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Don Quijote en bicicleta por Alaska

Mi viaje comenzó con frío. Había decidido recorrer durante cinco semanas 1.600 kilómetros por estas tierras en bicicleta, sin más compañía que una tienda de campaña, las alforjas atiborradas de comida y cuatro pares de calcetines.

Yangón: los templos de la revolución azafrán

Los templos de la Shwedagon pagoda de Yangón fueron el escenario de la revolución azafrán hace siete años, cuando los monjes se levantaron contra la dictadura haciendo de barrera entre los militares y el pueblo. Hoy caminan tranquilos y sonríen al viajero protegidos por sus paraguas a juego con el hábito.

La fe inexplicable de Kumano Kodo

“Aquí la fe es como un bosque de bambú, se mece con el viento, cambia, es flexible” La frase la soltó como si tal cosa en menos japonés de los japoneses de la región de Wakayama. Se llamaba Brad y había crecido con las nieves de Canadá. Pero tenía el alma con los ojos rasgados y el corazón enredado en la maraña de credos que estábamos a punto de descubrir.

Un paseo en el jardín

Decidí hacerlo. Dejé el confort de la zona de confort y decidí probar. Hice una lista de lo que dejaba atrás: un trabajo, una casa, una familia y amigos maravillosos, una televisión que entendía, una sombra y un puchero. Luego, cuando ya anochecía el repaso, añadí un coche, mi edredón, mil tabernas y un cd. ¿Qué me espera? Hice otra lista que tras largas noches en vela rellené con un “no lo sé”.

Una fiesta especial en Mozambique

Esa fiesta especial no podía ser una más. Los invitados venían de Bagdag, de Bucarest y El Cairo, de Roma y Treviso, de Azores, de Kuala Lumpur y, también, de Madrid. En sus zapatos sumaban más kilómetros que el mismísimo Willy Fog. El lugar era mágico. Todo era mágico.

Tokio, el hormiguero

Se podría pensar que en una ciudad donde impera el orden y la reverencia como saludo, la discreción es la pauta habitual de sus habitantes, pero ahí, justo ahí, comienza la parte más desconcertante de la ciudad.

Una casa en La Paz

Las bragas y sujetadores florecían en las lámparas como champiñones, mientras las plantas se adueñaban del piso de arriba, trepaban por las paredes y se desparramaban por las escaleras en un rumor sordo como de sinfonía amazónica. Espantada, cobraba y salía disparada, antes de que saliese un jaguar de debajo del sofá.

Despacio

Y entre medias paso todo y de todo, que nunca en aquella ruta que es la tercera vez que la hacía pasaban tantas cosas en mi entorno. Era como si todo tuviera respuesta porque nada era preguntado. Y el sol se levantó con nosotros y, cosa de hacerlo todo tan lento, siempre nos estuvo esperando.
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