Javier Brandoli

Javier Brandoli Manzano, periodista y amante de la fotografía. He vivido desde 2010 en Sudáfrica, Mozambique, México, Italia, Tailandia. Ahora vivo en Estados Unidos, Nueva York, desde abril de 2025.
460 artículos

Ecuador: la maternidad de la mitad del mundo

De allí salimos con la sensación de que el precioso Valle de las Flores tiene algo más de campo santo que de Edén. Nos dirigimos a otro proyecto de nombre atrayente: la maternidad de la mitad del mundo, en Cayambe. Lo escribí entonces en el reportaje que se publicó en prensa: “el nombre debía de ser porque la vida allí se partió en dos”. Pero no, lo es porque por allí pasa la línea del Ecuador.

Kgalagadi: la muerte de una lengua

Pero el tiempo los ha ido aniquilando uno a uno hasta sólo quedar sólo un par de personas que sostienen en su garganta una forma de comunicación ancestral. La fallecida Aenki, de hecho, trabajaba con la Unesco en un programa para no enterrar con ellos ese lenguaje. Los jóvenes ya no están interesados en hablar ni aprender un viejo idioma y se decantan por el Nama. Toda la historia me parece una poesía triste que salir corriendo a buscar.

Maputo: pequeño relato del diluvio

Entonces se parten las calles y las casas se inundan. Ves a gente sacando en cubos el cielo de sus casas, muebles flotando, techos hojalata que se deshacen. La ciudad se paraliza, especialmente en el Maputo de cartón, donde el cercano mar parece menos violento que el lodazal de aquellos barrios perdidos. Todo pasa con esa pesadumbre africana en la que los golpes se convierten en costumbre.
Villas do Indico Villas do Indico

40 años: agua en el lavabo

La distancia es tiempo en mi mente y el tiempo me ha enseñado que soy confuso con mis propias distancias. Ahora que hoy cumplo 40 años, esa cifra aterradora que empuja a algunos a hacer puenting en el lavabo, soy más que nunca trazos en el mapa. Más vitalmente ordenado y desordenado que nunca, que en todas mis virtudes se esconden mis principales defectos.

Decálogo del Atlántico a remo

Estos dos retos, el cruce del Atlántico y la redacción de esta obra (honestamente, no sé cuál me ha resultado más difícil) me han brindado la oportunidad de: en primer lugar, ratificar que hay gente maravillosa; y, en segundo lugar, aprender a navegar por el océano, sobrevivir en situaciones límite, sentir emociones dormidas, aclararme un poco las ideas... Me he dado cuenta de que uno debe comprometerse pero tampoco obligarse de forma imperativa

El Macondo africano: la orden que paraliza boas

Rafael, uno de los guardas del hotel, antiguo sargento segundo en tiempos de guerra, descansa junto al tanque de agua que hay en la colina del hotel. Está sentado, mirando al frente, cuando la cabeza de una enorme boa aparece entre sus piernas. Una serpiente que forma parte ya del paisaje de la colina, siempre perdida entre los matojos cercanos y que recurrentemente se acerca hasta allí a beber.

El huracán Olga: del infierno al cielo

Me sentí como un niño abandonado a su suerte; las bajas temperaturas y el aguacero incesante impedían evadirme de ese infierno helado. Me encontraba totalmente abatido, convencido de que aquello era insoportable, arrepentido de habernos embarcado y asustado por si no salíamos vivos.

Una foto

Cada día tengo delante una foto que poner en esta revista y que supongo sorprendería a muchos de los que me leen desde tan lejos. Cada día ando por un mundo de mercados que huelen a pez seco y en el que una extraña vida se desparrama ante mi vista.

Tormenta de estrellas fugaces sobre el océano

Cuál sería mi sorpresa cuando, de repente, una luz potentísima reflejada en el mar casi me deslumbró. Provenía de mi espalda y al volverme observé todavía encendida la estela de ese, podríamos llamarle, sol fugaz. ¡Qué impresionante! ¡Extraordinario!, exclamé.

La delirante historia del señor Matsinhe

“¿En qué año estamos?”. Esas fueron las primeras palabras que escuché al Sr Matsinhe. Entré a una reunión a conocer al hombre que iba a llevar mis papeles de residencia en Mozambique y vi a un hombre de mediana edad, unos 50 años, algo orondo y de tono de voz muy débil, que lleva todos los temas laborales del hotel. Entonces escuche: “¿en qué año estamos?” y pensé “!espero que no sea el tipo que me va a arreglar mis papeles!”

La rutina y el mar

Dentro de muy poco comenzará a amanecer. El proceso tarda entre veinte y veinticinco minutos desde que empieza a clarear. Se iluminan de un color fucsia intenso primero las nubes más altas: los cirrus, luego las medias: los cúmulos. Al aparecer, al disco solar en el horizonte se le puede mirar directamente porque la intensidad de su resplandor es atenuada por la bruma.

El día que deje de ver el mar…

Todo es mar, como cuando bajo a la playa y ayudo a los pescadores a tirar de las redes que ponen por la mañana (algo que no hago mucho porque en cuanto me acerco me dejan tirando de la red mientras ellos me animan a continuar). Grupos de mujeres y niños que arrastran durante una hora una red eterna, que pesa como el océano y que trae pequeños peces que son el alimento de decenas de personas que sin verlos viven cerca.

La cresta de la ola o…de la muerte

Fueron algunos de los instantes más penosos de mi vida; me parecía estar echándole un pulso a una Naturaleza sin contemplaciones dispuesta a no detenerse ante nada y capaz de arrasar con todo lo que encontrara a su paso. Después venía una calma relativa y el control de la embarcación se tornaba más llevadero.
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