Transiberiano: un viaje de tundra y vodka

La vuelta al mundo se dividía. Mis compañeros de expedición estaban a punto de atravesar Rusia en coche, cruzando Siberia bajo la amenaza de un invierno inminente. Yo haría el mismo viaje a bordo del “tren Moscú-Vladivostok”, como se conoce aquí al Transiberiano.

La idea era contar la ruta en paralelo, por las carreteras rusas y de estación en estación. Sí, yo lo tenía mucho más fácil, pero debía grabar el trayecto y presentarlo, en un ferrocarril repleto de suspicacia, con la mirada inquisidora de los responsables del tren, la desconfianza de los pasajeros civiles y la aprensión a las cámaras de los militares que viajaban a los confines de la nación más extensa del mundo.

Me alojé en mi compartimento con dos rusas orondas, lamentando esa broma de la estadística en un país lleno de mujeres esbeltas. El tren no me pareció más imponente que otros, no tenía ningún rasgo de la época fastuosa de los zares ni era especialmente cómodo, pero desde la ventanilla podía observar como mudaba el paisaje de los primeros bosques a la nieve en las estepas.

Hay 9.000 kilómetros desde Moscú a Vladivostok y esa es una distancia que apenas soporta despedidas.

Me acosté en Europa y me levanté en Asia, una vez superada la cordillera de los Urales. Ya en tierras asiáticas me animé a desenfundar la cámara. Tenía la responsabilidad de contar mi viaje mientras José Luis y Alfonso conducían por carreteras de hielo. En cada estación fui testigo de escenas conmovedoras. Las familias rusas cuando se parten en dos están condenadas a separarse de forma excesiva. Hay 9.000 kilómetros desde Moscú a Vladivostok y esa es una distancia que apenas soporta despedidas. Rusia es categórica por su tamaño, por su frío y hay muchos corazones errantes añorando un hogar al otro lado del mundo, en su propio país.

Yo no hablo ruso y allí nadie sabía inglés. Tampoco vi a ningún otro extranjero y desde luego no había nadie más grabando con una cámara de video. Me convertí de inmediato en el agente extraño del tren. Anduve de un extremo a otro, disimulando cada vez que me encontraba con hombres uniformados. Estaba prohibido grabar en el interior del Transiberiano, o eso me dijeron, o eso, al menos, entendí yo viendo los aspavientos de los funcionarios mientras señalaban la cámara con el gesto destemplado.

Decidí caminar hasta el último vagón. Era diferentes a los demás. Estaba pintado en verde -a diferencia del resto del tren que tiene los colores de la bandera rusa- y todos los pasajeros tenían rasgos orientales. Su mirada no era menos fría que la de los otros viajeros y me invitaron varias veces a volver a mi compartimento. Supe más tarde que se trataba de un vagón especial. Aquellos hombres serios y medio agazapados viajarían hasta Corea del Norte, una vez que el tres se detuviera en Vladivostok.

Sin embargo, estaba decidido a hacer mi trabajo e insistí una y otra vez en robar algunos planos. Me colé en la cafetería, que me pareció un lugar austero, con comida austera, avanzando por un paisaje austero. Intenté grabar el interior de algunos compartimentos, gesticulé mucho y forcé muchas veces la sonrisa para tratar de ganarme la confianza de los pasajeros. Poco a poco fui acercándome a la gente, comunicándome con algunos excombatientes en Chechenia, que me relataban con dibujos tétricos sus éxitos de guerra, la sangre derramada por su país, que siempre encuentra una herida abierta.

Poco a poco fui acercándome a la gente, comunicándome con algunos excombatientes en Chechenia, que me relataban con dibujos tétricos sus éxitos de guerra, la sangre derramada por su país

Después me centré en el paisaje. El camino se había convertido ya sin remedio en tundra y nieve. De vez en cuando aparecían pueblecitos de madera, que humeaban el fuego de un hogar abocado al olvido de Siberia. Veía las dachas, esas cabañas hechas con la misma fragilidad que su Historia. Rusia es una país tan grande que sus gobernantes no tienen tiempo ni memoria para acordarse de las aldeas de Siberia. Sentí que eran lugares condenados al desamparo del invierno y a la amnesia crónica de los rusos.

Durante mi segundo día de viaje cometí un error por exceso de confianza. Llamé a la puerta de un compartimento y apunté con mi cámara. Cuando se abrió esa puerta descubrí a ocho militares rusos mirando directamente al objetivo. Ups… Uno de ellos me gritó algo en ruso señalando la cámara, luego me indicó que pasara y me sentara. Pasé y me senté sin protestar. Guardé la cámara mientras me decían no sé qué y debió de hacerles gracia que no entendiera ni una palabra porque a los pocos minutos uno de ellos sacó una botella de vodka. La señaló y luego me señaló a mí. Bebí de un trago medio vaso. Aquello bastó para disculpar mi atrevimiento con la cámara. Me jalearon para que siguiera bebiendo y yo me defendí con gestos apelando a esa norma española de no beber nunca solo. No recuerdo cuántas botellas sacaron, ni tengo muy claro lo que pasó durante las horas siguientes. Sí sé que acabamos todos echando la mano al hombro del compañero, cantando viejas canciones rusas en la cafetería del tren. Intenté escabullirme para evitar el castigo del vodka sin medida, pero cada vez que lo intentaba aparecía un soldado que me retenía con una estúpida sonrisa y yo volvía a la cafetería con un balanceo etílico.

Cuando por fin alcancé mi litera, las dos mujeronas rusas ya roncaban y la noche había apagado la imagen de tundra infinita.

Desperté aturdido en mi último día de viaje. El traqueteo del tren contrastaba con el bullicio de los mercados que se improvisaban en cada estación. Cerca de la ciudad de Krasnoiarsk, dos colosos se detuvieron frente a frente. El Transiberiano y el Transmongoliano habían detenido su marcha al mismo tiempo. El resultado era un trajín de gente, de prendas que volaban desde las ventanillas, de comida caliente, refrescos, abrigos, prisas y regateos tajantes, pues no había tiempo para demorarse en cifras.

Después, nuestro tren partió con un bramido y enfilamos el camino a Irkutsk. Yo me detenía aquí, pero la mayoría del pasaje continuaba camino a Vladivostok. Habían pasado tres días desde Moscú, casi 5.000 kilómetros en un tren que parece constituir una sociedad en sí misma. Ahora me encontraba en las orillas del Lago Baikal, con una resaca considerable, esperando a mis amigos de expedición que aún tardarían varios días en llegar porque en Rusia la distancia y la memoria siempre quedan demasiado lejos.

 

 

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Comentarios (4)

  • jc.

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    Excelente trabajo k hicieron estos gallegos,perfecto jobenes

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  • Daniel Landa

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    Muchas gracias, amigo, en especial por lo de jóvenes 😉

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  • Maribel

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    Fijate hasta que punto me emocionó vuestro viaje que pense, si ellos lo han hecho, yo también. Estoy preparando el viaje para la proxima primavera, serían los meses de Mayo y Junio para hacer la ruta del transiberiano hasta el lago Baikal, entrar en Mongolia y volver por Kazastan y Ukrania. ¿podemos viajar con la autocaravana por Mongolia? ¿como son las carreteras en ese pais? Se que la autopista transiberiana es buena por referencias de otros viajeros, pero lo de Mongolia me da un poco yuyu, dicen que las carreteras son de tierra y que el combustible escasea ¿es verdad todo eso? gracias y que sepas que sigo tus rutas con toda la admiración del mundo. Un saludo Maribel

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  • Daniel Landa

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    Hola Maribel:
    Me alegra mucho que sigas nuestros pasos, un honor!! Además, has elegido una ruta espectacular. Te cuento que en Mongolia en ocasiones las carreteras son de tierra pero la mayor parte del tiempo, NO hay carreteras, ni caminos. Se trata más bien de atravesar la estepa. Es recomendable llevar un guía, por un precio módico y la experiencia de dormir con los lugareños en los gers es fantástica. Te recomiendo Nomads Expeditions, una agencia alemana que por un precio asequible te ayudan a medida para atravesar el país. Sobre el lago Baikal, ni dudes acercarte a la isla de Oljon, es un lugar único!!! Un abrazo y buen viaje!!!!!!!!!

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