Mariposa Monarca: la llegada de los muertos

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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“El problema es cuando nos metieron las carreteras. Entonces llegó el camión de la Coca Cola y la cocina industrial. Eso pasó hace 25 o 30 años. Nosotros no consumíamos refrescos, pero los probamos y nos gustaron. Igual pasó con el embutido”, explica Sabino, un mazahua de 60 años y uno de los líderes de su comunidad.

“Fue así. Llegaron los productos industrializados y empezamos a consumir. Antes nuestras mujeres bajaban caminando cuatro horas a la ciudad e intercambiaban tortillas y fruta. Antes se practicaba el trueque. Ahora hace falta dinero para todo”, recuerda él. “Yo bajaba con mi padre a llevar doce sillas por las que nos daban un peso. Se llevaban el miércoles y se cobraban el domingo. Entonces andábamos descalzos y usábamos ropas de manta”, insiste Sabino. ¿Y qué cambió además del dinero? “También llegaron los partidos políticos para modificar las cosas. Aquí no regíamos por los usos y costumbres y las normas que dictaban en el Consejo de Ancianos, pero la política va cambiando poco a poco eso”, asegura.

Tras tomar un poco de pulque que nos ofrece en su humilde casa, Sabino nos habla de las mariposas monarcas que es la razón de que estemos allí: “¿Qué hemos hecho que nuestros seres queridos no llegan? ¿En qué hemos fallado?”. ¿Quiénes no han llegado? , le preguntamos. “Las mariposas, nuestros muertos”, contesta él.

¿Qué hemos hecho que nuestros seres queridos no llegan?

Los mazahuas son un pueblo indígena mexicano, asentado entre Michoacán y el Estado de México, que habita en las mismas montañas que cada año millones de mariposas monarcas toman para pasar el invierno. Llegan de hacer una de las migraciones más largas del planeta, tras cruzar por tres vías distintas Canadá, Estados Unidos y arribar a estas montañas mexicanas en las que pasan el invierno. En el viaje de ida y vuelta hacen algo más de 8000 kilómetros y llegan a realizar tramos de 120 kilómetros por día.

La tradición se cumple como un reloj y los mazahuas comienzan a repicar sus campanas cuando llega el 1 y 2 de noviembre. “Repicamos las campanas esos dos días para anunciar la llegada de nuestros seres queridos. Las mariposas significan para nosotros la llegada de nuestros ancestros. Este año no han llegado, algo hemos hecho mal”, repite él. El cielo está gris, ni rastro de las lepidópteras.

La mariposa monarca marca también el inicio de la cosecha y siembra del maíz: “Cuando llegan sabemos que debemos recolectar y cuando se marchan, allá por febrero, tenemos que sembrar. Es un ciclo. El 2 de febrero llevamos el maíz a bendecir a la Iglesia. Cuando se bendice sabemos que las mariposas se van”, explican Sabino e Ilaria, su esposa, mientras preparan unas tortillas de maíz en su humilde casa. Viven de la venta de algunas chucherías y de rentar su máquina moledora de grano de maíz a algunos vecinos. Ella nos vende algún bolso de hilo que hace a mano pero no permite que le paguemos por las tortilla. “Esas no se pagan, es algo que les ofrecemos con gusto señor”, me dice.

“Esas no se pagan, es algo que les ofrecemos con gusto señor”

A unos pocos kilómetros de allí,  Olivia Vázquez, de 49 años, una otomí (pueblo indígena disperso por todo el centro del país) que descansa en el porche de su casa junto a un vergel natural que ella llama su jardín, nos explica: “Yo vivía con mi abuelita materna. Ella en esta temporada nos platicaba de las mariposas y cuando las veía nos decía “ya llegan los muertos. Las pequeñas, las blancas, nos indicaba que eran angelitos”.

Tampoco Olivia ni los otomís han podido reunirse en el importante día de los muertos con sus ancestros. Nada, no hubo mariposas, no llegaron los espíritus de los que ya se fueron pese a que ella, que tiene algodoncillo en su casa, la planta de la que se alimenta las mariposas, tiene ya larvas en sus tallos que pronto volarán entre sus flores.

Los otomís viven también encarcelados en este mundo de montañas y avances que arrinconan sus creencias y hasta su lengua. “Mi abuela hablaba el otomí y mi mamá también, aunque ya sin acento, pero mi padre no quiso enseñármelo porque él sufrió discriminación por usarlo. Yo desde que crecí ya no se hablaba”, recuerda Olivia. “También perdimos la vestimenta tradicional que ya nadie usa”, dice ella.

Mi padre no quiso enseñármelo porque él sufrió discriminación por usarlo

A cambio se ha creado recientemente una escuela cerca que pretende que no se pierdan la lengua y tradiciones otomís, pero no sin polémicas. “Son maestros jóvenes que no conocen bien las tradiciones”, asegura ella que habla de como son las pedidas de mano llevando el parande (obsequios a la familia política) y de cómo, pese a todo, también allí se olvidaron tradiciones: “Ahora las novias llevan el vestido blanco y no el viejo vestido tradicional”, dice.

Mientras, el ciclo de las mariposas sigue aunque cada vez más diezmado. El uso de pesticidas en EEUU y la tala ilegal de árboles en México va reduciendo su número. Se calcula que ha disminuido la población de lepidópteros en 170 millones. Los planes de conservación de los grupos ecologistas más radicales chocan con la necesidad de una población poco estructurada y pobre. Sólo uno de los 122 municipios en los que hiberna la monarca no es considerado de pobreza o pobreza extrema. Se reduce la Monarca y, de alguna manera, se reduce también el mundo de los pueblos que llevan siglos conviviendo con ellas.

En todo caso, las mariposas llegarán en breve de nuevo a sus santuarios de Michoacán y Estado de México. El año que viene Sabino y los mazahuas seguirán lanzando cohetes al cielo para indicarles a sus muertos el camino y los otomís de Queretaro seguirán asando los vientres de las mariposas muertas cuando apriete el hambre. No hay pérdida, volverán y Olivia nos explica un secreto: “Se sabe que llegan porque también cambia el viento, llega el viento de la temporada de los muertos. Están llegando otra vez”, vaticina.

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