La Libertad: hombres de agua y barcas que vuelan

Se llama La Libertad y su nombre se escribe con agua. No tengo ni idea de cuántos habitantes tiene* porque siempre están en movimiento, buscando el océano. El Salvador es el único país de Centroamérica sin ventanas al mar Caribe. Para aliviar tamaño castigo, las palmeras se concentran en las costas del Pacífico y en vez de aguas turquesas, aquí están bendecidos por las olas.

Muchos extranjeros llegan a la ciudad con una tabla bajo el brazo y la vista apuntando al horizonte, pues las olas han convertido a este lugar en un reclamo universal para los surfistas. Alfonso, nuestro cámara, también tiene el espíritu acuático y ha domado ya muchas olas en las playas de Argentina. Ésta fue sin duda una grabación nerviosa, la de un tipo que encuadra exactamente lo que quiere ser en ese momento: un surfero en Libertad.

El mar anda siempre enfadado en la rompiente y no es fácil combatir la marejada para los pobres pescadores.

Cuando me acerqué al malecón, entendí hasta qué punto las olas influyen en las costumbres de la ciudad. Si bien los hombres aspiran a domesticar el oleaje, las barcas aquí vuelan. El mar anda siempre enfadado en la rompiente y no es fácil combatir la marejada para los pobres pescadores. Con el fin de adentrarse en el océano sin pelearse con él, los hombres han inventado un sistema de ganchos para descender las barcas, que amerizan desde el aire, lejos de la orilla.

El puerto es un trajín de peces martillo, señoras haciendo la compra, pelícanos oportunistas y barcas voladoras que suben y bajan. Nuestro paso por el Salvador estuvo definido por el encanto de las pequeñas cosas. Éste es un país modesto, de menor tamaño que la provincia de Badajoz y entre las selvas y los volcanes, la gente parece empotrada hacia el mar. En La Libertad era más explícita esa relación de hombre y océano, como si todos tuvieran vocación de náufragos.

En La Libertad era más explícita esa relación de hombre y océano, como si todos tuvieran vocación de náufragos.

El mar llena sus redes de pesca y al mar vienen los turistas, la comida sabe a océano y las olas forman su banda sonora. Las mujeres de los mercados y los jóvenes sobre las tablas comparten aquí una mirada de salitre y un pelo despeinado al viento del Pacífico.

Cuando terminamos de grabar, Alfonso apagó la cámara con la impaciencia de un niño después de hacer la digestión. Alguien le dejó una tabla y corrió por la playa para subirse a las crestas de las olas. El último plano de este vídeo lo protagoniza Alfonso Negrón, que normalmente está detrás de la cámara. También en eso La Libertad cambió las reglas del juego.

* Al terminar este post he constatado que la población de La Libertad, en el año que que estuvimos allí, era de 35.997 habitantes. Con nosotros tres alcanzamos los 36.000.

 
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Comentarios (2)

  • Lydia

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    ¡Muy bien puesto el título!
    Nunca había visto barcas voladoras ni pelícanos mezclados entre la gente. Y como siempre, las comparaciones que utilizas para explicar sensaciones o sentimientos, dan en el clavo: ” En La Libertad era más explícita esa relación de hombre y océano, como si todos tuvieran vocación de náufragos” o “Cuando terminamos de grabar, Alfonso apagó la cámara con la impaciencia de un niño después de hacer la digestión. Alguien le dejó una tabla y corrió por la playa para subirse a las crestas de las olas.”
    Me ha hecho mucha gracia que redondeárais el número de habitantes durante vuestra estancia.

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  • Daniel Landa

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    La verdad Lydia, es que hay lugares donde nos sentimos en casa, por eso nos contamos entre la población y hacemos 36.000! Me alegro de que te gusten mis comparaciones!

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