“Shangri-La”: el lugar de los hombres inmortales

Por: Juan Ignacio Sánchez (texto y fotos)

Os voy a contar una historia, amigos. Empieza en 1930. En esa fecha, la revista National Geographic publica un relato que habla sobre un lugar rabiosamente lejano, en la más profunda e ignota Asia. Es un documento firmado por un desconocido periodista, viajero y curioso infatigable, llamado Joseph Rock, que afirma haber convivido, durante más de ocho años, entre los lamas de una civilización superior, dotados de una especial sabiduría, hermanados con la naturaleza, longevos hasta perder la cuenta de su vejez, capaces de ver el futuro, de entender el más allá e incluso de levitar durante horas. Aislados del mundanal ruido por la barrera natural del techo del mundo, la cordillera de los Himalayas, los miembros de este pueblo mantienen una convivencia pacífica con el reino animal, la fauna, la flora y los espíritus de los antepasados de la tierra.

Tres años después, inspirado por la deslumbrante prosa de Rock, otro soñador, James Hilton, escribe una novela que titula “Horizontes lejanos”, en la que describe pormenorizadamente ese universo mágico, y lo sitúa en algún punto desconocido de las vastas llanuras tibetanas, en un lugar que viene a llamar “Shangri-La”. Se trata de un mágico y misterioso territorio, como antes lo fue el de la Troya de Héctor y Aquiles, o el reino submarino de la Atlántida, o el largamente buscado durante la Edad Media paraíso en la tierra.

James Hilton, escribe una novela que titula “Horizontes lejanos”, en la que describe pormenorizadamente ese universo mágico, y lo sitúa en algún punto desconocido de las vastas llanuras tibetanas

El sueño de estos hombres siguió infectando las mentes de otros coetáneos, hasta que Fran Kapra, unos años después, rodó una película con el mismo nombre, Horizontes Lejanos, que, ahora ya sí, elevó definitivamente a las alturas el nombre de Shangri-La en el imaginario colectivo de los estadounidenses. A partir de entonces, una auténtica pléyade de aventureros, soñadores, periodistas y curiosos de todo pelaje comenzó a viajar al suroeste chino en busca de la legendaria Shangri-La.

Nunca la encontraron, claro

Con el paso de los años, muchos pueblos en China trataron de hacerse con el patrimonio histórico del reino de Shangri-La, alegando tener pruebas que demostraban sus afirmaciones. En realidad, por supuesto, lo que buscaban, más que el ancestral y sabio estilo de vida de los lamas, era hacerse con la suculenta tarta del turismo llegado desde los rincones más lejanos del planeta…

Y entonces, cuando empezaba a desinflarse el globo, empezaron a escucharse voces autorizadas de guías espirituales que explicaban que Shangri-La nunca sería encontrado, porque no es un reino terrenal, sino del alma. Y que si hay una forma de llegar a él es buscándolo dentro del corazón… “Shangri-La puede estar en el fondo de una taza de café, en la tinta de las páginas de un libro o en la mirada de un hermano”, he leído estos días. “Solo hay que saber cómo mirar. Si no se encuentra, es porque no se está buscando con la suficiente atención”.

Shangri-La puede estar en el fondo de una taza de café, en la tinta de las páginas de un libro o en la mirada de un hermano

Yo no sé cómo se mira en los posos del café, ni qué deben contarme los ojos de mis hermanas. Yo no sé si en el lugar en el que estoy mientras escribo estas líneas, que en todas las guías de China aparece como Shangri-La, habrá ancianos que hayan vivido doscientos años y guarden en sus recuerdos la memoria de la tierra.

Solo sé que estos pequeños pies míos han caminado durante dos días entre las montañas de Jade, de 5.600 metros de altura, y han visto sus cumbres nevadas, cosa que, según la tradición, supone un año de buena suerte. Y mientras, allá abajo, muy abajo, en las gargantas de esas montañas, corrían las turquesas y embravecidas aguas del río Yantzé, el más caudaloso de Asia, con permiso del Mekong.

Y sé también que esta mañana, en la plaza del pueblo que se ha autoproclamado Shangri-La, he comido carne de yak, morcilla, patatas y pimientos mientras bebía, por primera vez desde que salí de España, hace ya unos cuantos meses, una copa de vino, el más avinagrado y al tiempo delicioso que habré probado, mientras a mi lado sonreía un grupo de mujeres con la cabeza cubierta con el turbante rosa de su etnia.
Y ahí, en el fondo de esa copa de vino; en el sabor de la carne desconocida; en el más secreto rincón de los pequeños pies del viajero que le han llevado a la cuna del mundo que no existe…Ahí he pronunciado la palabra libre.

Sí. Es cierto. Estoy un poco empalagoso. Supongo que tiene que ver con la distancia, y con el tiempo que se acumula ya en los bolsillos de la mochila. No voy a negar que todo me parece como muy espiritual, como los saludos que me daba la gente cuando me veía esta tarde en pantalón corto y corriendo a dos grados bajo cero en las calles del pueblo. Unas calles, por cierto, que, para no existir, son bastante cómodas porque hay muy poco tráfico. Yo creo que los chinos debían pensar que era un monje loco vestido de amarillo, así que yo cerraba los ojos y decía… “¿y la cuesta esa del parque del Oeste que va a dar al bar de las tostadas ¿dónde está?” Y cómo sufre el corazón corriendo a 3.000 metros de altura… Uf, dan ganas de pararse a cada rato, y luego dan ganas de arrancar cuando los ojos miran un mundo tan distinto.

El milagro chino se acaba. Me llevo el corazón lleno de historias y de sueños. Quizá hayamos aprendido algo de esa búsqueda de Shangri-La. Quién sabe. Yo sólo sé que esta noche toca viajar en autobús, desde Shangri-La hasta Kunming. Y mañana un avión a Nepal. Cuando vuelva a acostarme en una cama, será en Nepal. Otra frontera, más mariposas en el estómago. Más sueños cumplidos. Ya os cuento.

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Comentarios (2)

  • karina

    |

    Hermoso querido amigo, comparto tus sueños…

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  • MereGlass

    |

    Ojalá pudiera comer carne de yak con patatas a orillas del Yangtze tras pisar la nieve de las Montañas de Jade en busca del mítico Shanghi-La, eres realmente afortunado. Pero por razones de espacio-tiempo optaré por buscar el bar de las tostadas frente al Parque del Oeste, quizás por el momento no alcance el Nirvana pero entretanto me pego el gustazo. Ahora en serio, magnífico post. Delicioso, sencillo y no por eso carente de sabiduría. Saludos.

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