Una semana después…

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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La pobreza se visita siempre con los ojos entreabiertos. Hay una mezcla de curiosidad y rubor en mirar lo terriblemente que pueden llegar a vivir los demás. Una especie de cuidado a no ser descubierto como mirón en medio de una orgía de miseria. Mi visita a los township tuvo todo eso. Concertamos, a través de la ex limpiadora de la escuela de inglés de un amigo, un encuentro con su casa, con su vida, tras el pago de una cantidad de dinero en concepto de gastos de viaje. Es difícil comprender que se organizan tours en toda la ciudad para ver desde un autobús cómo se les secan las gargantas a cientos de miles de personas. La única diferencia entre nuestro encuentro y el de los autobuses fletados hacia el hambre es que a nosotros nos llevaron al township real de una familia que nos abría las puertas de sus casas. ¿El resto? Pagamos, como casi todos.

¿Qué encontré en los guetos? Casas de hojalata y cartón hasta donde se inclina el horizonte; niños, miles, jugando a jugar por todos los rincones; caras que me miraban con asombro; cordialidad; calles de barro delimitadas por escombros; un Dj que pinchaba su música sobre un cubo de basura, en medio de la calle, ante la atenta mirada de su único espectador: un perro; un sucesión de barbacoas, ocultas en chamizos, donde se cocinan cabezas de corderos (los animales languidecen, con las cabezas ya negras y quemadas del humo, en medio de las aceras, moribundos); decenas de contenedores convertidos en peluquerías, tiendas y bares; coches con música tronando; una improvisada obra de teatro sobre el sexo protagonizada por chicos de la calle en la que te ofrecen el asiento de tribuna (una caja de fruta) mientras diluvia sobre tu cabeza; una casa donde los sillones son cubos de pintura; niños que posan ante mi cámara por el único placer de verse en mi pantalla (lo piden, te miran, ríen y te vuelven a pedir otra); pocas quejas por las fotos inoportunas; un centro comercial limpio y moderno lleno de tiendas a la europea; un anuncio de Cristiano Ronaldo; policías, pistolas y cientos de personas corriendo; casas de ladrillo junto a casas de trapo; desolación, alegría.

Casas de hojalata y cartón hasta donde se inclina el horizonte; niños, miles, jugando a jugar por todos los rincones; caras que me miraban con asombro; cordialidad; calles de barro delimitadas por escombros; un Dj que pinchaba su música sobre un cubo de basura, en medio de la calle

Hace una semana que estuve en Khayelitsa, Langa y Guguletu. Hace una semana que mi visión de este lugar ha cambiado. Hace una semana que estoy preparando la vuelta. Ahora, mañana, me voy de viaje ocho días a las despobladas tierras del norte, a la frontera con Botsuana y Namibia. A dejar mis primeras huellas sobre el Kalahari, uno de los símbolos previos a esta aventura. Quizá, si tenemos tiempo y ganas, acabaremos visitando el mítico país de las montañas: Lesotho.

Da miedo pensar que ya he gastado otra semana de este mi tiempo.

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Comentarios (2)

  • ricardo

    |

    Javier, el tiempo del aventurero es eterno, dura hasta que su curiosidad empieza a languidecer, y la tuya tiene cuerda para rato. Gracias por devolverme la mirada de mis viajes africanos a traves de tus crónicas. Creo que serás ya, para toda la vida, un convaleciente más de la dulce dolencia que llaman Mal de África…

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  • Lisetta

    |

    Estas cambiado, tus ojos dicen felicidad…, es fantastico verte así. Te quiero mucho, pero te extraño mas…., se feliz!.
    Fantasticas tus cronicas…, aire nuevo que llena el alma de añoranza!!!

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