En Sudán el desierto se alarga hasta donde no hay voz. La libertad pesa como el mármol y las gentes, ante tanto desconcierto, permanecen ancladas a sus buenas costumbres. Esas en las que la educación marca que hay que ser generoso con el extranjero y que obligan a mirar a los ojos para despedirse.
El viaje por Etiopía en moto estaba siendo todo lo contrario de lo que yo me había imaginado. En vez de encontrar el desierto, los campos de refugiados, los niños con las tripitas hinchadas por el hambre y mucha pobreza, me encontré en un país de altas montañas y verde.
Dos kilómetros después estábamos en uno de esos lugares que uno nunca llega y cuando llega nunca olvida. Aquellas ruinas del reino Meroítico, continuador del reino de Napata, parecen tener sus raíces en las arenas del desierto que trepan por sus rocas. Sus 2300 años de vida las convirtieron en piedra, en águila, árbol, mentira o quizá en antorcha.
Una tarde de noviembre mi amigo Víctor Hugo apareció en mi casa de Maputo y me habló de un mapa. Me dijo exactamente: “En mi casa de Azores tengo desde hace años colgado un mapa donde señalé algunas rutas que quería hacer por el mundo. Ha llegado la hora de hacer la primera.
"Nos dimos cuenta de que en el norte de Sudán hay un pueblo sin tiempo definido, que apenas se cuela en los destinos de los viajeros, cuya historia parece destinada a enterrarse como su templos. Pero Ahmed nos abrió las puertas de su casa, para siempre, sin condiciones."
A esa hora en que despierta el mundo. Madrugón, café y silencio: siempre compensa. Todo viaje se detiene al amanecer porque es la hora de la tregua, el momento donde el viajero entiende su paradero. Después queda el trajín de historias, la vida ajena pasando en bucle, los kilómetros de carretera...
Hay ríos glaciares, aguas tintadas en la cuenca del Amazonas, hay ríos que surcan valles imposibles en México. Algunos arrastran menos lírica y se tornan salvajes, otros cruzan desiertos para recordarnos que sin ellos sólo hay una muerte de arena.
Confiar en los demás es la forma más humana de vivir la aventura. Perder el miedo al otro, disfrutar la diferencia y aprender de ella, ese es tal vez el verdadero legado de una vuelta al mundo.
Estoy harto de andar siempre con un sudanés pegado a la chepa, por muy simpático que sea. Lo que quiero es largarme y dejar atrás este agujero negro y a todos sus habitantes.
Wadi Halfa es un moridero. Podemos quedarnos aquí para siempre acompañados del polvo y de una vida que pasa lenta. Mi rutina es siempre igual, animada a veces por visitas nocturnas como la de la noche pasada. Oí ruidos de bolsa, como si alguien hurgase en nuestras aceitunas.