El camino más corto: cuando el mundo se contaba de otra forma

Por: Javier Brandoli

Llegó el ruido, el ego, el contar lo que quieren los otros, las abultadas cuentas de seguidores donde nadie se lee, el viaje en masa, la fotografía digital, el titánico esfuerzo por señalar a los demás o querer ser los demás, la falta de preparación, la cantidad… No sé, siento que llegó todo eso sin saber cómo, cuándo y por qué.

Creo que la culpa es de las redes sociales, tan democráticas en la base que los rebuznos acallan las melodías. Empiezo a detestarlas y a culparlas de demasiadas cosas, probablemente injustamente. Tantas virtudes que hay en ellas y, sin embargo, hoy se han convertido en tiranía de odios mediocres.

En lo mío, lo que me gusta, lo que me dedico, viajar y contar el mundo, el proceso es desolador. Se impuso el buenismo, los blogs de nada, los narradores a sueldo de me gusta. Contar el mundo a gusto de la masa, sin poder trazar rayas fuera del camino, con la geometría de Ikea, Decathlon o Mc Donalds que supieron entender que con algo de diseño, un precio barato y mucha publicidad se consigue que todos nos sentemos en la misma silla, con la misma camiseta y a comer lo mismo. La marabunta del pensamiento venciendo al individuo.

El Camino más Corto, de Manu Leguineche, se ha convertido al leerlo en un bálsamo, un refuerzo, una sensación de lo perdidos que andamos todos

Por eso el libro de El Camino más Corto, de Manu Leguineche, se ha convertido al leerlo en un bálsamo, un refuerzo, una sensación de lo perdidos que andamos todos. Leguineche se fue con cuatro tipos a recorrer el mundo dos años, en aquellos mediados de los 60, cuando el mundo no era como hoy, cuando las tierras había que pisarlas para conocerlas y contarlas. No había otro camino que lanzarse al camino para tener algo que narrar después. El texto es una crónica detallada de aquel tiempo tan desconocido hoy por las nuevas generaciones. Entre la Segunda Guerra Mundial y el boom de las comunicaciones siento que hay un vacío que este libro ayuda a rellenar.

El libro de Leguineche tiene una virtud inmensa, la de un maestro, muy complicada de conseguir: es a partes iguales el texto de un periodista y de un viajero. Manu se sienta en un coche y se va con tres periodistas estadounidenses y un suizo a cruzar el planeta, e, imaginen hoy la herejía, se atreve a narrarlo tal como lo siente, tal como lo vive, y tal como lo entiende. Lo disfruta, no lo sufre. No trata por todos los medios de demostrar que lo entiende todo, no sublima todo. Viaja y vive, sin más.

Su texto está apoyado siempre en un sólido contexto histórico, social y político, pero su mirada sobresale entre los cimientos del relato. Hoy ese equilibrio es difícil de encontrar. El viajero occidental es un tipo obsesionado con tapar el primero de sus complejos, su origen, y muchas de las narraciones tienen un buenismo  (racismo de algodón de azúcar) que hace que todo lo que contempla si es indígena, pobre o peligroso merezca un encendido elogio.

El viajero occidental es un tipo obsesionado con tapar el primero de sus complejos, su origen

Elogio que será compartido y aplaudido en las redes sociales, en la que muchos de sus seguidores no habrá leído nada que no sea el atinado “titular” en el que deja claro que estuvo 27 horas en un autobús local, o comió en un puesto callejero, o sufrió diarrea o…

Da igual si la plaza central era un cúmulo de basura que ahogaba a sus habitantes, si la religión allí oprime a hombres y mujeres, si a un homosexual lo tratan como una infección, los varones son obligados a servir al más fuerte, la mujer es violada sistemáticamente dentro y fuera del hogar, en las casas se escucha el llanto de quien vive en un lugar del que quiere huir… El aplauso es encendido. No podemos fallar en eso, las redes no perdonan.

Leguineche, en este libro que de estar escrito por un anglosajón sería considerado una obra maestra de la literatura de viajes, se limita a contemplar y contar su experiencia con contundencia, honestidad, delicadeza cuando es necesario, pasión y, sobre todo, sin complejos: “Seúl me pareció una ciudad sucia y sin perfiles, y los coreamos, broncos y tristes” o “¡Qué chasco! Calles malolientes, amorfas casas de barro, montículos de basura, formaban lo que había sido el centro del arte y la cultura árabes”, dice al hablar de Bagdad.

Narrar el mundo menos desarrollado con cierta condescendencia desde una especie de atalaya intelectual en la que se sublima todo

Son dos ejemplos, hay muchos en el libro, de una mirada sincera a la hora de contar el viaje. No significa que sea cierto, seguro que entonces pasó alguien por Seúl al que la ciudad le pareció vibrante y hermosa, significa que entonces en el planeta no se había impuesto esa moda, como siempre con honrosas excepciones, de narrar el mundo menos desarrollado con cierta condescendencia desde una especie de atalaya intelectual en la que se sublima todo. Con la Iglesia católica un occidental puede ser extremadamente crítico, con el resto de religiones o creencias, aunque tras ellas haya ritos que vejan la dignidad humana, se mostrará obligadamente comprensivo.

Pero no crean que El Camino más Corto es un libro que va despellejando el mundo por el que deambula, desde Madrid, pasando por el Magreb y cruzando toda Asia hasta Australia durante dos años. Todo lo contrario, el texto es una oda al respeto, la curiosidad, la alegría, las ganas de vivir y de conocer, pero sin que eso evite reseñar las gentes, lugares o costumbres, pocas por cierto, que al autor no le agradan en parte o en todo. Sin que eso perturbe su curiosidad y el inmenso placer que es deambular también por aquello que no aprecia. Se adapta por viajero, pero no enseña como un trofeo su capacidad de adaptarse, más bien lo acepta con resignación vital, positiva, de entender que es parte del camino.

Y habla del anhelo de las prostitutas, de engaños en fronteras, de las corruptelas obligadas en los viajes, las borracheras sin sentido

Y habla del anhelo de las prostitutas, de engaños en fronteras, de las corruptelas obligadas en los viajes, las borracheras sin sentido, las mujeres (ellos son cinco hombres) con las que compartir ruta, la caza de animales, la pobreza suya y de los otros. Todo, insisto, sin un ápice de mal gusto y sin un ápice tampoco de pretender ocultar nada.

Leguineche habla de “El camino más corto” casi como un viaje a la felicidad. Hoy muchos deberíamos aprender del maestro, de su honestidad a la hora de narrar, para que no pase algo que cada vez pasa con mayor frecuencia: el habitante desconoce de quién hablamos cuando narramos sus vidas. El que vive bien en un lugar peligroso o pobre se ofende cuando ve que de su país sólo se destaca la violencia o miseria; el que vive mal te pide que no dejes de denunciarlo para ver si un día su vida deja de ser un infierno.

El buenismo lo ocupó todo y ni siquiera fue por unos miles de dólares, fue por acumular unos miles más de seguidores y me gusta. Supongo que a Manu Leguineche todo eso le importaría un carajo. No me imagino a Leguineche, como no me imagino a mi querido Javier Reverte, preocupado en un viaje por otra cosa que no sea vivirlo intensamente para luego tener algo que contar.

 

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Comentarios (3)

  • Noeli

    |

    Gracias por sugerirnos una lectura humilde y sana desde un punto de vista humilde y sano. Hace falta…., como hacen falta menos likes. Me lo apunto.

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  • Daniel Landa

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    I like it! … En serio, de este maestro habría que hablar más a menudo. Manu apoyó nuestra particular vuelta al mundo sin un ápice de paternalismo, disfrutando al recordar su viaje, al imaginar el nuestro o al degustar unas chuletas y un orujo casero. El caso era disfrutar…

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  • Carlos L

    |

    Gracias Javier por este estupendo artículo de un libro memorable. Comparto tu admiración por el libro y por el escritor. Se trata de un libro de viajes imprescindible y una experiencia apasionante. No paro de recomendarlo y regalarlo. Es un libro que desprende energía y contagia ganas de salir.

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