Crónicas

Textos sobre viajes y política internacional alrededor del globo

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Los Angeles en rojo, amarillo, verde y azul

Como todas las calles se parecen en cada barrio-ciudad de esta metrópoli anónima, reconocíamos la calle de la casa por el árbol rojo, que hacía de farolillo justo a media altura y que nos daba sombra en las pausas interminables en las que salíamos a la puerta para que nos distinguiera el coche tintineante de dominos pizza o se les quitaran a algunos las ganas de fumar.

La muerte por miedo en alta mar

Se dio cuenta de que el 90% de los náufragos que lograban ponerse a salvo al haber podido subirse a un bote salvavidas, morían alrededor de los tres días…, cuando en realidad un hombre tarda al menos diez en morir de sed y de treinta a cincuenta, de hambre.

La rutina y el mar

Dentro de muy poco comenzará a amanecer. El proceso tarda entre veinte y veinticinco minutos desde que empieza a clarear. Se iluminan de un color fucsia intenso primero las nubes más altas: los cirrus, luego las medias: los cúmulos. Al aparecer, al disco solar en el horizonte se le puede mirar directamente porque la intensidad de su resplandor es atenuada por la bruma.

«Guía» para comer en las calles de Hanoi

Comer en la calle es mucho más que simplemente “comer”. Es una experiencia para todos los sentidos. No se trata solo de calle o restaurante, sino de romper jerarquías, de ponerse todos al mismo nivel, de sentarse codo con codo al lado de personas que no conocemos. Es un mundo para ver y ser mirado.

El día que deje de ver el mar…

Todo es mar, como cuando bajo a la playa y ayudo a los pescadores a tirar de las redes que ponen por la mañana (algo que no hago mucho porque en cuanto me acerco me dejan tirando de la red mientras ellos me animan a continuar). Grupos de mujeres y niños que arrastran durante una hora una red eterna, que pesa como el océano y que trae pequeños peces que son el alimento de decenas de personas que sin verlos viven cerca.

La cresta de la ola o…de la muerte

Fueron algunos de los instantes más penosos de mi vida; me parecía estar echándole un pulso a una Naturaleza sin contemplaciones dispuesta a no detenerse ante nada y capaz de arrasar con todo lo que encontrara a su paso. Después venía una calma relativa y el control de la embarcación se tornaba más llevadero.

El ataque de los piratas en medio del Atlántico

—¡Joder, Pancho! —chillé—. ¡Es un barco pirata, la luz de navegación ha delatado nuestra posición y vienen a por nosotros! ¿Por qué…? Antes de terminar la pregunta ya me lo podía imaginar, mi corazón se aceleró. A gritos insistí a mi compañero: —¡Pancho! ¡Pancho! ¡Coge el teléfono y llama a la Organización! ¡Tenemos a nuestra popa un barco pirata!
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