Londres a través de los ojos de un niño

Por: Gonzalo y Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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He estado tres veces en Londres, pero siempre de forma apresurada, como quien quiere darse un atracón de un delicioso manjar antes de que el camarero le retire el plato. La primera vez hace ya tantos años que ni me molesto en echar la cuenta para no entrar en pánico. Vivía entonces en Portsmouth, donde estuve unos meses peleándome con el idioma, bebiendo cerveza y escribiendo y recibiendo cartas antes de que internet irrumpiese en nuestras vidas desbaratando toda esa riqueza epistolar. Fue una visita de un día en tren en la que supongo que quise ver lo que todo el mundo quiere ver cuando llega a Londres por primera vez. Y lo hice, a juzgar por algunas fotos que aún conservo, aunque lo único que dejó huella en mi memoria fue el achacoso metro, la mezcolanza de culturas que saltaba a la vista (habituado a una España que entonces no era tierra de promisión) y la estatua erigida en la plaza de Waterloo a Robert F. Scott, el explorador británico que se dejó la vida en la carrera del Polo Sur adelantado por el noruego Amundsen. Imagino que me sorprendió la tenacidad británica de exaltación de la épica por encima del fracaso.

Visité otras dos veces Londres hace unos pocos años, de forma áun más atropellada, en sendas escalas yendo y volviendo de Mozambique, donde había que estar en la boda de mis amigos Francesca y Javier. En esa ocasión iba acompañado de mi mujer, que no conocía la ciudad, por lo que ambos recorridos contrarreloj (no podíamos permitirnos el lujo de perder el avión) se convirtieron en una nueva sucesión de tópicos, de Picadilly al London Bridge, de Westminster a Hyde Park y Buckingham Palace, acuciados en la última ocasión por la apremiante búsqueda de unos aseos (sin un penique en el bolsillo) donde aliviar la vejiga, angustia resuelta in extremis gracias a los benditos lavabos públicos del subsuelo de Trafalgar Square, desde entonces siempre en lugar preferente en mi memoria. Ninguno de esos días me llovió, lo que supongo que constituye una efeméride digna de mención.

Mi primera vez en Londres me sobraban dedos de una mano para contar las veces que había subido a un avión

A los diez años, mi hijo Gonzalo viajó a Londres con su madre y madrina, que se lo regaló por su primera comunión. El destino lo eligió él. Los tiempos habían cambiado. Mi primera vez en Londres, con poco más de veinte años, me sobraban dedos de una mano para contar las veces que había subido a un avión. Con la mitad de edad, él superaba la veintena de vuelos y ya había estado en América, África y Asia Menor, y unos meses después viajaríamos por el círculo polar ártico. La impresión, desde luego, no podía ser la misma.

¿Qué significaba para mi hijo Londres? “Los guardias reales, el Big Ben, el London Eye…”. Eso me dice, aunque, añade, “tenía la certeza de que no era solo eso”.

Los ojos de un niño no son los de un adulto, maleados ya por la sobreinformación digital y ahogados en tópicos

Los ojos de un niño no son los de un adulto, maleados ya por la sobreinformación digital y ahogados en tópicos. ¿Qué le llamó la atención de la ciudad? “En primer lugar, sus monumentos, que se alzan grandiosos e imponentes ante ti, y hasta es costoso divisar su fin a primera vista. Además, sus interminables calles y callejones, tan imaginativos y agradables de ver que podrían llenar un relato entero sin ilustración alguna”.

Pero si hay un tópico entre los tópicos ése es el del clima. Londres se asocia con la lluvia indefectiblemente. Mi hijo, al parecer, también tuvo suerte. “El tiempo fue excelente. Pudimos salir a la calle y disfrutar de la ciudad todos los días, salvo uno lluvioso y nublado”.

“Lo que más me gustó fue lo bien que nos trataron en alojamientos y restaurantes”

Seguimos con las malignas etiquetas que a menudo carga el diablo: los británicos no son precisamente de trato agradable. Sin embargo, yo recuerdo que cuando necesite ayuda por la calle fueron muy amables conmigo, pese a mi tambaleante inglés. A mi hijo no parece que le fuera peor. “Lo que más me gustó fue lo bien que nos trataron en alojamientos y restaurantes”. Él durmió en un hotel y yo no he pasado una sola noche en la capital londinense, aunque una buena opción es buscar un albergue, por ejemplo a través de Expedia.

A sus diez años, los parques londinenses le dejaron huella, “con toda esa naturaleza de la que disfrutar”, algo que llena de satisfacción a un padre que, como otros tantos, defiende el valor pedagógico de la naturaleza, y de la montaña en particular, como escuela de vida, en la senda del pensamiento naturalista de la Institución Libre de Enseñanza y de sus herederos actuales, con el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón a la cabeza.

A sus diez años, los parques londinenses le dejaron huella, “con toda esa naturaleza de la que disfrutar”

A Gonzalo no le gustaron “la cantidad de ruido de los coches de lujo en el barrio de Chelsea ni las largas colas del London Eye, a la que no me subí debido a mi irremediable vértigo”. Y le llamó la atención “el gentío que esperaba el cambio de guardia en el palacio de Buckingham, aunque merecía la pena ver cómo los inmóviles guardias reales cobraban vida para ser sustituidos”.

La intrahistoria viajera de un niño en Londres se detiene “en las tiendas de souvenirs que tenían muchos artículos en la calle y aun así nadie se acercaba a robarlos” y en los autobuses de dos pisos. “Me sorprendió que conserven las cabinas de teléfono, y algunas hasta decoradas con lana”, añade. Y acostumbrado a la ruidosa sinfonía del tráfico de Madrid, la londinense le pareció el mismísimo Nirvana. “No escuché muchos pitidos de coches por la calle, o al menos nos se oían, menos en Chelsea con los coches modernos”.

A Gonzalo no le gustaron “la cantidad de ruido de los coches de lujo en el barrio de Chelsea ni las largas colas del London Eye

Le pido ahora que me sugiera un buen plan para niños en Londres. “Por ejemplo, visitar Hyde Park y tumbarse en sus hamacas gratuitas; acercarse a Legoland y disfrutar de las maravillas hechas con este material de construcción, donde además puedes hacerte un retrato con piezas de lego de recuerdo. Y si eres un apasionado del chocolate hay que visitar la fábrica de M&M’s, con sus largos tubos dispensadores con los que te sirven el pedido”. Y los caprichos de la memoria, una vez más, son inextricables. “Al lado nos encontramos a unos jóvenes rapeando y bailando. Me impresionaron sus arriesgados movimientos sobre la cabeza”.

Ambas experiencias, además de separadas por un cuarto de siglo, están en las antípodas por la forma de enfrentarse al idioma extraño: antes como quien camina empujado por el verdugo hacia el garrote vil; ahora, con la naturalidad abonada en la escuela bilingüe, en métodos exitosos en la enseñanza del idioma y en la brega diaria con una cultura popular cada vez más impregnada de referencias anglosajonas. “No fue muy difícil comunicarme con la gente cuando me mandaban a pedir cacahuetes en el bar del hotel o cuando tenía que preguntar por los lavabos en algún restaurante, porque esas preguntas ya las habíamos practicado en clase”.

Ambas experiencias, además de separadas por un cuarto de siglo, están en las antípodas por la forma de enfrentarse al idioma

Del prestigioso Museo de Ciencias Naturales, le sorprendió que “nada más entrar te encontrabas un gigantesco hueso de dinosaurio y unas escaleras mecánicas que desembocaban en una reproducción del sol”. El veredicto es también positivo: “La visita merece la pena. Su colección de minerales me impresionó”.

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