tiempo, en el siglo XII.  Noche con luna, la  colina que llevaba a la  iglesia arrancada del suelo se manifestaba por  las amarillentas velas que portaban  los fieles al ascender hacia la iglesia.

Vamos a estar cuando los demás duermen, mientras la luz empieza a aparecer por el horizonte

Oficialmente estas no abren hasta las ocho creo recordar, pero por accidente descubrí que a partir de las 5:30 de la mañana, aún de noche, empiezan los primeros cánticos. Para un fotógrafo de viaje, es la hora: vamos a estar cuando los demás duermen, mientras la luz empieza a aparecer por el horizonte. Tuve la suerte de encontrarme  en Lalibela, en la Iglesia  de San Gabriel, sin haberlo  preparado, el mismísimo día de la celebración del santo. Festividad poco conocida por los turistas y que no genera la afluencia masiva que acude a raudales con la Epifanía.

Apostado en un lugar estratégico en silencio, respetuosamente, la cámara la tez blanca y el atuendo de Indiana Jones me señalaban claramente como el  único turista del entorno. Envueltos en sus mantos blancos, hombres y mujeres subían por la ladera que llevaba hasta San Gabriel en silencio.  Las blancas figuras marcaban  los meandros del camino que ascendía  hasta el horizonte. Los más tímidos, al encontrase conmigo,  entornaban la cara, tapada por la toga. Alguno, más curioso o decidido, miraba fijamente a los ojos, sin animadversión, examinándote como si pudiera descubrir qué es lo que motivaba  al extraño turista, a las cinco de la mañana, en plena noche.Las horas se me hicieron momentos en soledad acompañada.  El escenario -para un escéptico que intentaba, parapetado tras su cámara, mantenerse al margen, fue  mágico y emotivo.

Para más información, mira los viajes fotográficos que organiza Harry Fish

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Comentarios (2)

  • Paolo

    |

    Muy buenas fotos

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  • Miguel

    |

    Precioso texto y como dice el compañero de arriba, muy buenas fotos.

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