Candanchú: el secreto hospital de peregrinos

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)

el viaje
La estación de esquí más antigua de España es, todos los inviernos, el destino elegido por miles de amantes de la nieve para disfrutar de su deporte preferido. Pocos de ellos saben, sin embargo, que a escasos metros de una de sus pistas más ilustres, el Tobazo, se encuentran los cimientos del que fue considerado, desde su fundación en el siglo XI, como “uno de los tres pilares de la caridad en el mundo”. Los restos del antiguo Hospital de Santa Cristina, en pleno puerto oscense del Somport (el Summus Portus), junto a la frontera francesa, pasan desapercibidos para la mayoría de esquiadores. Localizados junto a la curva de entrada a la estación y vigilados por las urbanizaciones cercanas, los despojos del hospital de peregrinos están siendo objeto desde hace veinte años de un meritorio, aunque discontinuo, esfuerzo arqueológico que debe ser recompensado, al menos, con una visita.

La primera guía de viajes de la que se tiene noticias, el Codex Calixtinus (atribuido al Papa Calixto II), ya hace referencia a este hospital, a mediados del siglo XII, como una de las villas que jalonan el Camino de Santiago. Reunir en un tratado las vicisitudes de la ruta jacobea no era una cuestión menor, pues se calcula que en la Edad Media entre 200.000 y 500.000 peregrinos afrontaban cada año tan difícil travesía. El viajero que se acerque hasta este singular sitio arqueológico difícilmente podrá comprender, a la vista de esos cimientos recuperados del olvido, la importancia que adquirió durante siglos este centro de acogida para peregrinos. Los paneles informativos colocados por el Gobierno de Aragón hablan por esas piedras obligadas a enmudecer durante siglos, pero no está de más recordar aquí un pasaje del Codex Calixtinus especialmente clarificador:

“Tres son particularmente las columnas, de extraordinaria utilidad, que el Señor estableció en este mundo, para el sostenimiento de sus pobres, a saber: el Hospital de Jerusalén, el Hospital de Mont Joux (en los Alpes) y el Hospital de Santa Cristina en el Somport. Están situados estos hospitales en puntos de verdadera necesidad. Se trata de lugares santos, templos de Dios; lugares de recuperación para los bienaventurados peregrinos, descanso para los necesitados, alivio para los enfermos, salvación de los muertos y auxilio para los vivos. Quienquiera que haya levantado estos santos lugares, sin duda alguna, estará en posesión del Reino de Dios”

La paloma “delineante”

La paternidad del hospital es confusa. Mayoritariamente se atribuye al impulso del rey Sancho el Mayor de Pamplona a finales del siglo XI, aunque algunos autores apuntan un origen templario a través de la Orden del Santo Sepulcro. Y la leyenda, siempre la leyenda. Según ésta, la iniciativa fue de dos peregrinos franceses, Arnovio y Sineval, que se vieron sorprendidos -camino de Compostela- por una violenta ventisca en la cima del puerto que separa Francia de España. Ateridos de frío y viendo cerca la muerte se encomendaron a Santa Cristina. De entre la niebla surgió como por ensalmo una pequeña cabaña donde les esperaban unas viandas para calmar el hambre y una fogata para calentarse. Agradecidos a la santa, prometieron construir un hospital para peregrinos en ese mismo lugar. Una paloma blanca les delimitó el contorno con una cruz de oro que portaba en el pico. Al regresar de Compostela, los peregrinos se pusieron manos a la obra, levantando el primigenio hospital. Desde entonces, una paloma con una cruz en el pico fue el emblema del albergue, del que se harían cargo monjes de la orden de San Agustín.

Agradecidos a la santa, prometieron construir un hospital para peregrinos en ese mismo lugar. Una paloma blanca les delimitó el contorno con una cruz de oro que portaba en el pico.

A los canónigos agustinos les sucedieron al frente del hospital, a comienzos del siglo XVII, los padres dominicos, que también dejaron grabada esa paloma en la piedra de su convento en Jaca. El viajero puede comprobarlo por sí mismo acercándose a la capital de la Jacetania (veinte minutos en coche desde Candanchú). En la actualidad, el viejo convento es el Colegio de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, situado junto al Paseo de Invierno. Allí, sobre la puerta de entrada, están cincelados el emblema del desaparecido hospital y el ruego que salvó la vida a los dos peregrinos franceses: “Santa Cristina ora pro nobis”.

Ocho vasos de vino al día

Pero volvamos al Somport. Los viajeros podían permanecer tres días en el hospital, aunque si estaban enfermos eran evacuados a lomos de una mula, montaña abajo, a la cercana villa de Canfranc. El menú que servían los frailes era reconstituyente. Para almorzar, sopa y dos vasos de vino; en la comida, de nuevo sopa, acompañada ahora de carne con legumbres y otros tres vasos de vino; y en la cena, legumbres y carne y… ¿lo adivinan? ¡Tres vasos más de vino! Con semejante dieta no es de extrañar que los monjes tuviesen que poner un límite a la estancia de los peregrinos para no convertir el albergue en un galpón.

Los viajeros podían permanecer tres días en el hospital, aunque si estaban enfermos eran evacuados a lomos de una mula, montaña abajo, a la cercana villa de Canfranc.

En el siglo XIII, el monasterio hospital alcanzó su máximo esplendor, enriquecido por encomiendas papales que extendieron sus dominios a villas del sur de Francia, Navarra, Soria, Aragón y hasta Castilla. Por esa época atendían el establecimiento hospitalario una decena de frailes bajo el mando de un prior. Todo el enclave llegó a contar con una iglesia románica, un monasterio adosado al templo, un cementerio, el hospital de peregrinos (que contó al menos con ocho habitaciones), la residencia del prior y la ermita de Santa Bárbara, situada en la parte baja, junto al antigo puente que salvaba el cauce del barranco.

El monje rebelde

¿Qué es lo que puede ver hoy el viajero que se desplace hasta Candanchú del que fue tan renombrado enclave? Los trabajos iniciados en 1987, actualmente dirigidos por el historiador y arqueólogo José Luis Ona, han sacado a la luz parte de los restos de la iglesia románica (junto al ábside, sus muros alcanzan casi cuatro metros de altura); de la cripta y del mesón construido en el siglo XVI, en plena decadencia del hospital, como fuente de ingresos extra; y el trazado de las calles que unían unas edificaciones con otras. Las mismas filtraciones de agua, procedentes ahora de las urbanizaciones cercanas, que amenazan este hallazgo arqueológico ya traían de cabeza a los canónigos, que se las ingeniaron para encauzar las escorrentías (el desagüe de las aguas pluviales) por medio de drenajes que todavía pueden apreciarse.

Las guerras de religión con los albigenses (los cátaros del otro lado de los Pirineos) y los protestantes del Bearn francés marcan el comienzo de la decadencia del hospital de Santa Cristina a partir del siglo XVI. Felipe II envía tropas a la frontera para mantener a raya a los herejes y todos los monjes, salvo uno que se queda de retén, son evacuados a Jaca. Del palacio donde estuvieron alojados hasta 1597 no queda ni rastro, pues se derribó para construir la Ciudadela, hoy en día todo un emblema de la ciudad altoaragonesa. Los monjes son trasladados entonces al monasterio de Monte Aragón por orden de los superiores dominicos. Uno de ellos, fray Luis Beguería, se resiste y paga su desobediencia con la cárcel.

La puntilla llega con el incendio de 1706 fruto de las contiendas de la Guerra de Sucesión que aupó a los Borbones al trono español. De las cenizas del “unun de tribus mundi” -uno de los tres (hospitales) del mundo- sólo renació el mesón, que fue alquilado junto a los pastos anexos. Asociaciones como la de Amigos del Camino de Santiago de Jaca, que luchan para que no se pierdan la memoria de la desaparecida e ilustre hospedería, reclaman ahora al Gobierno de Aragón que construya junto al enclave original un albergue de peregrinos que perpetúe el glorioso pasado del hospital de Santa Cristina de Somport. Los políticos, como casi siempre, tienen la última palabra.

el camino
Desde Huesca hay que tomar la N-330, que atraviesa el puerto de Monrepós (ojo con las obras), hasta Jaca, separada por menos de 30 kilómetros de Candanchú. Antes de llegar a la estación invernal, nada más pasar el cuartel de Rioseta y el conocido como «puente del ruso» debemos tomar un desvío a la izquierda (está indicado) si no queremos terminar en Astún. Las ruinas están en un promontorio a la derecha de la carretera justo antes de llegar al hotel Tobazo.

una cabezada
En la estación de esquí hay que decantarse por alojamientos clásicos como los hoteles Edelweiss, situado a sólo unos pasos de la silla del Tobazo y de los restos del antiguo hospital (de 44 a 74 euros alojamiento y desayuno), y Tobazo, situado muy cerca del anterior (de 35 a 100 euros, también con desayuno incluido). Antes de viajar conviene informarse de los días de apertura, pues suelen hacer coincidir su temporada con la de esquí.

a mesa puesta
En el propio Candanchú, las ofertas son limitadas (sobre todo en temporada estival). El Restaurante El Sarrio (tfno. 974-373180), en la propia carretera de Francia, es un buen lugar para degustar la cocina altoaragonesa (el bacalao ajoarriero y el ternasco son nuestras sugerencias). En la cercana localidad de Canfranc (que por sí sola merece una visita por su extraordinaria estación ferroviaria, aunque esa propuesta la dejamos para otra ocasión), recomendamos el restaurante Casa Sisas (ojo, está en Canfranc pueblo, un poco más abajo en dirección a Jaca), que ofrece recetas caseras donde priman los platos de caza (el menú sale por doce euros). Si el viajero tiene el paladar fino, merece la pena una visita al restaurante Boj del hotel Santa Cristina (indicado en la carretera entre Candanchú y Canfranc y reconocible porque se trata de un caserón imponente). Menú degustación por 25 euros.

muy recomendable
Para los amantes de la montaña, el valle del Aragón está repleto de gratificantes excursiones. Viajes al Pasado recomienda (en verano, eso sí) la ascensión al pico de Anayet (2.545 metros). Se parte de un pequeño aparcamiento situado junto a un puente a la derecha de la carretera, poco antes de llegar al bellísimo circo de Ríoseta. Sólo por recorrer la Canal Roya ya merece la pena intentar la excursión. Al final de la canal, un duro zic-zac conduce al montañero a los pies de los ibones (lagos pirenáicos) de Anayet. Para llegar a la cima hay que salvar el collado, una sirga no apta para quienes sufran de vértigo y una pequeña chimenea sin dificultad pero que exige ayudarse de las manos. En la reducida cumbre, si las nubes no lo impiden, se disfruta de unas vistas magníficas del Midi d´Ossau. Alrededor de cuatro horas de caminata desde el aparcamiento.
Si quieren indagar en el pasado de este lugar: «Historial del monasterio real de Santa Cristina del Summo Portu de Aspa, de la orden de predicadores de la ciudad de Jaca”, de Francisco Lalana. Instituto de Estudios Altoaragoneses. 1989.

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