Terremoto de Oaxaca: ayudas y robos tras la castátrofe

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)

Cuando no hay tiempo de cuidar a los muertos es que los vivos andan muy jodidos. Eso es algo que aprendí por primera vez hace muchos años en la amazonia peruana donde los nichos de los muertos eran de mármol y las casas de los vivos eran de barro.

En Juchitán, Oaxaca, el lugar donde el terremoto lo asoló casi todo, el cementerio del Domingo de Ramos es en una parte escombro y en otra jarrones, cruces, fotos o lápidas quebradas. La casa de los muertos se partió, aunque aguantó pese a todo la embestida, y por lo que allí vi nadie tuvo aún tiempo de preocuparse por arreglarlo. La lucha aún sigue siendo la de habitar al otro lado de la valla. Sobrevivir. Y esa lucha deja estampas duras, generosas y miserables.

Porque en las calles hay un reguero de polvo de ladrillo, de llanto cansado y de miedo acostumbrado. Se cayeron las casas de un duro vaivén del mundo, enloquecido y bravo, que parece empeñado en demolerlo todo en esta parte del globo. Huracanes y terremotos pegando golpes donde las gentes tienen lo justo para sobrevivir a una brisa.

Las derrotas de los demás son sólo un suspiro, un rezo y rutina masticable

Y entonces llegó el caos y llegó la desesperación de haberlo perdido todo. Todo. Escrito y leído parece una frase más  a la que nos hemos acostumbrado. Las derrotas de los demás son sólo un suspiro, un rezo y rutina masticable. Lo vivido allí es un drama, es distinto. Tocarlo lo hace menos digerible.

Familias enteras que te narran frente a un amasijo enorme de escombros que allí abajo está todo lo que tenían. Todo. Algunos se dejaron también alguna vida de los suyos. Lloran. Se enfadan. Y viven. Siempre gana la vida. Por eso el cementerio está abandonado aún, porque en el tiempo de los vivos nada es más fuerte que mantener el estatus.

Y el hombre saca también a relucir esa extraña raza que somos. Lo mejor: gente ayudando, compartiendo, dando de lo que le falta y de lo que le sobra a los otros. En el aeropuerto militar hay toneladas de ayuda. El Gobierno trata de canalizarlas. Los más humildes recorren con su moto o su carretilla las calles para dar algo de comida a sus vecinos.  Los grandes empresarios acuden junto al presidente a recorrer la zona y a donar algo de esperanza. No la hay nunca para la víctima.

Su supervivencia depende que otros se acuerden de su llanto

La víctima necesita llorar, quejarse, victimizarse. Lo hace por miedo. Da igual si le llegaron doce litros de agua, necesita exigir más porque tiene un pánico entendible a que le olviden y un día dejen de llegar las botellas que necesita para sobrevivir. Su mañana son escombros. Su supervivencia depende que otros se acuerden de su llanto. Por eso debe llorar fuerte, sin descanso.

En Juchitán se escuchaba el silencio y el quejido calmado. A veces llanto. Era día de mercado y en la plaza las mujeres pasaban su plumero para espantar de sus carnes las moscas. Poca gente comprando. No muy lejos de la plaza se cayeron algunos tenderetes del mercado fijo. Hay un olor fétido. Veo un perro sin cabeza que se está pudriendo.

En una clínica que se derrumbó colocaron las medicinas sobre una mesa y pasan consulta en la calle. Ayudan. Una pareja va con su pequeño ciclomotor repartiendo comida entre las familias que duermen en las aceras. Un hombre llegó de lejos para ayudar a retirar los escombros del bar de su hermano. Algunas lámparas cuelgan algún de una viga que se mantuvo en pie. Al fondo se observa la barra que estaba llena de gente bailando y cantando antes de que las placas tectónicas se balancearan y acabaran con todo. “Ayudaremos a levantarlo de nuevo”, dice este hombre de condición humilde.

No van porque si dejan de dormir y vivir frente a sus escombros les roban lo poco que les queda

Pero junto a todas esas muestras de generosidad crece la hiedra de la cabrona miseria humana. No miseria de pobreza, miseria de miserable. En medio de aquella catástrofe las gentes de Juchitán me narraban el miedo a los robos. Muchos no tenían comida o agua porque no iban a los centros de acopio. No van porque si dejan de dormir y vivir frente a sus escombros les roban lo poco que les queda allí enterrado.

En una cuadra donde se habían derrumbado dos casas me contaban que el mismo viernes por la noche, 24 horas después de la sacudida, “encontramos dos chavos robando”. No les dio tiempo a secarse las lágrimas del descomunal golpe de la naturaleza y ya estaban teniendo que pelear para sobrevivir a los golpes del hombre.

Familias con ancianos y niños durmiendo en la calle para que no les quiten lo poco que les queda. “Somos pobres, pero para palos y machetes nos da. Los hombres patrullan por la noche”, me explicaba un grupo de 12 personas que junto a otros 20 familiares duermen en una plaza bajo una lona de plástico.

Escuchaban en la oscuridad los mensajes de los agentes hablando de camionetas con hombres armados

En un albergue la situación era aún peor. Los vecinos que dormían en el polideportivo Che Gómez no conciliaban el sueño porque la radio del policía que los protegía estaba encendida y ellos escuchaban en la oscuridad los mensajes de los agentes hablando de camionetas con hombres armados recorriendo la ciudad. “Nos da a todos miedo de lo que está pasando y nadie podemos dormir”, me decía una vecina.

En ese mismo lugar, el agente, un hombre viejo, me pedía en voz baja que mirara a la derecha. Había una familia, de unos 20 miembros, con agua, comida y ropa suficiente para pasar unos meses. En el grupo familiar había varios hombres robustos. En el albergue, en 30 minutos que allí estuve, vi cinco coches llevando comida, bebida y ropa. “Lo toman todo los desgraciados. Ellos tienen ahí cosas de sobra y fuera hay gente pasando necesidades”, denunciaba el viejo policía atemorizado.

¿Qué tipo de ser humano hay que ser para robar lo que queda de unos escombros? ¿Para adueñarse de la ayuda que entregan millones de personas generosamente? También hay de los otros. Muchos más. Mucha más gente dispuesta a ayudar, a dar la mitad de lo que tenga aunque sea muy poco. Todo eso se veía en Juchitán tras el terremoto que golpeó especialmente a los estados de Oaxaca y Chiapas. Lo muy bueno y lo muy malo. Todo eso es capaz de hacer el hombre.

 

 

 

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