Campeche: el mejor secreto de México

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)

Empecemos por el mensaje básico: si hay un estado mexicano sorprendente que yo recomiendo visitar es Campeche. En el periodismo de viajes sucede que en ocasiones encabezan los epítetos y se retardan las conclusiones. En este texto ya está todo dicho. Si ya no quieren leer más, puede ser hasta recomendable hacerlo para los que tengan comida en el horno o llevan a medias un buen libro, limítense a comprar un billete de avión y vayan a visitar Campeche. Seguro que me lo agradecen.

Para el resto, los que voluntariamente decidieron seguir leyendo, vayamos ahora al contenido en el que sustentar la primera frase. Quizá, mejor, hagamos un recuento matemático para demostrar que mi afirmación tiene algo de científico.

Campeche es un túnel de piedra del que se sale rejuvenecido a una plaza, verde hierba, rodeada de ruinas mayas de la que huyeron las sombras. Edzna no es una vieja ciudad prehispánica, es algo más que me moleste en contar con esa precisión de los que ejercemos el sur: treinta iguanas, una selva con seis mil trescientos cuatro árboles, ochocientos catorce escalones, dos palmadas y seis ecos, y una colmena convertida en templo al que acudían los señores del antes a rendir tributo. A toda esa maravilla, cuando saqué mi calculadora, el resultado daba diez turistas. ¿Se imaginan poder ver un sitio tan bello con la sensación de haberlo descubierto uno mismo?

Una colmena convertida en templo al que acudían los señores del antes a rendir tributo

Campeche es un cementerio, del que ya hablé cuando fui allí hace un año, donde se entierran las almas por un lado y los huesos por otro. El viejo panteón maya de Pomuch, donde uno comprende que a los muertos de los mayas alguien les quiso hacer un poco menos sus muertos para convertirlos en los muertos de los otros, es un fascinante y extraño verso. Puede que sea uno de los lugares más enigmáticos que haya contemplado en todo el mundo: un cementerio donde los restos óseos de los fallecidos está en cajas a la vista de todos.

Y cuando uno tiene la tentación de entender en aquel lugar algo macabro, llega la señora Porfiria Maico, y con su gesto dulce y su cuerpo endeble, comienza a pedirme con su lenguaje entre maya y español que le saque los restos de su abuelo, o de su tía, que ella guarda en cajas de madera envueltos en un paño con mimo. Entonces entiendes que ella no ve allí los restos de un ser querido fallecido, ve a alguien vivo. Y entre medias, el profesor Hilario Tuz, me da una explicación antropológica de todo aquello sentado en las sillas flacas de su casa mientras comemos el famoso pan de Pomuch.

Campeche es también una bella ciudad colonial. México tiene algunas ciudades coloniales bellísimas como Taxco, Oaxaca, San Miguel de Allende, Zacatecas… pero Campeche tiene algo distinto. ¿Qué es me pregunta Francesca mientras andamos felices por el centro histórico? Y yo, científico, renuevo mis cuentas concentrado ahora en no perder el hilo para obtener un fehaciente resultado.

una muralla traída de Castilla y amenazada hoy por pelícanos, cormoranes y gaviotas

Son treinta, puede que ochenta y dos, cuadras de casas pintadas de colores; muchas iglesias pequeñas a la que le sobran leyendas (mi favorita es una que me contó Ana en la que me explicaba que descubrieron que los muros hechos de polvo de oro fueron cubiertos de cal para evitar tentaciones de los tiempos en los que los piratas llegaban hasta aquellas aguas para saquearlo todo); una biblioteca donde a las ocho de la tarde, con inquietante puntualidad suiza, proyectan un bellísimo espectáculo de luz con la historia de la ciudad; una muralla traída de Castilla y amenazada hoy por pelícanos, cormoranes y gaviotas; varias calles empedradas; un océano con barcas de pescadores y quinceañeras que acuden a sus confines a hacerse sus fotos; varias patios andaluces colindando casi con el Caribe y un ritmo de vida tan tranquilo y lento que los relojes da la sensación de que descuentan las horas. De hecho, por recomendación médica de Rosa Delia, la cariñosa y alegre madre de Gris que me vio algo mayor, cuando miré el calendario al marcharme de la ciudad entendí que me faltaban nueve días. En su gesto de aquiescencia percibimos todos que era algo bueno pero aún insuficiente.

¿Puede ser eso?, le pregunte a Francesca mientras terminaba mi recuento sentado en un banco del zócalo junto al viejo kiosco por el que pasa la vida. Y ella, más reflexiva, sólo acertó a puntualizarme: “puede ser, pero se te olvido sumar la comida a mar del Pigua, las elaboraciones detalladas del evento Convite en el que varios chef inventaban platillos; la cena en el balcón del Casa Vieja, donde en medio de una decoración que sumaba tres siglos te metes un bocado en la boca de pez y de ciudad a la vez; las noches de la calle cerrada 59; la tasca Salón Rincón Colonial con sus puertas abatibles, sus vitrinas añejas, su barra de madera y sus paredes de colores; los cafés y chocolates de Chocol Ha en su jardín nuevo de detrás y sus sillones viejos de delante, o los platillos típicos de la Parrilla Colonial y sus cenas a poca luz… Y yo anotaba y seguía sumando para atestiguar que Campeche es uno de mis lugares favoritos de México. “Matemáticas, son matemáticas”, me repetía mientas actualizaba mis algoritmos.

Campeche es también su gente. Y recordé especialmente a Humberto y Ana, dos jovenes profesionales, alegres, inquietos y cultos, que nos iban contando su tierra con la confianza y desconfianza de las provincias lejanas. Te comparten su vida con generosidad y sin demasiados alardes porque reciben a los viajeros con modos de las casas de nuestros mayores: con deseos de que acudas y con miedo de que rompas la porcelana. Como las viejas abuelas que preparaban sus comedores para que la gente los viera sin que estropearan nada. El peligro de Campeche, su porcelana, es que deje de ser lo que es y se convierta en lo que son los otros. El turismo no modificó nada y los dejó, por ahora, ser ellos mismos. Cuando vayan a Campeche recuerden observar con disciplina militar la regla de no pedir que cambien algo. Les ruego que no vayan en caso contrario.

Cuando vayan a Campeche recuerden observar con disciplina militar la regla de no pedir que cambien algo

Contaré una anécdota que nos explicaron que resume a la perfección de lo que les hablo. En Campeche jugar a la lotería o al bingo es una tradición a la que se entrega con devoción la ciudad. Uno pasea y puede ver en las casas abiertas a las personas mayores jugando su binguito. Tan popular es que en el tablero está marcado cada número con un dibujo o figura y eso ha acabado sustituyendo el sistema métrico con el que nos regimos el resto del mundo. “Nuestras abuelas cuando dan su número de teléfono a una amiga en vez de decir los números dicen las figuras de la lotería que todas conocen”, nos cuentan Ana y Humberto. Es decir, si su teléfono es 54 32 50 17, ellas le dicen a la otra mujer: “Apunta: campana, nopal, mariposa y silla”. Y ellas, en ese mundo campechano que economiza los tiempos y usa la simplicidad para desembrozar ecuaciones, entienden que los dibujos son más precisos que las cifras.

Y luego se sientan a la mesa Jorge, Gerardo, Walter y otros amigos de ellos que se involucraron en convertir su oficina en un eficiente recreo, y canta un hombre en la plaza, y vende dulces una señora, y se va cerrando el día, y las calles se desploman, y recordamos extramuros mientras andamos camino de nuestros cuartos el capricho de un día ya lejano que pasamos en la Hacienda Uayamón, una vieja hacienda yucateca convertida en retiro exclusivo, y nos cruzamos con algún borracho tranquilo al que el día se le acabó de improvisto, y charlamos con Luis y Gris de ese México que ellos llevan en vena y  por el que sienten el amor profundo de las primeras cosas, y empaquetamos todo y nos vamos con el deseo de pretender volver haciendo restas con dibujos.

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Comentarios (3)

  • Luis Gómez

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    Conocí Campeche hace dos años, pasé dos días viniendo de Chiapas, y estoy de acuerdo con lo que dice de forma tan bella este texto: es un sitio muy interesante y sin apenas turistas. Nos hubiera gustado quedarnos más días, pero era un viaje en grupo y nos fuimos a Mérida y luego a las playas de Quintana Roo. Con Palenque es lo que más me gusto de aquel gran viaje.

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  • Dunia Granero

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    Sólo echo en falta Calakmul y la zona petrolera de Ciudad del Carmen. Por la noche impresiona ver los destellos del fuego de las plataformas.

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  • Florence

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    Lo apunto ahora que en febrero haremos un viaje por la Península

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