Una estrecha calle, rodeada de chamizos de cartón y madera, de suelo seco, espera a los turistas en Elias Motsoaledi, un barrio más del descomunal gueto. Allí para nuestro taxi. “Sólo viven tras o cuatro blancos en todo Soweto”, nos explica Zach, que remarca que este es un barrio para negros (tampoco viven mestizos). Allí no se habla inglés ni afrikans; la gente, llegada de la Sudáfrica rural y de otros países del entorno, habla las otras nueve lenguas oficiales del país (entre ellos, con los turistas te hablan hasta en esperanto).
Pronto sale un guía, Mandla (en zulú quiere decir poderoso), que se ofrece a enseñarme su barrio. Me suelta una parrafada, yo sonrío y él se muestra satisfecho con mi cara de bobo para despeluchar. Comenzamos a bajar la estrecha vereda y me invita a entrar en una casa. Allí vive Gledys, de 55 años, que me espera junto a tres amigas con las que bebe un café. Al entrar sus rostros cambian; mantiene la amabilidad (son muy cordiales los sudafricanos) pero le añade un cierto dramatismo. Me explica que no tiene calefacción, ni agua y con gestos me señala una palangana roja donde se lava toda la familia. Sin preguntar nada, me relata que tiene cuatro hijas y su marido la ha abandonado. La casa se cae a golpes de viento. Sólo tiene una habitación, llena de ropa sucia tirada por el suelo, una pequeña cama (para cinco) y una estrecha ventana por la que se cuela algo de luz. “Estoy en paro, vivo de la ayuda de gente como usted”, se apresura a decirme en cuanto intuye que la visista se está acabando. Le hago unas fotos; me hace el gesto de la victoria y ríe. Es un poco desconcertante la escena (el argumentario dramático de la mujer no se corresponde con la fotografía, pero como ya le he dado los 10 rands pues se ha despistado un poco).
Sólo tiene una habitación, llena de ropa sucia tirada por el suelo, una pequeña cama (para cinco) y una estrecha ventana por la que se cuela algo de luz
La misma historia de Gledys me la repite poco después otra mujer en medio del secarral, que se apresura a salir de su chamizo cuando ve que estoy jugando con dos niños. Sonríe, me mira y en cuanto aguanto un segundo la mirada me dice que entre en su casa, que vive allí con sus cinco hijos, sin marido, sin “money” y con decenas de enfermedades diagnosticadas por un tñio abuelo (puedo elegir la que más me guste en la foto: tiene muy buenas caras en oferta para fiebre amarilla y malaria, que sabe que es la favorita de los viajeros). Me doy cuenta de que soy un pardillo al que le enseñan la misma historia de miseria ya repetida para sacarle el dinero. Es cierta la pobreza; la hay en todo el país, pero aquí se comercia con la foto souvenir (Soweto es el “monumento” más visitado de Johannesburgo).
Llega el turno de los niños que se abalanzan sobre el turista. Tienen aprendida una cantinela para sacar el dinero que se repite siempre (todos siguieron la misma pauta). Primero preguntan de dónde eres; luego cómo te llamas; luego te dicen que si en tu país hay barrios parecidos; luego posan para una espontánea foto que ellos piden (entre mis amigos a esto le llamamos un “robado”); luego te dicen, a bocajarro, que les des dinero, que tienen hambre. Si dices que no llevas, te piden las gafas de sol, la cámara, una diente… Los críos son muy divertidos, pero tienen seis master de relaciones internacionales.
Llega el turno de los niños que se abalanzan sobre el turista. Tienen aprendida una cantinela para sacar el dinero que se repite siempre
Por último, llega el turno del guía, que pacientemente ha estado esperando a cazar la presa. Tras varias centenas más de metros de absoluta pobreza, Mandla me habla de las penurias del barrio (indudables), de su única fuente de agua potable, de su falta de electricidad, de la importante labor que hace la comunidad para ayudarse unos a otros, de que él merece seis Premios Nobel de la Paz, de que le gusta llevar las bolsas de las señoras mayores y cruzar de la mano a los niños en la calle, y de que sin mi ayuda, justo en este instante, pueden morir unos 54 huérfanos. Su amabilidad, hasta ahora perenne, torna cuando le doy todo le dinero que llevo encima, 17 rands (1,7 euros). Me espeta que si con eso creo que puedo ayudar a mucha gente. Le digo que no tengo más encima (cierto) y le explico que estoy cansado de ser un dólar andante (llevo varias horas recorriendo la barriada y la secuencia es constante); que estoy cansado de que me intenten sacar dinero; de que cambien sus caras cuando no les doy lo que esperan. Él me mira desafiante y se marcha con gesto contrariado y, eso sí, con el dinero en su bolsillo. Vuelvo a mi taxi; una furgoneta con turistas ha aparcado pegada a nuestro coche. Les veo comenzar el mismo recorrido que les llevara a otra Gladys y otro Mandla (observo que se reparten al turista).
Le explico a Zach, mi guía, que es la última vez que para en un sitio así. Le explico que no estoy aquí para hacerme una foto en medio del hambre que enseñar a mis amistades. Le digo que si esto es todo lo que tiene que enseñarme, me lleve al aeropuerto. Él me pide perdón, me dice que no se repetirá y que los guías no están autorizados a pedir dinero a nadie (para descojonarse; aquí, te descuidas, y te pide dinero hasta el pollo disecado del KFC).
Luego, en la comida, en un auténtico lugar de cocina sudafricana (el puré de patata se corta con cuchillo), un hombre comienza a hacer movimientos flexibles frente a mi (el tipo es capaz de hacer un tetris con los músculos y colocarse la gorra en la cabeza con los pies). Me divierte, estoy pensando en darle algunas monedas, cuando Zach, que me acaba de escuchar que estoy hasta las pelotas de que me intenten sacar dinero, lo manda a hacer puñetas y casi acaban en gran bronca (me doy cuanta de que no es fácil que entienda mi mensaje. Me doy cuenta de que quizá yo soy el que no lo entiendo).
P.D. Haré en breve un reportaje de Soweto. La historia de su lucha contra el apartheid, cargada de símbolos repartidos por el barrio, es apasionante. Algunos lugares llegan a emocionarte. Recomiendo a todo el mundo que vaya a visitar este lugar, pero que tenga cuidado con los vendedores del hambre (son muy simpáticos, pero te despeluchan).
Nota aclaratoria: este texto es parte de un reportaje que publiqué en elmundo.es. Aquí está el texto original, en primera persona y con mis experiencias personales.



