Hace un par de semanas publicaba en estas páginas un artículo sobre la América profunda y mis viajes por los Estados Unidos y uno de los amables lectores de VaP comentaba con extrañeza y cierto malhumor: “¿América? ¡Pero si sólo habla de los Estados Unidos!”. Aunque mi colaboración VaP no incluye dar respuestas a los comentarios –no por nada especial, ni mucho menos desdén, sino porque ando escaso de tiempo y dedico todo del que dispongo a escribir libros– en esta ocasión sí que importa dar una respuesta porque el asunto tiene su miga, más de lo que parece a simple vista.
Desde la puridad geográfica, América es un continente que se dobla en dos continentes: el del Norte y el del Sur. Y en consecuencia, son tan americanos los habitantes de las últimas islas del Ártico como los moradores de las costas de la Tierra de Fuego. Tan americano es el canadiense como el chileno, el mexicano como el ecuatoriano y el nicaragüense como el paraguayo. Y sin embargo…
son los propios americanos quienes niegan el término para la totalidad de los habitantes de América, del Sur o del Norte, y lo reservan, exclusivamente, para los habitantes de los Estados Unidos
Y sin embargo no es así, en puridad del uso del término. Porque son los propios americanos quienes niegan el término para la totalidad de los habitantes de América, del Sur o del Norte, y lo reservan, exclusivamente, para los habitantes de los Estados Unidos. Me costó darme cuenta de ello después de varios viajes por las tierras del continente, las meridionales y las septentrionales. Y no tengo ni idea de dónde viene ese hábito, aunque sospecho que tal vez de aquella famosa doctrina Monroe que se expresa con el famoso eslogan: “América para los americanos”. Cuando Monroe acuñó la frase debía de pensar, sutilmente, en los habitantes de USA.
¿De quién es el American Dream? Cuando hablamos del “Oeste americano”, ¿a cuál oeste nos referimos? Y cuando las turbas antiyanquis queman banderas americanas, ¿son acaso las peruanas o las uruguayas? Cuando los periódicos anunciaron hace casi medio siglo que los americanos habían puesto el pie en la Luna, ¿se referían a los argentinos? ¿Y en qué pensamos cuando hablamos de cine americano, de actores americanos o del folklore americano?
los canadienses –a quienes, por cierto, llamaremos siempre canadienses y sólo en ocasiones norteamericanos
No deja de resultar curioso que, si exceptuamos a los canadienses –a quienes, por cierto, llamaremos siempre canadienses y sólo en ocasiones norteamericanos–, para referirnos a todos los demás habitantes del continente usamos con mayor frecuencia términos como latinos o latinoamericano o suramericanos. Pero no somos nosotros, los europeos y los españoles, quienes lo hacemos, sino que son los propios naturales de América quienes establecen la distinción. Haga la prueba el amable lector si viaja por América: a cualquiera que le hable de los americanos entenderá que le habla de los EE UU.
Lo tengo hablado con amigos americanos del norte y del sur, e incluso con estadounidenses. Y les guste o no, todos aceptan el hábito como un hecho consumado. Así que, desde hace unos años, en mis libros de viajes por América –los dos últimos, por ejemplo- pongo una nota en donde corresponda advirtiendo de que, cuando hablo de americanos, me refiero a los estadounidenses. Cualquier lector que se asome a “El río de la luz” o “En mares salvajes” encontrará lo que digo en sus páginas.
¿No recuerdan aquel corrido de Pancho Villa?:
“México, febrero 23:
Dejó Carranza pasar americanos,
3.000 soldados, 600 aeroplanos,
buscando a Villa queriéndolo matar.
Y se creían esos americanos
Que pelear era un baile de Calquís.
Con al cara cubierta de vergüenza
Se regresaron todos a su país”.
Pues eso, amigos. Americanos todos; pero unos más que otros, según ellos mismos.
