María Ferreira y su mapa donde caer

Ya a la venta en las librerías el nuevo libro de VAP sobre la periferia humana
María Ferreira

María Ferreira, analista en zonas de conflicto, realiza una tesis doctoral sobre seguridad internacional, asesora en misiones médicas y humanitarias, periodista y escritora, tiene dos ciempiés en las manos, por eso escribe como si caminara entre asfalto tierno. Hay letras propias. Ocurre poco, pero ocurre con ella. Lees algo y dices «esto es de María». Y te entra esa calma y desasosiego que transmiten sus textos en los que se habla siempre de amor, pero siempre desde un lugar en el que se cuela el dolor también.

María, eso se nota en cada párrafo de sus escritos, ama mucho, y cuando se ama mucho el amor algo escuece. Y María ama el mundo; y encima se mete entre sus entrañas, donde huele a cloroformo y ajo, y la vida se descompone durante el desayuno. Como dijo Elena Garro en su libro Los recuerdos del porvenir «no todos los hombres alcanzan la perfección de morir; hay muertos y hay cadáveres». Los cadáveres son otra cosa, y María en ocasiones los ve, y anota en sus libretas durante los viajes de trabajo sus cifras y nombres, y justo en los márgenes, para sobrevivir al silencio, escribe sobre todo el resto.

Y en ese resto hay otro mundo donde los niños juegan con palomas, en los cementerios hay sábanas y macetas, los rezos son patria y anhelo, los vecinos se quejan del olor de las especias, los amigos esconden sus deseos, la codicia atranca matrimonios y la abuela es el mar. El resultado de ese tornado de vida desparramada por el globo es esta maravillosa obra que se titula «Un mapa de los lugares donde caemos», que está en las librerías desde el 19 de febrero.

María ama el mundo; y encima se mete entre sus entrañas, donde huele a cloroformo y ajo, y la muerte se descompone durante el desayuno

Un libro necesario para recordarnos, especialmente en estos tiempos sombríos, que la vida siempre gana aunque sea tan necesario denunciar sus derrotas. Y esta obra es eso, lo colateral convertido en esencial. Lo que pasa en el segundo 11, la percusión de la orquesta, la ducha tras el sexo, el fruto cuando asoma. Porque el mundo, en medio de todo ese caos de cuervos y dulces, ofrece siempre un refugio y María, cuenta el libro, se ofusca en invitarnos a entrar en él.

He hablado muchas veces con María para sacar adelante este proyecto. Ella se empeñó por lealtad en que fuera aquí, y en ese trayecto resulta que ella ha acabado siendo aquí, porque no se puede ser de fuera cuando se está tan dentro. Lean este magnífico libro, se escucha el sonido que hace el agua antes de irse por el desagüe.

Y quizá, para entenderlo mejor, deben conocer a la autora. Esta es su voz, y estas algunas de sus razones para crear esta obra.

-¿Qué has querido contar con este libro?

-Es un libro sobre mi manera de estar o caer en diferentes lugares del mundo. A veces son trocitos de cartas de amor que me hubiera gustado mandar, a veces deseos al aire, a veces confesiones.

Este es un libro que se construye con las anotaciones al margen que haces sobre el terreno en los cuadernos de campo que tienes para tus investigaciones sobre conflictos o realidades complejas internacionales. ¿En una zona bombardeada, o muy pobre y mísera… hay espacio para amar y odiar de una forma “normal”, o entre la pura supervivencia no hay espacio apenas para nada?

-A mí me da miedo que no haya espacio para amar y odiar en nuestra aparente normalidad. Solo puedo responder esta pregunta desde mi propio estómago, de forma muy limitada y desde un caso hipotético: creo que, en mi caso, la supervivencia no sería incompatible con el amor ni con el odio. Desde luego que no.

Cuando se desata el horror, ¿sale lo mejor o lo peor del ser humano?

-El ser humano es capaz de ambos. Supongo que depende del privilegio y de los valores personales de cada uno. No es lo mismo la capacidad de ayuda que tiene una persona que mantiene cierta estabilidad dentro del horror que la de alguien que lo ha perdido todo.

Creo que el horror no crea nada nuevo: solo exacerba nuestra dualidad y nos lleva al límite de lo que somos y de lo que somos capaces de hacer para salvar la vida y la de los nuestros.

En el texto pasas de tu ciudad de Alemania, a la Israel en guerra, las relaciones con tu familia política en Pakistán, las fiestas con prostitutas de lujo en Dubái, a mirar el mar con tu abuela en Puente Mayorga, a casi morirte en Malaui, o a ser testigo del desamor cruel en Kenia. ¿Se puede ser la misma María en todos esos lugares, o mutas y necesitas adaptarte a cada espacio para “sobrevivir”?

-Fue Javier Reverte quien me dio un consejo precioso hace ya más de quince años: «Observa siempre, pero cuidado con lo que absorbes». Así que eso es lo que hago. Observo y respeto, pero sé cuáles son mis límites y sé cómo volver a casa.

Tu libro habla de amor, de sexo, de odio y de pena, de diversos dioses… en muchos lugares y muchas partes. ¿Pesan más las circunstancias individuales de nuestras vidas, o el entorno social para nuestra forma de entender y relacionarnos con el mundo?

-Ambas, dependiendo del grado de libertad del que disfrutamos y de la capacidad de despegarnos que logramos tener. Mi cultura y mis experiencias me limitan y, al mismo tiempo, me ayudan a crecer; es mi deber reconocer esa limitación y agradecer la riqueza que mi contexto cultural me aporta.

Que la cultura, la religión, la sociedad y todo lo que nos pasa nos moldea es innegable. Ahora bien, lo que hacemos con todo eso es una cuestión de privilegio y es profundamente individual.

Enero de 2026. Primera prueba de imprenta

Por tu trabajo debes hablar con personas que sabes que cometen en ocasiones atrocidades o que las apoyan y justifican. En el libro describes algún momento donde sientes cercanía por la persona y rechazo por el personaje. ¿Cómo te acercas a ese dolor y sales indemne?

-Todos tenemos que asomarnos en ocasiones a situaciones desagradables o lidiar con personas a las que detestamos. Yo no salgo indemne. A veces me cabreo, y entonces tengo que ver cómo gestionar ese enfado.

A veces mis amigos sufren mis audios-podcast cagándome en los santos de alguien o de alguna situación. Y ya está. No hay mucha épica en eso.

Hablas mucho del mundo musulmán en el libro. ¿Qué no entendemos en Occidente de ese mundo, y qué no entienden ellos del “nuestro”? ¿Hablar de mundo musulmán, como hablar de mundo occidental, es una simplificación o le encuentras una vigencia?

-Cuando hablo de religión, y en concreto del islam, lo hago siempre desde una experiencia concreta: la de un personaje o la mía propia. No hablo de “el mundo musulmán”, del mismo modo que no me sitúo en “el mundo occidental”, como entidades homogéneas.

En mi vida, y también en mi familia política musulmana y en mi familia católica, conviven formas muy distintas de vivir la fe: personas para quienes la religión es un espacio íntimo que les ayuda a sostener el peso del mundo; otras que la viven de manera más cultural o superficial; y también quienes la convierten en una bandera identitaria. Eso ocurre en todas las religiones y en todos los contextos.

El islam está muy presente en el libro porque forma parte de mi vida, no porque me interese como categoría reductora: hablo del islam de las personas a las que describo, y hasta ahí llega. Me afecta cómo mi gente vive la religión porque, en ocasiones, moldea de forma muy directa las relaciones, los afectos, las tensiones y la manera en la que expresamos el cariño. Hablar de “mundo musulmán” y de “mundo occidental”, además, me parece una etiqueta reduccionista y poco útil para entender cómo vivimos realmente las personas.

Lo que sí veo, y eso atraviesa el libro, es la enorme facilidad que tenemos los seres humanos para convertir la diferencia en militancia y la identidad en frontera. Algunas familias, algunos entornos, se dejan arrastrar por esa pulsión separatista. Pero cuando hablo de ello, hablo siempre de personajes, de vínculos concretos, y no de colectivos enteros, porque este libro no pretende explicar un mundo, ni es un libro sobre religión o geopolítica: es un libro sobre cómo vivo distintas situaciones desde dentro, con todas sus contradicciones.

Hablas de tu familia política pakistaní, de esa casa donde las mujeres viven en un lado y los hombres en otro sin contacto. Y describes tu esfuerzo por adaptarte y entender esa realidad. ¿Cómo crees que te ven ellas a ti? ¿Hay una forma profunda de comunicarse entre dos mundos tan diversos cuando se cierra la puerta y os quedáis a solas?

-Mi relación con mi familia de Bahawalpur es una historia de amor. Yo les quiero y ellos me quieren. Yo soy la invitada en su casa y trato de ser lo más respetuosa posible, sabiendo que probablemente sea torpe en ocasiones. No sé cómo me ven ellos a mí, pero sé que el respeto y el cariño es mutuo.

¿Se ama y se odia de forma diversa en cada lugar por el que pasas?

-Si hablamos de la expresión de las emociones, claro que cambia. Si hablamos del amor y del odio en si, solo puedo decir que yo amo y odio de forma diferente dependiendo del momento del mes en el que me encuentre, o de cuántos días lleve sin ver el sol en el maldito invierno alemán.

Así que sí, el amor y el odio cambian todo el rato. Es una cosa agotadora.

Tras haber vivido y visto tantas cosas, ¿a qué tienes miedo?

-Me da miedo que la gente a la que quiero sufra. Me da miedo el fascismo. También me da miedo el buenismo. Me dan miedo el silencio y la desidia. Y me dan miedo los virus gastrointestinales del cole de mi hija.

¿Qué mapa necesitas llevar en tu bolsillo para no perderte?

-El del amor, claro. En todas sus formas. Y saber que es una decisión unilateral: que una puede amar mucho y muy fuerte sin esperar nada a cambio.

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