Venecia: esperando a Afrodita (tres años de VaP)

Por: Javier Reverte (texto y foto)

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Se hace difícil decir que, de todas las ciudades del mundo, Venecia es la más hermosa. Una afirmación de tal calibre no se puede aplicar, seguramente, a ninguna urbe del planeta. Pero si que puede asegurarse que, al menos, Venecia es la más singular, la que menos se parece a todas las demás. De modo que sí que podemos decir sin dudarlo, que Venecia es única.

Venecia tiene algo de irreal porque uno nunca está seguro de si pertenece a la tierra o pertenece al agua. Yo he viajado allí en varias ocasiones y, alguna que otra, he visto la Plaza de San Marcos inundada por el mar y otras convertida en un amable foro para paseo de turistas y regodeo de palomas. En Venecia las palomas compiten con las gaviotas por ocupar los lugares en donde los visitantes van a arrojar migas de pan o granos de maíz. Y las palomas ganas siempre, por más que sean aves mucho más débiles que los feroces alcatraces marinos.

Venecia parece adoptar una actitud fatigada, como si estuviera un poco cansada de tanto siglo vivido, de tanta elegante hermosura atesorada a los largo de las edades

La mejor época para visitarla es el invierno, entre los meses de noviembre y febrero. Y no sólo porque en este periodo uno pueda disfrutar de unos días de carnavales -¡ay, los enigmáticos carnavales venecianos!-, sino porque es precisamente la época en que los habitantes de la ciudad, tan discretos por lo general, se asoman a las calles y se dejan ver por los turistas.

En esos meses invernales, el aire se vuelve casi opaco, hay una suerte de gasa húmeda y fría que cubre los canales y las fachadas de los edificios y la ciudad toma un aire de urbe secreta, o por lo menos de ciudad que esconde su honda sensualidad al extranjero. Los colores venecianos, entonces, se difuminan, se cubren de un aspecto desvaído, y Venecia parece adoptar una actitud fatigada, como si estuviera un poco cansada de tanto siglo vivido, de tanta elegante hermosura atesorada a los largo de las edades. Venecia se hace en esos meses íntima y delicada como una bella dama renacentista.

Uno puede imaginar vidas misteriosas contemplando a los transeuntes o sospechar historias de terribles crímenes inconfesables

Venecia es también más literaria entonces. Bajo la neblina que surge de la mar con la alborada, la gente camina encogida por el frío húmedo con aire fantasmal y somnolienta. Uno puede imaginar vidas misteriosas contemplando a los transeuntes o sospechar historias de terribles crímenes inconfesables. Si se toma un “vaporetto” y se navega entre la bruma de la mañana es posible imaginar a Thomas Mann tomando con lápiz las notas de lo que luego sería su formidable libro “La muerte en Venecia”. Aunque la narración del novelista transcurre a finales de un verano, el aire del relato nos resulta siempre invernal, sencillamente porque el invierno convoca más a la muerte que a la vida.

Dicen que la diosa Venus-Afrodita surgió de las aguas del Mediterráneo y los griegos situaron su nacimiento en el sur de la península del Peloponeso. Yo creo que se equivocaron: la diosa nació aquí, en Venecia, y aquí se la tragará de nuevo el mar cuando las aguas devoren esta ciudad nacida para morir de un empacho de belleza.

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Comentarios (4)

  • Javier Brandoli

    |

    Un relato evocador. Lo leo en un parque de Mozambique, Gorongosa, donde queda lejos mi amada Italia, el país más bello que ha fabricado el hombre en mi opinión. Lo leo y cuand nada me hace querer volver pienso que me gustaría por una noche volver a coger el vaporetto y perderme por sus aguas y niebla. Quizá porque así fue la primera vez que vi la ciudad: de noche, lloviendo y cubierta por la niebla.

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  • carmen

    |

    mandarme informacion del viaje

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  • R.

    |

    He estado dos meses en ella. Sé el poder que ejerce y la huella que deja. Busqué los rincones que la magnífica película de Visconti recreó al adaptar al cine la novela deThomas Mann. Vi la sencilla tumba y la pequeña casa de Ezra Pound, intenté seguír los pasos de Henry James, Byron, Wagner, Brodsky, Ruskin, Hemingway…

    Qué nostalgia me ha producido leer tu artículo. No hay palabras o quizás yo no las tengo, para describir todo lo que se siente en Venecia.

    ¿Para cuando un paseo literario por Italia? O varios, que la vieja bota
    tiene para muchos libros.

    Gracias, por tantos momentos.
    .
    La murciana de la segunda fila.

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