Himbas: un bar, un poblado y un partido de fútbol

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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Tras atravesar Costa Esqueletos, un largo desierto que desemboca a los pies de un mar que ha dejado rastros de cadáveres de barcos por toda la costa, llegamos al Ongongo Camp.

El paisaje fue mutando lentamente. Dejamos el eterno desierto namibio, que empequeñece el horizonte, y empezamos a tropezar con verde, en forma de árboles, sobre todo mapanes. El entorno no fue lo único que se modificó ante nuestros ojos. Las tribus Himba y Herere habitan las tierras del norte, ya casi colindantes con Angola. Vimos a las primeras himbas, mujeres pintadas de arcilla hasta el pelo y con los pechos al aire, casi ya de noche. También vimos alguna herere, vestidas, como les enseñaron los primeros misioneros, ataviadas con unos singulares sombreros y largas faldas. Aquella noche, en el Ongongo nos esperaba una baño nocturno, bajo un pequeño salto de agua templada que se concentraba en una idílica poza.

A la mañana siguiente nos dirigimos a las cataratas de Epupa. Un espectacular salto de agua del río Kunene, cuya otra ladera es ya Angola, en plena comarca de los singulares himbas. Singulares es un eufemismo por las prisas, que no tengo batería, pero son una tribu eminentemente nómada que se ha anclado a las normas vitales de sus ancestros (los ancestros en África son la base de muchas culturas; así al menos me lo han explicado en diversas etnias).

A la mañana siguiente nos dirigimos a las cataratas de Epupa. Un espectacular salto de agua del río Kunene, cuya otra ladera es ya Angola, en plena comarca de los singulares himbas

Antes de llegar a Epupa paramos a comer en medio de la nada y tuvimos el primer contacto directo con los himbas. Detrás de los paraísos siempre suele haber una primera decepción. Una antena parabólica colgando de los árboles sagrados o música rap apagando los ruidos de las sombras. En este caso fueron cientos de botellas de cerveza derramadas fuera de la cerca que protege todos los poblados himbas. Hablamos varios del grupo con cinco jóvenes que salieron a nuestro paso. Quiceañeros tan bobos como los españoles que quisieron cobrarnos por hacernos una foto y acabaron sacando pecho, en forma de amenaza indirecta.

La primera noche de Epupa fue realmente singular. Tres del grupo nos fuimos a un bar himba que hay a un kilómetro del camping, un lugar no previsto para los turistas. Nada más entrar vemos a dos ancianos himbas, hombre y mujer, vestidos a su forma, sentados bajo la barra, en el suelo. Estaban mamados, deambulando perdidos, en medio de siete u ocho chicos que juegan al billar. (Por cierto, es la primera vez que entro en un bar y hay una tipa en top less sin que sea una fiesta de camisetas mojadas. Aquí lo morboso es que se la pongan). El bar tiene a la derecha una tienda donde se vende de todo a trozos y una vieja máquina de música con ocho discos. El viejo himba, bebido, se acerca a nosotros y nos habla en el típico dialecto himba que yo controlo a la perfección. Sus ojos son verdes, extraños, casi diabólicos. La mujer, mientras, que fuma los cigarros que le ha dado Dion, decide que está hasta los mismos del viejo y observamos una escena que debió de ser algo así como “hoy duermes al raso”. Se fueron separados. Terminé la noche bebiendo con Dion hasta las tantas escuchando como arreciaba el agua de las cataratas.

Fuimos a visitar la ciudad de Heingda, el viejo jefe que tiene tres mujeres y que domina un kilómetro cuadrado de polvo y desierto. Llevamos comida para que nos dejen entrar

Pero el momento estrella llegó horas después, al entrar en un poblado himba. Fuimos a visitar la ciudad de Heingda, el viejo jefe que tiene tres mujeres y que domina un kilómetro cuadrado de polvo y desierto. Llevamos comida para que nos dejen entrar (y ya de paso hacer unas 4000 fotos). Los alrededor de 15 niños que viven en aquel cobertizo salen a recibirnos a la puerta. Dentro el jefe, sentado, espera los presentes. Todo tendría un punto casi épico si no fuera porque vimos por la puerta sur irse a otro grupo de turistas. Es decir, no es que sea un lugar inventado, donde se hace un espectáculo de comida por fotos; pero sí es un lugar en el que han decidido enseñar sus impactantes cuerpos de barro a cambio de dólares y comida. Yo le regalo una manta de color azul que compré para pasar las noches del frío desierto que le vuelve loco (todos van con sacos preparados para el frío y yo con el equivalente a una sábana que se dobla).

El jefe, un viejo ya machacado, decide quedarse también con unos lápices y cuadernos que les dan a los niños. Pinta su nombre, sonríe. Cerca está su nieta, una bellísima chica, joven, con un cuerpo estirado al sol, que juega con niños que deben ser sus hijos. La poligamia aquí, en principio, es sólo hasta los primos. Nos explican que no podemos cruzar la línea imaginaria que hay entre el fuego sagrado, en torno al que se reúnen cada noche, y la piedra sagrada, que se sitúa junto a la casa de la primera mujer (el jefe tiene tres casas, con las que convive con cada una de sus mujeres durante dos días seguidos). Nos explican también como los jóvenes, al hacerse adultos, les rompen sus cuatro dientes de un golpe que les hace sangrar a borbotones. “Nos cauterizan la herida con una piedra ardiendo del fuego sagrado”, dice el himba. Nos detallan también coomo las himbas no se lavan con agua, sino con unas hierbas que queman y cuyo humo se pasan por todo su cuerpo. Hay decenas de historias más que contar, aunque aquel lugar es más visual. Es la África de los pueblos perdidos en el tiempo.

Para concluir la jornada, tres del grupo participamos en un partido de fútbol contra namibios. Italianos y españoles contra locales. El travesaño de cada portería es una hilera de latas oxidadas; el terreno un pedregal en el que perder la piel a jirones. Entre los locales los hay descalzos, en chanclas. Cruzan camionetas, tipos a caballo, en bici… El partido acaba cuatro a cuatro. Se apaga también la tierra de los nómadas himbas y sus ancestrales días. Nos vamos para Etosha.

Ruta Kananga: www.kananga.com
Teléfono: 93 268 77 95
(Organizan viajes por toda África)

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