Tortuguero, Costa Rica: espectros en la noche

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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Una guía, con una parafernalia inevitable para llevarse las propinas de los turistas, llama con el walki a su compañero pidiéndole que le identifiquen dónde podemos ver el desove de las tortugas. “¿Sector?, repito, ¿sector?”, dice por el walki. “Parece que hemos podido ver a una en el sector doce”, responden desde el otro lado tras unos segundos de emoción contenida en los que se escuchan alguna risas por lo sobreactuado del momento. Es de noche. No se ve a un palmo, la noche es cerrada y caminamos entre el Caribe, que queda a la izquierda, y el río Tortuguero, que queda a la derecha. Está prohibido hacer fotos a las tortugas baulas, ahora sobre protegidas por la bendición del dólar. “Tengan cuidado, podría aparecer un jaguar”. En fin, a estas alturas de la cómica obra ya da igual que anuncie el guía que puede aparecer Elvis Pressley.

Llegamos al sector 12 y, de repente, el guía apunta con su puntero de luz roja y vemos una enorme tortuga que remonta la arena, desde el agua. Comienza a desovar a escasamente tres metros de nosotros, cavando primero un gran agujero en la arena. La enorme luna ayuda a ver una escena que sobrecoge. De pronto, miro a derecha e izquierda, y veo otras inmensas tortugas baulas volviendo al mar o remontando la playa. Parecen espectros que se arrastran por la noche. Da igual la performance para los turistas, aquel momento es inolvidable, real. Vemos como nuestra amiga pone los huevos, tapa el nido condenado a la muerte y se marcha de nuevo al mar. Los perros, como otros animales, rastrearan a la mañana siguiente la playa y desenterrarán y se comerán la mayor parte de los huevos. Sólo un uno por ciento de los cientos de huevos que se han depositado en la playa esta noche volverá una decena de años después a hacer el camino pendular de sus antepasados. Los carroñeros se comen los huevos o esperan al momento del nacimiento donde también aguarda en las aguas una tropa de tiburones hambrientos. Sino, siempre queda la opción que sean las bolsas de plástico lanzadas por el hombre al mar las que acaben con su vida: las comen pensando que son medusas, su manjar favorito, y mueren ahogadas.

Hay además una pequeña comunidad indígena que dejó de incluir la tortuga en su menú, no sin mucha educación y dificultades, ya que era la fuente principal de alimentación de sus habitantes, cuando entendieron que cuidarlas les traería dinero por los turistas.

Mirar en silencio como aparecen del mar esos ejemplares de baulas, como si el cuerpo apenas pudiera con su peso, es un recuerdo inolvidable (ya tuve la suerte de ver en México el proceso contrario, el de ver a decenas de tortuguitas naciendo una noche y marchando al mar protegidas por un importante equipo de voluntarios norteamericanos).

Sólo por contemplar el desove, Tortuguero merece un hueco en nuestra sección de los sábados de naturaleza. Pero el parque nacional es un enorme río de impenetrable selva sencillamente espectacular. Hay además una pequeña comunidad indígena que dejó de incluir la tortuga en su menú, no sin mucha educación y dificultades, ya que era la fuente principal de alimentación de sus habitantes, cuando entendieron que cuidarlas les traería dinero por los turistas. Se puede ir por las noches allí a cenar algo e incluso tomar una copa y luego volver en canoa a dormir.

El despertar en Tortuguero no se puede calificar de especialmente tranquilo cuando con los primeros rayos uno escucha un torrente de fruta, lanzada por monos aulladores desde los árboles, que cae como un bombardeo sobre el techo de la habitación del hotel. Sus aullidos resuenan por la selva con el enjuagar de la noche. Es un estruendo de naturaleza salvaje. Luego uno puede contemplar 405 tipos distintos de aves, las famosas ranitas de colores, perezosos y grandes cocodrilos, entre otra fauna. De hecho, esa mañana en la laguna hay un gran revuelo. Varias barcas con gente del pueblo remueven el agua con varas. ¿Qué buscan?, le digo a nuestro palista. “La semana pasada un niño fue atacado por un cocodrilo. Lo ha matado, pero los cocodrilos ponen a sus presas bajo el agua para írselo comiendo lentamente mientras se pudre su cuerpo. Hacía mucho que no había un ataque”, contesta. Lo dice con pena. Nos vamos dejando atrás una escena que enseña la realidad de la vida salvaje.

El paseo por el río es fascinante, se oye la espesa naturaleza de un bosque lluvioso cargado de verde, se intuyen los animales tras los movimientos de las ramas. En este parque tropical la lluvia descarga con fuerza por las tardes buena parte del año. Una tormenta caribeña tras la que pronto vuelve a lucir el sol. La temporada seca es entre marzo y abril. Subimos una colina desde la que contemplar la doble lengua del río y el mar. El calor es tan asfixiante como espectacular es el entorno. Un lugar para amantes de la naturaleza.

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Comentarios (1)

  • Juancho

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    Fabuloso, el desove de las tortugas… No tanto el devore de los cocodrilos…

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